Cuento (I)

          Agostina Ottavia Tagliacozzi —Tina para los amigos— inclinó reverencialmente la cabeza cuando el sacerdote pronunció las palabras latinas con las que despedía a los fieles dando por finalizada la misa.

          Dejó transcurrir unos minutos para que se desalojara el templo y, tomando el bolso que había dejado sobre el banco, comenzó a salir. Irse de aquella iglesia no era un acto sino un proceso, y desde luego una tarea nada fácil pues a cada paso salía al encuentro una obra de arte o cualquier detalle curioso que obligaba a detenerse, echar una ojeada y suspirar con emoción: podía ser un cuadro o una escultura, alguna reliquia encerrada en esas urnas cuyos cristales dejan ver tibias y calaveras que asustan a los niños, un retablo, un viacrucis de legendaria belleza… Había que añadir a tanta cosa hermosa e interesante las vidrieras extraordinarias que narraban la vida de la Virgen.

          Desde niña, Tina sintió especial interés por dos escenas que nunca se cansaba de contemplar. Una era la Anunciación. Y otra la Piedad, ese momento terrible para una madre de sostener en su regazo al hijo inocente torturado y muerto. Agostina Ottavia siempre había dicho que ella no cambiaba sus cristaleras de colores por un Fra Angelico. Ni siquiera en Valladolid sintió un temblor de emoción ante el genio de Gregorio Fernández, lo que le costó el enfado de su amiga y anfitriona Isabel Villablanca que la había invitado con mucha ilusión a pasar unos días en su finca castellana, fría y seca como el aire que arrancaba a los árboles sus hojas doradas y rojizas encarando el invierno presuntamente eterno, de tan blanco y silencioso como era siempre.

          A Tina la bautizaron en aquella pila de mármol oscuro que se cubría de multicolores rayos de luz a lo largo del día, hizo la Primera Comunión y se casó a los pies del ángel rubio que dirige rayos dorados al vientre de una muchacha joven que baja la vista con modestia. Era, por lo tanto, absolutamente normal su especial afecto por los muros sagrados de su parroquia.

          Aquella mañana de domingo de un caluroso octubre el aire tenía un olor vegetal y sano, no había gente por la calle y los camiones ya habían dejado regadas las calles a golpe de manguera.

          El banco del parque junto al rosal amarillo era una invitación tan seductora que Tina ni supo ni quiso rechazar. Se sentó. Cruzó una pierna sobre la otra, cerró los ojos y dejó que la tibieza del sol penetrara en su cuerpo. Todo el mundo da por hecho que tomar el sol fortalece los huesos y da salud a los niños y ancianos esqueléticos. Algunos pájaros cantaban. Un avión de guerra surcó el cielo con un vibrante zumbido. Y Tina pensó que aquel día era perfecto para morir. No tenía deudas. Nadie la esperaba. Estaba feliz y tranquila en aquel banco a la sombra de unos árboles añosos que parecían protegerla. ¿Por qué tenía que esperar a que la miseria de la vejez la carcomiera?

          De pronto sintió un pequeño pinchazo en el brazo. Abrió los ojos y se miró: una hormiga le había dado un buen mordisco al tiempo que le dejaba en los capilares su regalito de ácido fórmico.

          Tina vio con claridad que aquello era una propuesta del Destino, un desafío. Y lo aceptó. Dejó que la hormiga siguiera paseándose por su brazo. Al quedarse absolutamente quieta, en unos minutos y tomando como puente el respaldo del banco, una larga hilera de hormigas le andaba por el hombro camino de su pecho. Al principio dolió un poco, pero después casi no sintió nada. Volvió a cerrar los ojos y se hizo la dormida. Pasó Giovanni, el muchacho de al lado de su casa, y no respondió a su saludo. A las dos horas, el dedo anular de la mano derecha ya comenzaba a enseñar el hueso; las hormigas habían ido cortando trocitos minúsculos y se habían ido llevando su carne al hormiguero.

          A la hora del aperitivo empezó a oírse el murmullo de la gente que tomaba un Campari en mangas de camisa aprovechando la calidez del día. Sus amigas las hormigas ya estaban dando buena cuenta de su abdomen y pronto seguirían por sus piernas.

          Cuando cayó la noche cesó el banquete de los ordenados insectos. Pero Tina siguió más quieta que nunca. Sus piernas ya casi no existían y le costaba trabajo respirar.

          Entonces oyó un ruido soterrado, y del sumidero donde paraban todas las aguas sobrantes de los riegos salió una rata. Todavía el único ojo que le quedaba alcanzó a ver con simpatía la mirada ávida de aquel animal que la observaba con gula.

          Tina —Agostina Ottavia Tagliacozzi, de la buena sociedad turinesa— acarició torpemente con el dorso de la mano en que tenía aún algunos restos de carne el lomo del animal que se había aposentado en su maltrecho regazo.

          Después, notó un dolor muy agudo y mientras su mundo se cubría de un intenso color rojo vio a la rata correr hacia la alcantarilla con su corazón entre los dientes.

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3 comentarios to “Cuento (I)”

  1. José Andrés Says:

    Empieza muy bien, pero no me gusta el desenlace. ¿Por qué tanto interés en aparcar la vida y abandonarse a la muerte, sin ilusiones ni esperanzas? Orator dixit.

  2. el temido (por su bravura) Says:

    Otra vez hay que dejar los datos.
    Es una historia muy tétrica, pero sí que tiene justificación (aunque nos cueste trabajo entenderla). Simplemente tuvo la oportunidad de escoger día y hora, y lo hizo, sin forzar nada; tal como vino lo aprovechó.
    De todas formas, se acerca el día de los difuntos, y al igual que Carrefour tiene ya preparado el árbol de Navidad en el parking, D. Nuevavidavirtual, nos acerca a tan próximas fechas; ¿no es verdad ángel de amor? Resista, aunque griten estos malditos sin politesse.
    Delenda est Britannia et Halloween. Lector salutatus.

  3. David Says:

    El ser humano dentro de la cadena trófica. Mi personaje preferido es la rata, por supuesto, pasa del huevo Kinder y se lleva el juguete que hay en su interior.

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