Cuento (y III)

          David durmió mal aquella primera noche que pasó en su casa heredada, pero no por causas físicas ya que todo estaba pulcro, las habitaciones eran alegres y los electrodomésticos funcionaban perfectamente; había detergentes y todo tipo de productos de limpieza e higiene personal, y el frigorífico tenía comida para un mes, por lo menos. Era su maldita manía de buscarle una causa a todo lo que le desvelaba.

          En la cama, mordiendo el embozo de la sábana que olía a colonia de niño, con la luz apagada, fue repasando segundo a segundo la última visita de la tía Tina en la última Navidad. A nadie de la casa, ni a los niños siquiera, le gustaba esa fiesta que discurría sin pena ni gloria para desesperación de amigos y vecinos: no había comidas especiales, ni regalos ni adornos. No felicitaban a nadie y jamás se les pasó por la cabeza aceptar una invitación en aquellas fechas. Pero el año pasado —a eso precisamente le estaba dando vueltas y vueltas, era la pieza que no conseguía encajar— sin que nadie supiera porqué, cuando la tía Agostina anunció que llegaría el veinticuatro de diciembre, la familia se reunió y su padre, muy serio, dijo a todos en plan speaker de la Cámara de los Comunes:

          —Mi hermana vendrá a pasar unos días con nosotros. En honor a ella, vamos a celebrar la Navidad. No quiero preguntas ni indiscreciones que puedan estropear la visita. Es muy importante que todo salga bien. Tenemos que darle la impresión de que no hacemos nada distinto a lo de todos los años.

          —Papá —hasta podía recordar la luz y el olor de aquel momento en el que habló— el problema está en los vecinos, cuando se den cuenta…

          —Llevas razón, David, pero ya había previsto eso. Yo me encargaré del asunto. Lo que no quiero bajo ningún concepto que ocurra es que la tía Tina se marche enfadada con nosotros. Como lo que vamos a hacer es una farsa, una agradable comedia, disfrutemos con ella: la tragedia está prohibida pues ¿De acuerdo?

          David se revolvió dos veces en la cama. Giró hasta apoyarse en un codo y en la almohada doblada en dos. Por los visillos se traslucía un anuncio luminoso que parpadeaba periódicamente llenando el dormitorio de luz rosada durante unos segundos. No podría olvidar nunca el trajín inusitado de aquellos días navideños: las compras, los adornos de la casa… todo lo tomaban con la afectada actitud de frialdad de un oficinista en su ventanilla. Por dentro, la cosa era diferente. Al menor descuido, David veía a sus hermanas acariciando delicadamente el abeto enorme que esperaba sus adornos en el centro del salón, u oliendo el perfume embriagador de las cajas de madera llegadas desde España, las cajas del turrón de Casa Mira que todos los años mandaba el consignatario de buques con el que trabajaban en Málaga, regalo espléndido que siempre enviaban al convento de al lado para regocijo de las monjas que veían en aquello un signo de benignidad y esperaban que ese dulce mecenazgo ascendiera a cotas superiores. Las ingenuas y calculadoras religiosas creían que aquel regalo anual era el presagio de una donación extraordinaria o de un futuro legado maravilloso que les permitiera darle un buen repaso a la capilla y hasta poner calefacción.

          Cuando dieron las seis de la mañana, David ocupaba una diagonal de la cama, con los pies sobre el extremo de la almohada y la cabeza boca abajo; la cintura del pantalón del pijama que había encontrado en el cajón de la cómoda, fresco y recién planchado, dividía su trasero en los dos hemisferios clásicos, dejando uno de ellos al aire. Era un desastre durmiendo, imprevisible e inquieto. Así, cuando se despertó, lo primero que sintió fue un agudo dolor en los brazos pues había dormido toda la noche con ellos colgando por el borde de la cama, asomado al filo como si se mirara en un lago a falta de espejo.

