Cuento (II)

          Apretó hasta arrugar la hoja de La Stampa donde venia la esquela de su tía. Cerró los ojos, dejando caer con delicadeza el periódico sobre el asiento de al lado. El tren devoraba kilómetros a una velocidad pasmosa. La belleza inconfundible del Piamonte aparecía por las ventanillas tan fugazmente como si temiera que el viajero fuese un ladrón de paisajes y hubiera que esconderlos para que no los robaran.

          En algún momento se definió el destino, Turín, en el horizonte y a los pocos minutos David Super8 —así le gustaba que lo llamaran, dada su afición al cine pasado de moda— bajaba del tren en la estación Porta Nuova con su mochila al hombro. Mientras tanto el diario con la esquela familiar estaba siendo aspirado por la taciturna limpiadora ucraniana que limpiaba vagón tras vagón como una autómata. De pronto, pisó con fuerza el pedal y detuvo la máquina, se agachó y recogió del suelo la hoja de papel al ver que tenía una cruz; su madre le había enseñado a respetar los símbolos. Le echó una ojeada a las letras

Pregare Dio nella carità per l’anima della illustre signora Agostina Ottavia Tagliacozzi morta a Torino il 15 ottobre dopo aver ricevuto i sacramenti e la benedizione di Sua Santità. Ripose in pace.

y con los dedos recortó el trozo del obituario, parsimoniosamente hizo varios dobleces y se lo guardó en el bolsillo de la bata azul. Luego, continuó aspirando tapicerías y moquetas, retirando envases vacíos, cambiando los reposacabezas de papel con el logotipo de la empresa y suspirando. Siempre en eterno conflicto consigo misma, siempre soñando con su tierra y al mismo tiempo agradeciendo a la Fortuna aquel sueldo, miserable en Italia, pero con el que mantenía a casi dos familias en su lejana y amada Ucrania.

          David tomó un taxi pero no de la larga fila que esperaba ante la estación sino que salió a la calle y se mezcló con el bullicio de la gente que recorría el Corso Vittorio Emanuele II. El viaje desde Milán había durado tan solo una hora y no le había dado tiempo a digerir su nueva situación. Necesitaba andar, como siempre que tenía algún problema. Cuando se cansó de recorrer aquel bulevar que parece interminable paró el taxi, le dio al conductor la dirección y retomó el hilo de sus pensamientos que, resumidamente, eran: ayer no tenía para pagar el alquiler del piso y hoy iba a hacerse cargo de la herencia de una hermana de su padre a la que apenas había visto tan solo en dos o tres ocasiones.

          Por esos caprichos del Destino que nadie entiende, su tía lo trataba bien en el testamento; y por más esfuerzos que hacía no lograba recordar ningún momento de especial empatía con ella, circunstancia que la hubiera llevado a tomar esa decisión tan afectuosa con él. En la familia todo el mundo decía que la tía Tina, cuando muriera, le dejaría sus bienes al PCI —Partito Comunista Italiano— o a alguna congregación de monjas de clausura, como si estuviera loca. Luego, ante el notario, su última voluntad fue un modelo de equilibrio y de ternura: a la vista de los legados que se iban desgranando en la lectura monótona del testamento, la familia constató que la tía Tina estaba al tanto de los problemas de todos y que, sin atender a favoritismos o rencores, quiso que su patrimonio remediara un poco algunas estrecheces de los suyos…

          David contó el dinero con lentitud desesperante, juntando monedas de todo tipo y valor, hasta ponerle en la mano exactamente los nueve euros con treinta y cinco céntimos al taxista el cual, con evidente sarcasmo, le respondió con un muchas gracias caballero tan prolongado y sonoro que David pensó en la posibilidad de que los turineses tuvieran la mala costumbre de bajarse del taxi sin pagar a la vista de tanta cortesía. Él era así de ingenuo. Nunca entendía ni los chistes, ni las bromas, ni las ironías.

          El número treinta y cuatro de la via Mirabello era una hermosa casa de principios del siglo veinte, años treinta… altos quizás, casi en la década de los cuarenta. Escalonada sobre el montecillo que la respaldaba dándole seguridad a los cimientos, la roca servía además como auténtica caja fuerte pues el arquitecto mando horadar decenas de metros de galerías secretas que la atravesaban influenciado por la sicosis bélica de la época para que sirvieran como refugio y posible  vía escapatoria en caso de peligro.  

          Agostina Ottavia Tagliacozzi la compró por cuatro liras mal contadas a la familia de un militar fascista que murió al modo Mussolini: boca abajo, desollado, escupido, apedreado… por todos aquellos que adoraban al Duce vivo (y en el poder).

          Tina vivió la guerra desde el lado opuesto. Estudiaba un curso de perfeccionamiento musical en el conservatorio de Varsovia en contra de los deseos de sus padres que hubieran preferido otro sitio de clima menos crudo, pero ella se encaprichó de un pianista polaco de ojos miopes y axilas demasiado fragantes y allá se fue siguiendo el rastro de su Chopin particular.   

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La Varsovia de 1944 no era Valdemosa y ella tampoco era George Sand —Amandine Aurore Lucile Dupin, baronesa Dudevant— recogiendo en el puerto de Palma de Mallorca el piano Pleyel para el presunto tuberculoso.

          Tina llevaba sidolowkas en su bicicleta para la resistencia polaca, ocultas bajo sus partituras y la fiambrera del almuerzo cosas que los nazis nunca consideraron objetos sospechosos pues una italiana hermosa, rubia, hablando alemán —el libreto del Parsifal de Wagner siempre estaba a la vista en la cestita portaequipajes— y riendo con soltura  solo merecía un saludo, una sonrisa y un taconazo mientras le devolvían su salvoconducto. Las bombas caseras que llevaba Tina arrancaban de cuajo las cabezas y los miembros de los invasores alemanes, y estaban hechas en botellas de limpiametales Sidol. Cada una de ellas había visto la noche anterior a Tina besar a su falso pianista antes de regresar este al gueto donde debía dormir obligatoriamente para no levantar sospechas.

          Pero Marte, el dios de la guerra y todas sus maldades, está aliado con la caprichosa diosa Fortuna y, tras la masacre, un tanquista soviético vio tirada medio muerta en una calle a Tina, se apiadó de ella al verla tan hermosa y la salvó. Durante semanas la alimentó con sus propias manos dándole la mayor parte de su rancho, cuidándola como una flor. Cuando todo pasó, porque todo tiene un final afortunadamente, Sacha el tanquista y su novia italiana, como tantos otros, huyeron del paraíso comunista y en la iglesia de Turín donde ella había sido bautizada, al pie de un retablo barroco, se casaron cubiertos de reflejos de colores que la Virgen, a través de las vidrieras que relataban su vida, les mandaba como regalo nupcial.

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2 comentarios to “Cuento (II)”

  1. requerido Says:

    es de lo más malo que se ha escrito nunca… por favor no escribas mas

  2. José Andrés Says:

    Hombre, yo veo que hay mucha información que igual oculta la trama, pero de ahí a decir que es lo peor y que no escriba Vd más. Yo no haría caso y seguiría escribiendo y mucho, que lo hace Vd. muy bien. Orator dixit.

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