In Memoriam

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Día de luto, de tristeza y de horror. Día despreciable —nigro notanda lapillo decían los romanos— que lo más asqueroso de la sociedad española se empeña en olvidar o manipular o esconder. Dicen los maestros en las escuelas que las edades de la Historia empiezan y terminan con un acontecimiento importante, malo o bueno. Quizás para todo el mundo civilizado aquel Once de Septiembre fue el comienzo de una nueva edad. Menos para España, donde toda misería tiene cabida. Mis lágrimas y mi respeto para aquellas personas que murieron en Nueva York víctimas de la locura asesina con la que pretende jugar a los bolos alguien despreciable que se inventó el cuento patético de la Alianza de Civilizaciones. Yo, que adoro el mundo árabe, yo… que tengo un Corán en español quiero creer que alguna vez el pueblo musulmán despertará del letargo suicida en el que se halla y engrandecerá al mundo una vez más. Ellos trajeron la seda y la exquisitez en los modos y en las artes, ellos trajeron las ciencias. Qué amanezca ya.

Día grotesco, también. En esa parte de España que construyó Andalucía —los andaluces, siempre despreciados y mal pagados, zaheridos con el calificativo de charnegos— celebran una fiesta llena de mentiras y de odio. Ni el héroe alabado fue tal, ni hay alegría espontánea ni se reconoce que el duque de Anjou, Felipe V de Borbón, trajo en la medida de lo posible la modernidad de Francia, el orden y el concierto. Y que venció en aquella metaguerra —fue mucho más que batallas entre parientes— también se intenta esconder. El otro día, en Venecia, el sapo venenoso Chávez dijo que no fue España quién descubrió América. Volvía de abrazarse con el de Teherán y, en estos momentos, está desayunando en Madrid donde un rey Borbón, elegido por Franco para ser su sucesor, le dará la bienvenida. Reunión de amigos. Sant Jordi y la Moreneta presidirán la conjura y al fondo se escuchará a Pau Casals —¿no será Gasol?— interpretando ese pestiño musical, rancio y redundante, titulado El Cant dels Ocells. Pero hay dos copias del cuadro de van Loo en el que se ve al mi muy querido Felipe V, a Isabel de Farnesio y a Fernando VI (de su reinado, los libros escolares solo saben decir que fue un reinado de paz, con menosprecio; quizás algún maestro en algún lugar perdido de España cuando se lo explique a sus alumnos les ponga alguna música de Doménico Scarlatti, maestro de música de la reina picada de viruelas pero hermosa por dentro, Bárbara de Braganza).

*

Necesito un millón de euros libre de impuestos. Quizás tenga algún tito rico en América. Cuánto me duele no haber sabido investigar una rama de mi familia materna que se fue a Caracas en los años treinta; en algún sitio estará esa foto preciosa del tío de mi madre y sus hijos apoyados en la baranda de su casa venezolana, siempre me sorprendió verles con aquel aspecto saludable y vestidos con unas camisetas de rayas ultramodernas, guapos, rubios, con los ojos claros cuando la gente de aquí, según las fotos de la época, estaba escuchimizada.

*

La foto es mía. Del amanecer de hoy.

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