la vida es así

Con desesperación, soltó el visillo que tenía agarrado con la misma fuerza que un ave de rapiña aprieta su presa, injurió a Dios y a todo lo material que le rodeaba, incluido su propio cuerpo, y comenzó a llorar con la frente apoyada en la ventana. Las gotas de lluvias pasadas habían dibujado pequeños surcos en el cristal y la calle se veía emborronada por una miopía que suavizaba los perfiles duros de las casas y el rostro serio de los transeúntes ateridos de frío.

Cuando las lágrimas le llegaron a la boca, la entreabrió. Y recordó ese sabor salado que nace de dentro cuando nos invade la tristeza. Era el fin. No cabía disimulo.

Tan despacio y dificultosamente como si tuviera medio cuerpo sumergido en el mar se acercó a la mesa y sirvió dos tazas de café. En dos platos de exquisita porcelana blanca dejó caer algunas galletas, para él apenas dos o tres, para ella más. La jarra de la leche era una vaca. Las cucharillas se estrechaban a medida que se alejaba el mango de la cavidad formando como el pétalo de una flor. —Bebe —dijo a la silla vacía que tenía enfrente— ¿no ves que se te va enfriar? Y come algo, anda. Estas galletas te gustan mucho a ti, no me las desprecies.

Nadie le respondió. Y la taza del otro lado del mantel permaneció quieta. Sonó el teléfono y alargó la mano con la ilusión de que fuera ella desdiciéndose de su despedida, pero solo oyó un anuncio comercial.

Era el fin y no debía esperar ya ningún milagro. Bebió a pequeños sorbos su café y miró con desprecio la taza blanca que le desafiaba con descaro. Alargó el brazo y de un manotazo la estrelló contra el papel floreado de la pared. Los trozos de porcelana tintinearon contra el suelo durante un segundo y la cucharilla durante dos segundos más. Buscó la chaqueta de pana negra en la percha del vestíbulo y tras abotonársela, cruzó sobre su cuello una bufanda de listas grises, azules y blancas. Salió. Cerró la puerta de la casa y se detuvo admirado por el frío cortante que arañaba la cara. Sin duda había tenido puesta muy fuerte la calefacción en la casa.

El autobús no tardó más de cinco minutos. Pagó al conductor y tomó asiento al final del todo para aislarse del resto de los viajeros. Los grafitis de la sucia juventud de ahora embadurnaban con trazos de rotulador los huecos de los respaldos. Contó una parada, dos, tres paradas, cuatro y cinco, se puso de pie, pulsó el timbre y cuando el vehículo se detuvo y abrió las puertas puso un pie en el escalón de la acera. Sacó del bolsillo una pequeña agenda que llevaba en el interior un bolígrafo; buscó una página en blanco e hizo una anotación.

Después, entró en la estación, que bullía de gente con maletas pequeñas y ligeras. Sacó un billete de corto recorrido en la máquina expendedora, dejó los céntimos del cambio en la bandeja iluminada y cruzó el control de rayos equis rápidamente pues no llevaba equipaje ni bolsa ni paquetes. En el andén, un tren con cara de pato blanco estaba a punto de salir. Lo miró con cariño y simpatía pues lo mataría a él.

Sonó un pitido, dio un salto y calló sobre las vías un instante antes de que lo triturara al pasar por encima de él. La chaqueta quedó envuelta en una masa gelatinosa roja sobre la que goteaban gotas de aceite de los vagones del tren. Una sábana blanca cubría el amasijo de restos. La policía desalojó el convoy y acotó la escena para evitar que aumentara el cerco de curiosos que ya estaba empezando a formarse.

Un empleado de la estación recogió del suelo la pequeña agenda que tenía una sola hoja escrita. Ponía “Te querré mientras viva, por eso voy a morir”. Y al ver que no contenía dinero ni nada de valor la lanzó al aire como una pelota, bajó, y con la punta del pie la golpeó enviándola fuera de la estación hasta una charca.

Luego siguió andando y contoneándose al ritmo de la música que escuchaba por unos auriculares.

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3 comentarios to “la vida es así”

  1. Petrus Says:

    Me encanta cómo diseccionas, con naturalismo casi almodovariano, cada una de las muertes que nos relatas.
    Espero que no me tengas en cuenta la comparación
    Salu2

  2. nuevavidavirtual Says:

    En primer lugar, darle las gracias por leerme. Después… perdonarle que me compare con su tocayo manchego y -dicen- universal: intuyo que es con la mejor voluntad. Me ha dado mucho que pensar un segmento de su comentario. Mi reiteración con el suicidio es simple y llana admiración, quizás envidia también. Solo una persona extraordinariamente inteligente y buena es capaz de matarse y, así, aligerar los trámites y gestiones en este mundo tan imperfecto y feo por lo general. Mi confesor me decía “Hay que arrepentirse por ser Dios tan bueno”. Pobre don José Campos, que así se llamaba él. Si Dios existiera y fuera bueno se nos vería en el culo o en la calva la fecha de caducidad, como al yogur. Como bien puede usted notar NO TENGO sentido de la medida: sobrepaso los límites de la cortesía y escribo un bodrio aquí. Gracias de nuevo. Por cierto, hay personas que cuando se convierten en terratenientes (o pisotenientes) abandonan las amistades rancias: no caiga en ese defecto si, llegado el caso, se le pasase por la cabeza.

  3. el temido (por su bravura) Says:

    Yo, sinceramente, suicidarme sería lo último que haría en la vida. Por un momento pensé que la persona abandonada era una mujer.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

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