Cuento de Cumpleaños

Cayeron las amarras con un ruido sordo. Poco a poco el barco fue separándose del muelle y el abismo estrecho y negro que había entre el casco y tierra firme se fue agrandando hasta formar una franja de azabache que producía vértigo. Enseguida comenzó una combinación sinuosa de suaves balanceos que serían el preludio del temido mareo para los pasajeros menos experimentados que empezaron compulsivamente a sacar pastillas, toallitas y botes de colonia en previsión de las vomiteras que se avecinaban.

En la cubierta, diseñada como la sala de un cine, decenas de sillones todavía vacíos formaban una masa compacta de hileras orientadas hacia una mampara en la que se había pegado el cartel de un congreso turístico para que no pareciera un simple muro desnudo.

El práctico arrastró el buque hasta la bocana y dejando atrás la seguridad maternal del puerto aquella nave blanca se introdujo en el mar denso y frío donde todos los misterios tenían cabida. Las olas eran suaves en su golpear contra la proa y el cielo parecía una laca china.

Un grupo de viajeros bajó a los pocos camarotes que había, y que eran estrechos como armarios, tras sortear pasillos y escaleras en cuyos recodos siempre aparecía una puerta infranqueable sellada con el aviso de Prohibido el Paso rotulado con esas letras militares que se hacen con una plantilla. Los demás pasajeros se sentaron en los asientos apiñados que miraban a ninguna parte o a la sala acristalada del bar. Con todas las mesas y sillas atornilladas al suelo, tras la barra, un camarero uniformado de blanco parecía sostener con su espalda unas vitrinas cuyas baldas terminaban en un reborde ideado para evitar que se cayera su contenido en algún vaivén del barco.

Apoyados sobre el tablero oscuro de madera, un grupo de soldados legionarios consumía compulsivamente copas de coñac francés y fumaban cigarrillo tras cigarrillo víctimas del síndrome tax free ya que en estas travesías se abarataban escandalosamente los precios al estar libres de impuestos.

Más escondidos, hacia el otro extremo del bar, una pareja de recién casados besaban los anillos que estrenaban. Las dos cabezas se tocaban por la frente y las manos enlazadas estaban a la altura de las bocas. Ella con su melena corta que le caía hacia los lados; y él, que de vez en cuando le acariciaba el pelo con más ternura que apasionamiento componían el único cuadro medianamente agradable en aquel inestable bar de balanceo pausado aquella noche. La chaqueta de cuero apoyada en los hombros resbaló por la blusa roja hacia el respaldo de la silla y cayó luego blandamente al suelo sin hacer ruido. Uno de los soldados se acercó y, todavía con la rodilla en tierra como un juglar, le alargó la prenda. Ella le miró a los ojos sonriendo a lo que el soldado, visiblemente turbado, respondió con un “A la orden” mientras subía la mano hasta su cabeza haciendo el saludo militar.

El camarero puso la radio unos segundos antes de que sonaran las señales horarias de las doce de la noche. Tras un boletín de noticias plagado de sangre, rencor y desgracias desperdigadas por el mundo entero se escuchó una sintonía amable y seguidamente por toda la sala se derramó una voz empalagosamente dulce de locutora curtida en mil madrugadas mercenarias e hipócritas pues la nómina no era ajena a los índices de audiencia.

La locutora se dirigía al oyente hablándole de tú, con una familiaridad desbocada e impropia, plagando sus sibilinos comentarios iniciales de profusas adulaciones que sólo buscaban cazar deprimidos dispuestos a marcar su número de teléfono. Como así ocurrió enseguida: Llamó la mujer harta de esperar al marido. Llamó el opositor eterno que pasaba las noches en blanco ante los libros. Llamó la viuda loca de soledad. Llamó el guarda jurado, chulo como un pavo real, que se quitaba el sueño besando las páginas centrales del mismo número atrasado de Playboy, arrugado y sucio…  

Todas las palomas incautas que podían caer en la trampa sucumbieron a ese almíbar sonoro de la locutora, lleno de modismos basados en un uso impúdico de los pronombres. Todos iban desgranando por las ondas sus intimidades, y para todos ellos tuvo una palabra de solidaridad estimulante que a todo el mundo sonaba falsa menos a los aludidos: “Que no te me puedes hundir, María, te lo prohibo ¿Es que no quieres a tus hijos?”. “Ramón, me vas a sacar esta vez la plaza, no me puedes defraudar”. “Ana, ciérrame el gas, ábreme la ventana y siéntate aquí a mi lado. Óyeme, bonita, tú no me puedes fallar ni una sola noche. De suicidarte, nada, mi niña. ¿O es que tú quieres darme a mí ese disgusto?”. “Hola Juan, mi esforzado Juan, mi hombre seguro, vigilante siempre atento en su lucha contra el delito, qué me dices cariño…”.