          El aseo y su desayuno fueron rápidos. Enseguida se puso a recorrer la casa que había heredado, abriendo y cerrando con cuidado armarios y alacenas. Tan pronto abría un estuche de carey como cerraba una cajita de nácar; por encima de mesitas y veladores mil adornos pequeños y exquisitos revelaban lo femenino de aquel hogar que ahora era el suyo. Plata, porcelana, malaquita, alabastro o sándalo: todos aquellos objetos deseaban vehemente ser contemplados y admirados, pedían un grito sofocado de admiración al saber su origen o su precio. David cogió una caja forrada con seda blanca y muy despacio la abrió dejando en el aire al mismo tiempo un olor a violetas tan vivo que lo sorprendió; dentro había flores secas y una llave. Pensó que debía cogerla pues probablemente le haría falta para terminar de explorar la casa.

          La puerta de la biblioteca crujió un poco sobre sus bisagras y dejó a la vista, al abrirse, una sala cuyas paredes habían sido cubiertas por estanterías que aparecían bien surtidas de libros. Con la emoción que proporciona siempre un descubrimiento, el sobrino de la tía Tina alargó la mano hacia una tabla alta para coger un ejemplar de La Divina Comedia del Dante, perdió ligeramente el equilibrio y, al apoyarse en la estantería, esta cedió y un resorte puso en marcha un mecanismo giratorio que franqueaba la entrada de un pasillo negro como boca de lobo.

          David tardó un segundo, o menos, en decidirse a traspasar aquel umbral y comenzar a caminar por un pasillo excavado a golpe de pico en la roca. Del techo colgaba  una bombilla cuyo interruptor era una cadenita de la que había que tirar para encenderla. El cableado iba por el techo en tubos sujetos por abrazaderas negras atornilladas a la piedra. Era largo, frío y silencioso aquel pasadizo que, finalmente, terminaba en una puerta cuya cerradura no dejaba duda de que se abría con la llave de la cajita forrada de seda.

          Efectivamente, tras dar dos vueltas, un chasquido liberó aquella plancha metálica a prueba de incendios dando paso a…

[Queridos lectores: ¿Por qué tengo yo que elegir el final? Mirad, llegados a este punto del texto vuestra fidelidad y cortesía están ya más que probadas, por lo tanto al menos debo ofreceros la opción de que escojáis vosotros el desenlace. Pero no os engañéis, parece elegante generosidad y en realidad es auténtico egoísmo: de esta forma a todos os gustará el cuento y cantaréis odas sobre el mismo.

          ¿Qué ha podido ver DavidSuper8 tras la puerta blindada?

          ¿Un balcón abierto al paisaje maravilloso del Piamonte turinés?

          ¿Un pozo hediondo invadido por cientos de serpientes venenosas al modo Indiana Jones?

          ¿Una mazmorra llena de lamentos?

          ¿Una ojiva nuclear dispuesta a lanzar misiles cargados de muerte?

          ¿Un basurero?

          ¿Una habitación llena de cajas? Aceptemos esta posibilidad, pero a las cajas habrá que ponerle algo dentro: ¿Cadáveres quizás? ¿Cocaína? ¿Preservativos, como hacía el dictador guineano Macías? ¿Armas? ¿Muñecas? ¿Billetes de banco? ¿Cartas? ¿Documentos secretos? ¿Reliquias de santos?

          Hagamos una cosa, yo lo termino, vale. Pero la discusión queda abierta a todos, desde cualquier punto de vista.]

          Efectivamente, tras dar dos vueltas con la llave, un chasquido liberó aquella plancha metálica a prueba de incendios dando paso a una magnífica bodega. En la piedra se habían tallado hornacinas que contenían las botellas en soportes de madera cubiertos la mayoría de ellos por una final capa de polvo blanco y algunas telarañas. No había Chateau-Lafitte ni Dom Perignon pero abundaban las botellas de vino blanco y tinto de precio asequible y excelente calidad, los licores suaves y clásicos tipo Marie Brizard o Bayley’s y algunas excentricidades —unos frasquitos de sake, tequila— al lado de las cuales brillaban con luz propia sendas botellas de oporto y pedro ximénez.

