De aviones

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Con el estruendo de una catarata. Con el dramático estertor del trueno que parece rajar el firmamento y retumba por todos los rincones. Con la velocidad de una flecha cuyo arco ni siquiera adivinas… así sobrevoló la ciudad esa máquina terrible, esbelta, que fue la estrella de la exhibición aérea. Con sus chorros de fuego y sus piruetas suicidas el Eurofighter Typhoon derramó sobre nosotros toneladas de gases tóxicos de un olor mixto y dulzón —parecido al formol— recordándonos la muerte que es capaz de generar, pues para ello fue creado. Como esos demonios de los grabados medievales, como el dragón de San Jorge —descártense las versiones de Paolo Ucello—, aquel triángulo gris lleno de potencia destructiva y diseñado impúdicamente para el exterminio de la vida subía, y bajaba, y volaba de costado, y giraba como en las volteretas de los saltimbanquis, y ascendía escalones de miles de metros y cuando el público entornaba los ojos para poder distinguir el avión estando tan alto, se quedaba parado boca abajo y empezaba a desbocarse en una trayectoria vertical de caída que presagiaba un final trágico del espectáculo. Cuando quedaban apenas unos metros para estrellarse, la pericia del piloto enderezaba la nave y escapaba echando chorros de fuego y taquicardias entre los corazones del gentío. Hubo un momento en que pensé que estaba en Palestina, Israel o Irak. Cuando los aviones, a modo de gracia pirotécnica, dispararon racimos de bengalas que a pleno sol cegaban los ojos pensé qué monstruosos deben ser esos días de bombardeo, qué miedo más hondo se debe sentir cuando ni la oscuridad de la noche es capaz de proteger a un ser humano que intenta salvarse.

Desde niño me han fascinado los aviones. En mi historia vital hay dos hitos aeronáuticos muy emotivos. El primero, siendo yo niño en los años sesenta del siglo veinte. Vivía en un piso precioso, estrenado por nosotros. Casi todos los vecinos eran militares de aviación y familias españolas procedentes del Marruecos francés —gente exquisita, agradable y acostumbrada a un nivel de vida inalcanzable por estos pagos— exiliadas a punta de bayoneta como aquel que dice. Entonces era como vivir en el campo: la ciudad se terminaba pronto y todo el perímetro eran huertas y solares baldíos que eran la delicia de los niños y la tranquilidad de los padres. Se jugaba mucho y al aire libre. Bien, un día me dieron la sorpresa de que nos llevaban de excursión a la Base Aérea de El Rompedizo (San Julián). Nos recogió un soldado (¿Cómo se llamaba la bicoca de aquellos soldados que se dedicaban a portear a las señoras de los oficiales de compras y a la peluqueria y demás?) con una furgoneta Volkswagen de color gris azulado y, cargado de niños, traspasamos la barrera y nos adentramos en aquel paraíso: había muchos aviones, pero también bosques, y el suelo estaba plagado de nueces americanas de las que recogimos bolsas y bolsas gracias a la ayuda de los muchachos aquellos que hacían la mili. Qué bien se come en las cantinas. Desayunamos allí. Pero el inolvidable acontecimiento fue dejarnos libres en los hangares donde estaban aparcados o en reparación los bombarderos conocidos como pedros (Heinkel HE-111). Qué fuerte, cómo se dice ahora. Se entraba por la panza, tenían una trampilla con los bordes forrados de piel peluda (¡qué delicadeza, qué sensibilidad la del diseñador nazi!) para evitar que el fuselaje arañara. Aquella carlinga de plexiglás con la ametralladora y los cientos de palancas y botones que se veían resultaba espectacular. Las hélices impresionaban. Pero aquellos aviones maravillosos que volaban en formación todos los días por el cielo de Málaga no sé porqué tenían cara de bobos, de buenos. No parecían servir para matar. Cuando terminó la fiesta, al mediodía regresamos en un autobús oscuro, gris azulado, muy parecido a esos amarillos que se usan en el transporte escolar en los Estados Unidos, cuya nota distintiva es un enorme morro. Los militares de graduación significativa no iban sentados junto a los demás ni se dirigían la palabra entre sí salvo un saludo escueto o dos palabras breves que siempre terminaban con un “…mi teniente” o “… mi sargento” por parte del que tenía inferior rango, aunque nosotros —los niños— fuimos el catalizador de aquella rigidez jerárquica ya que al final todos terminaron riendo con nuestras respuestas nerviosas después de lo que habíamos visto y disfrutado.

