Nunca es tarde (por San Valentín)

Muchas veces le resultaba casi imposible contenerse. Pero a diferencia de otras personas que enrojecen de indignación y la descargan violentamente sobre los demás, aquel hombre se las ingeniaba siempre para guardársela dentro, conservaba el tono sonrosado de la piel —o todo lo más palidecía— y guardaba silencio. Luego, con la ira construía sueños.

Pero llegó un día en el que la caja donde archivaba su rabia se llenó hasta el borde y no admitió ni un gramo más. Solo cabían dos soluciones: vaciar aquel cofre lleno de amarguras dejando espacio a las nuevas que fueran llegando o comprar una caja nueva, quizás con más cabida que la agotada…

 Mientras pensaba cual sería la mejor solución llamaron al timbre. Una agencia de transporte urgente le llevaba un envío. No había pedido nada, quizás fuera algún regalo publicitario de alguna marca comercial; o el libro de cualquier amigo que, cubierto de laureles, le dedicaba en las páginas de cortesía que preceden al texto algunas líneas de forzada amabilidad; si hubieran podido, habrían escrito “Miserable, en vez de regalártelo, bien podías haberte rascado el bolsillo” sin saber que su obra iba a encontrar su mejor destino en la papelera…

Con ayuda de una navaja rasgó la cinta adhesiva que sellaba las ranuras, tiró, y dentro del envoltorio apareció una caja de cartón absolutamente vacía con un pequeño sobre dentro, en la notita, con letra plácida y esbelta alguien había escrito: “Tira la toalla y vente”. Estaba como hipnotizado, con la nota entre los dedos, sin saber qué decir ni qué hacer ante aquel sinsentido cuando le sorprendió el repiqueteo de los nudillos en la ventana, seña de que su vecina —la sin par, la inigualable bailarina de ballet subempleada en un restaurante de comida rápida— regresaba del trabajo con gana de tomarse un café y contarle alguna anécdota. Venía aterida de frío y se empeñaba en transmitírselo poniéndole las manos en las orejas. Luego se abrazó al hombre por la parta más baja del tórax, echando la cabeza sobre el pecho, apretando la boca sobre el esternón, mientras decía casi ininteligiblemente “¿Habrá una taza de café caliente para esta pobre mujer?” con voz de falsete.

El hombre, que acaba de cumplir sesenta años, sentía en su boca y su nariz como una ola de pelo que despedía un olor parecido al de las flores que crecían junto al musgo del jardín, en una umbría. Sin atreverse a cogerla por los brazos y apartarla de sí, esperaba con quejas cómicamente falsas —“me vas a tirar al suelo, eres una interesada, quítate el abrigo y siéntate, podías haber traído algunas galletas para colaborar en los gastos de la merienda”— a que ella, riendo, deshiciera el dulce abrazo y se dirigiera a la cocina.

Detrás, aparecía él con un cenicero en la mano. “Pero si tú no fumas… qué vergüenza, impregnarte la casa de humo” argumentaba mientras encendía un cigarrillo americano cuyo cálido olor se entremezclaba ya con el del café que salía a borbotones de una cafetera alemana blanca.

—Como ves, no tiene remite, la caja está vacía y esta es la nota que te comentaba. —dijo él alargándosela.

—Sí es raro, sí. Además, no le veo sentido. Si el anónimo comunicante de verdad quiere que te vayas con él o con ella ¿por qué no dice dónde ni cuándo?

—Quizás llegue un nuevo envío aclarando esos detalles…

—Tal vez sí, sería lo más normal. Pero ¿qué más te da? ¡No ibas a hacerle caso! En ese instante el teléfono comenzó a repicar como una catedral a la hora de misa que era la única melodía medianamente normal de todo el espectro que ofrecía la marca, lo descolgó y asintió oyendo lo que le decían.

—Misterio resuelto, Ana: era la agencia de viajes, que me mandaba un obsequio por el viaje del año pasado junto con el nuevo catálogo y por error solo iba la nota sin el regalo. La semana que viene lo mandarán, han dicho.

***

La joven bailarina, harta de golpear los cristales de su vecino, visiblemente enfadada, puso el dedo índice en el timbre y lo dejó apretando hasta que la yema del dedo se le puso blanca. Entonces la desilusión cristalizó en miedo. Era muy extraño que a esas horas su amigo no estuviera en la casa. Las peores ideas se le vinieron a la cabeza y, sin dudarlo, sacó del bolso su llavero. Enseguida vio la llave de metal verde azulado que él le había dado hace mucho tiempo “por si pasaba algo”. Abrió la puerta y a cada paso que daba por el pasillo decía su nombre en voz alta: “Juan, soy Ana ¿estás ahí?”. Y entraba un poco más: “Juan ¿estás bien? Soy Ana”. Al entrar en el salón lo vio. Estaba sentado en una mecedora con la cabeza colgando sobre el pecho. Un sudor frío le bajó a la bailarina amiga por la espalda y las lágrimas le afloraron a los ojos.

Muy despacio se acercó a su vecino, tan querido, y le cogió la cara. El roce de sus manos lo despertó, y un cablecito blanco cayó sobre el chaleco.

—¡Ana! ¡Me había quedado dormido con los auriculares puestos! ¿Porqué estás tan pálida? Venga, no llores por favor, no llores así, te lo ruego.

—Creí… que habías muerto… cuando toqué en la ventana… y no respondías… entré y te vi ahí… —dijo ella entre sollozos que le producían sacudidas en el pelo, el cual cambiaba de forma como una duna— Te había comprado estas flores… Bueno, en fin, ya está, sentémonos.

—Mi bailarina y sus flores… Qué disgusto te ha dado este viejo imbécil —dijo él recogiendo del suelo el ramo de flores y acomodándolas en una jarra grande de agua. Entonces ella se acercó por detrás y le habló con voz suave, muy pensada, con esa firmeza que solo da la convicción:

—¿Quieres que me venga a vivir contigo?

El tictac del reloj de la cocina durante unos segundos se hizo protagonista de la escena. Después, el le dijo:

—Sí, pero con una sola condición: que sea para siempre.

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Una respuesta to “Nunca es tarde (por San Valentín)”

  1. José Andrés Says:

    No sé porqué pero vislumbro mucho subconsciente en este bonito relato. Me gusta, muy tierno y muy entrañable. Congratulations. Orator dixit.

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