          David no entendía de vinos, él solo consumía cerveza y se emborrachaba con una mezcla que siempre le pareció repugnante de ron caribeño y cola, como todos sus amigos. Cuando su vista se acomodó a la penumbra de la bodega se dio cuenta de que un sobre blanco estaba apoyado encima de una botella aislada de las demás. Con las manos atrás, más por afecto que por curiosidad, se acercó hasta leer su destinatario que estaba escrito con letra firme y tinta azul brillante. Casualmente, era él mismo a quien iba dirigido. Rasgó el sobre y leyó: “Para David, mi heredero, con todo el cariño. Descorcha esta botella y brinda por mí.—Tina. Emocionado, cogió la botella como cuando se acuna a un bebé en los brazos, apagó la luz, cerró la puerta blindada y regresó a la cocina. De un armario blanco sacó una copa tan espectacular que parecía un cáliz. El sacacorchos penetró blandamente por el cuello de la botella y al tirar de él para sacarlo emitió un sonido puro —¡chump!— tras el cual comenzó a evaporarse la fragancia del vino. Vertió dos o tres dedos en la copa y bebió. Mil y un sabores fueron excitando su paladar en una procesión embriagadora: primero fue el dátil, luego las pasas, después el cacao y finalmente el café. Sorprendido por esa sucesión de sensaciones David volvió a escanciar algo más de vino. Se acercó a la ventana y puso la copa al trasluz apoyándola sobre el cristal: los ojos se le humedecieron al observar a través del líquido ambarino que en el jardín de la casa, bien engrasada y limpia, lucía una bicicleta Bianchi igual que la suya, la que le robaron y por la que tanto lloró. Dejó sobre el mármol del fregadero la copa de vino y salió al jardín. No daba crédito a lo que veía: era su bicicleta, no le cabía la menor duda. En el lateral del sillín se podía ver la “D” adhesiva que compró en una tienda de recambios y que la hacía inconfundible. ¿Cómo habría llegado hasta allí? El misterio pasó a un segundo plano ante el deseo de subirse y comenzar a pedalear en aquella máquina celeste —¿por el color del cielo milanés, o por los ojos de la reina de Italia? Había partidarios de ambas hipótesis sobre el tradicional color de estas bicicletas que muchos consideran las mejores del mundo— cosa que hizo inmediatamente. Primero recorrió el jardín, después salió al corso que estaba en cuesta y así siguió hasta llegar al parque.

          Un precioso banco de madera bajo un celindo en flor inmensamente grande parecía llamarlo seductoramente, ofreciéndole descanso, olor y sombra. Apoyó la bicicleta en el respaldo del banco y cuando se estaba inclinando para tomar asiento vio que algo relucía en el suelo, se agachó para verlo de cerca, lo cogió con sus dedos y lo besó llorando: era la sortija de su tía que él siempre miraba embobado pues tenía las iniciales AOT agrupadas una encima de otra formando una especie de anagrama muy original que había diseñado ella misma. El cerebro de David lanzó una potente corriente eléctrica a sus músculos que le hizo ponerse en pie de un salto, echarse la sortija al bolsillo, coger la bicicleta y correr como un loco alejándose del parque. Había comprendido que en aquel banco había muerto su tía Tina, hasta en la prensa fue publicada la foto como ilustración de la fúnebre noticia.

(Unos ojos saltones quedaron defraudados por aquella estampía del muchacho. La rata, ávida de sangre, tras comerse a la madre quería saborear también el corazón del hijo).

F          I          N

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2 comentarios to “Cuento (y III)”

  1. el temido (por su bravura) Says:

    ¿De dónde ha sacado la marca Bianchi? Es una marca muy antigua (de los años 70), que se especializó en coches de pedales de juguetes, algunos verdaderas maravillas. He estado buscando en internet por si había algunas fotos, pero parece ser que ya no existe; por eso me ha sorprendido ver esa marca. Y no es porque yo jugara con ellos; ya era mayor y no cabía ni en el Maggiolino ,el modelo pequeño, ni en el Maggiolone (el modelo grande, una preciosidad en rojo, con una capota azul, y una bocina de las que había que presionar, con dos perillas). Teño morriña.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

  2. José Andrés Says:

    Bien. Lo ha resuelto Vd. muy bien. El cuento ha ido mejorando en los sucesivos capítulos. Muy original lo de poder ofertar diversos finales. A ver si pienso otro, pero éste está muy bien. Orator dixit.

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