La risa como terapia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Algunas veces la risa traspasa sus propios cauces y nos llena los ojos, casi dolorosamente, de lágrimas. En mi vida ha habido tres ocasiones en las que me he retorcido de risa, en las que he llorado de tanto reír. Históricamente hablando —las recuerdo muy bien— fueron:

          Hace años, casi una eternidad, el Gobierno cometió un atropello —por ser suaves en los términos— contra un empresario floreciente al que le tenían inquina. El ministro expoliador, luego casado con dama filipina, tuvo un terrible encuentro en los juzgados de Madrid con su víctima que valientemente le arreó una coca en la calva que descolocó al señor socialista el cual se fue a vivir a un palacete conocido como Villa Meona por su excesivo número de cuartos de baño, detalle que no por ser de pésimo gusto es menos cierto, y que deja en evidencia la visión “sui generis” que de las ideologías hay en España. Adjunta a la expropiación quedó grabada en la memoria colectiva la frase del vicepresidente de ese gobierno que justificó la medida diciendo que, así, era “to p’al pueblo”. Lo que vino después desmintió con hechos tan asquerosa, por falsa, afirmación. Aún hoy sigo riendo al ver la descomposición del sucesor de Julio Iglesias en el tálamo nupcial tagalo. Le estuvo bien empleado. Demasiado prudente fue el empresario. En otras tierras, habría habido funeral. Aquí solo hubo boda. Perdón: bodorrio.

          La segunda cosa que me hizo y me hará reír siempre que la vea es aquel tremendo sketch de Los Morancos en la playa con Omaíta poniendo la sandía (el vino y las caseras también) al borde del mar para conservarla fresquita según tradición dieciochesca andaluza: no, no, lectores amigos, no me refiero a una usanza del Siglo de las Luces. No. Hablo del Dieciocho de Julio, fecha en la que se poblaban las playas de excursionistas de secano que con sus tenderetes hechos con fundas de colchón de cuadros y colchas hábilmente anclados en la arena, sus niños de piel blanca, su viejos y sus cacerolas llenas de comida eran objeto de las burlas de los veraneantes de gafas de sol, esterilla y crema bronceadora. Los excursionistas de interior, excitados por el poder euforizante del mar, pasaban un día feliz. Ellas se bañaban con el vestido puesto (a veces hecho para la ocasión en sus máquinas de coser Singer o Alfa) y frecuentemente sucumbían ante una ola traicionera que las remojaba enteras, accidente que solo provocaba risa y rubor en mujeres que llevaban doce horas empanando filetes, haciendo tortillas y —en lenguaje cervantino— pistos para los demás. Mujeres, niños y viejos que llegaban mareados en camiones y que si hubieran sabido griego, al llegar, habrían gritado talassos, talassos como aquellos antiguos de la Historia que no recuerdo. Ellos fumaban, bebían y le miraban el cuerpo a las turistas de la playa quizás sin gustarles demasiado pero intentando acumular imágenes que luego, una vez en el pueblo perdido entre montañas, serían objeto de un relato magnificado por los detalles escabrosos que cada uno iba añadiendo. En esos dieciocho de julio que todo el mundo agradecía sin recordar el origen de la fiesta se genera una tradición que recogen como nadie los humoristas citados: geniales, inigualables, precisos, críticos, ordinarios pero sin herir a las personas… Un aplauso para Los Morancos y sus escenas de playa. Mi agradecimiento a ese estudio antropológico que sustenta a la hija Antonia ¡¡Joshua!!y al legionario atiborrado de farlopa y alcohol pero siempre marcial y cortés con las mujeres.

          La tercera y última cosa que me hace reír hasta llorar es un modesto programa informático, gratuito y elemental, que te presenta un recuadro de texto donde escribes y luego lo convierte en voz, pudiendo elegir diversos tonos y velocidades: hombre, mujer, robot, mosca (todo un hallazgo), etcétera, quedando grabado el archivo en formato mp3 reproducible tantas veces como quieras ya sea desde un CD o lo que sea. Reconozco que solo lo he usado escribiéndole cosas bellas al personaje de la actualidad española que más adoro, que más aprecio por su cultura, su modestia, su honradez y sus valores éticos: la Excelentísima Señora doña María Teresa Fernández de la Vega.

[Nota: he borrado, autocensurándome, un párrafo]

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Una respuesta to “La risa como terapia”

  1. el temido (por su bravura) Says:

    No voy a hacer comentarios sobre los datos. Caducan antes que los yogures de las tiendas chinas.
    Sólo indicar que no sólo llena la risa (los ojos de lágrimas), sino que también vacía otras partes del cuerpo algunas veces (léase vejiga). O el alma, ya que a veces reímos por no llorar. Ejemplos a montones.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

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