gracias

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          Este invierno pasado en mi querido Paseo de los Tilos —por algunos llamado “De los Estilos” y no miento, aunque bien pensado es un muestrario de múltiples formas de vida y se perdona el error— una familia de raza negra, gente muy joven, puso una tiendecilla muy chica de fruta enfrente de la parada del autobús que cojo cuando regreso reventado de mis paseos quilométricos. Son del Camerún, y yo he conocido a muchas monjas misioneras que se han dejado todo allí, alguna hasta la vida.

          Un día entré y compré algo. Me pareció aceptable y barato y desde entonces me hice cliente suyo una vez  a la semana más o menos. Poco a poco han ido levantando cabeza y tiene cierta animación en la frutería: más visitas de compatriotas con sus niños —que son muñecos— que clientes, lamentablemente…

          Hoy he regresado a su tienda después de dos meses de ausencia y el hombre se ha alegrado de verme por allí. Es inteligente, sabiendo el rechazo que provocan los negros en algunas personas todo lo coge con guantes.  Mientras que la mujer, gorda de cuerpo pero de cara guapísima, me iba poniendo la fruta él me ha preguntado si había estado malo porque me veía delgado y yo he hecho un gesto sobre mi cuerpo como si tuviera unas tijeras. Ha cambiado de expresión, se ha puesto serio, y cuando me estaba cobrando ha cogido dos racimitos de uvas y los ha puesto en mi bolsa diciendo “Esto es regalo para ti, ponte bueno ya”.

          Cuesta trabajo no llorar de gratitud.

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