Los soldados, con las cejas arqueadas, seguían el curso de las historias de la radio y sus orejas —ya de por sí notables en su cráneo rapado— aparecían enrojecidas por efecto del alcohol. La pareja, mientras tanto, gozaba de su amor ajena a todo. El camarero volvió a mirar la hora.

Y todos los relojes, más o menos al unísono, dieron las una. Y las dos. Y las tres. Y las cuatro…

Los cuerpos desmadejados de los legionarios se apoyaban en las sillas, aburridos. Salieron de sus casas al atardecer, con ropa limpia y afeitados hasta un nivel de apurado tan exhaustivo que sus caras de hombres que viven al aire libre se parecían a la de un clown pues tras el paso de la cuchilla el rostro presenta dos coloraciones y el labio superior adopta un excesivo perfil en esos rasurados tan concienzudos previos a un acontecimiento importante. Ahora ya tenían la cara ajada y la camisa del uniforme manchada de sudor por las axilas.

Las manos del camarero recogieron con habilidad las copas vacías, retiró los ceniceros y sustituyó los posavasos manchados por otros nuevos en los que resaltaba el logotipo de la compañía naviera. Observó la escena y concluyó que aquellos pasajeros empapados de alcohol no daban ya más de sí. Se acercó a la pareja que cabeceaba vencida por el sueño preguntándoles casi en un susurro si querían “champagne” (no champán, palabra que suena a los gritos que se dan en las artes marciales). La palabra francesa hizo sonreír a los novios, que le contestaron con un “sí” prolongado, exclamativo y alegre al que ella añadió “Pero solo si nos acompaña usted”. El camarero, dibujando también una sonrisa, descorchó la botella helada de Veuve Cliquot en cuya etiqueta apenas podía distinguirse el texto que avalaba la calidad de la bebida; carámbanos de hielo desdibujaban las palabras grandilocuentes —“Maison fondée en 1772, à Reims, France”— de su historia y después, tras chocar suavemente las copas, los tres pensaron que era la primera vez que brindaban a las siete de la mañana.

El líquido dorado en el cristal se hizo, durante apenas un segundo, más brillante. La mampara de los posters a la que miraban todas las hileras de butacas se iluminó de pronto. Y el bar se inundó de un fogonazo rojizo que pintó de incandescencia todos los objetos. El uniforme del camarero dejó de ser blanco y se tiñó de color naranja. Los pasajeros abrieron los ojos, y penetró por sus pupilas una bola de fuego que llegó hasta lo más hondo de su nervio óptico, desarrollándose y creciendo hasta dejarlos ciegos…

Un murmullo de sorpresa salió de la garganta de la recién casada. Y los soldados pusieron las manos ante sus caras para defenderse de la luz. La etiqueta amarilla del “champagne” se confundió con el resplandor que venía de fuera: amanecía en el mar, y un sol gigantesco, tangente al horizonte fundía los últimos restos de la destronada noche.

Todos los pasajeros, acodados en la borda, recibían con la cara alzada los rayos de Sol como si quisieran abrazar la luz en una ceremonia. El camarero, solo ya en el bar, retiró dos de las tres copas que reposaban en la mesa y comenzó a colocarlas en el repleto lavavajillas. La última copa tenía en el borde la huella de pintura de labios de la recién casada. El camarero la levantó con las dos manos hasta su boca colocando cuidadosamente la suya donde estuvo la de ella. Y bebió el último sorbo que quedaba en el fondo con los ojos cerrados.

Lamentablemente no pudo darse cuenta de que la recién casada de la blusa roja, desde fuera del bar, con las palmas de las manos y sus labios apoyados sobre el cristal también estaba dejando un largo y apasionado beso para él.

© 22 de noviembre de 2003 — 22 de noviembre de 2009

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2 comentarios to “Cuento de Cumpleaños”

  1. Carlos Says:

    Aun recuerdo el original. Muy bueno y no es cierto que tuviese muchos errores.

    Feliz cumpleaños por adelantado.

  2. - Says:

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