Muchos años más tarde ocurrió el segundo hito. Una compañera, conocedora de mis aficiones, tenía cuñado en las altas torres del aeropuerto. Y cuando llegó el Concorde de la British Airways —por segunda y última vez— me consiguió una visita especial, una deferencia que pocas personas han podido disfrutar: al borde de la pista me recogió un coche de la guardia civil que me acercó hasta la escalerilla de aquella aeronave bella, pacífica, esmaltada, fusiforme, elegante y genial. “Para usted entero —dijeron más o menos los guardias riendo— cuando se quiera ir, nos avisa, que estamos aquí aparcados”. Me senté en todos los asientos de aquel tubo estrecho y espartano que solo tenía un detalle de lujo: los asientos era de piel como color esmeralda y cada pasajero llevaba un pequeño almohadón lumbar del mismo material; entré en la cabina, soñé… Hice dos carretes de diapositivas, setenta y dos fotos con mi maravillosa PENTAX. Y no seguí porque, por paradójico que parezca, al oscurecer el avión se quedó en tinieblas ya que a los aviones aparcados les quitan el grupo electrógeno, ese camioncillo chico, rojo, sin el cual son burros muertos. Cuando le eché una última mirada me emocioné: aquellas alas eran casi gelatinosas, como las de un animal marino. Y el morro, el pico de una cigüeña preciosa. Por los montes que respaldan Churriana el cielo era color rosa casi malva. El guardia civil que conducía me abrió sin bajarse la puerta de atrás del jeep bicolor y me sacaron de la zona restringida del aeropuerto. Nunca sabrá María V* el regalo maravilloso que me hizo. Sentí un dolor inmenso cuando supe que retiraban este fruto del saber humano, está máquina ante la cual el gran Leonardo se habría arrodillado. Los estados europeos fueron unos cagones, si por accidentes fuera… no habría NASA. Ni Airbus. Ni nada, coño. Qué lástima.

[Desde mis ventanas vi la exibición aérea, hice fotos pero todas se han perdido pues tengo el ordenador con avería de software, intentaré no faltar a la cita casi diaria con vosotros, pero está siendo complicado. Gracias.]

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5 comentarios to “De aviones”

  1. el temido (por su bravura) Says:

    Ordenanza. Se llama ordenanza, y era en parte una bicoca, tanto para el soldado, como para el jefe. El primero se libraba de las guardias chungas, y el segundo (y su parentela), tenían criado gratuito.
    Recomiendo visita al Museo de Aviación del Aeropuerto de Málaga. Yo de pequeño tuve un Concorde que me regaló mi padre, y mi hijo parece que ha heredado la afición por los aviones, helicópteros y otras naves voladoras.
    Echamos de menos spams (o cualquier otra señal de vida), en los correos particulares.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

  2. José Andrés Says:

    Yo no comparto la afición por los aviones. Me gustan, pero quizás sea más de admirar barcos, que yo me veo más seguro en caso de accidente -aunque ya ves el Titanic-. Lo del ordenanza que comentáis, yo lo he oído, pero no lo he vivido. Me libré de la mili por hijo de viuda. Orator dixit.

  3. José Carlos Says:

    Hacía tiempo que no me podía relajar tanto leyendo los dilatados y enormes escritos de mis antiguos compañeros y amigos José MIguel y José Andrés:sobre todo los escritos de “Pepe”…Don Pepe después de haber conocido sus grandes habilidades con la pluma,y es que siempre lo he dicho ,tiene una habilidad de co ho nes para poder plasmar en el papel y ahora en las pantallas del ordenador su ingenio de buen escritor y enorme cronista;y siempre me digo lo mismo …este hombre no está aprovechado lo suficiente,debería prodigarse aún mas en esos géneros literarios a nivel de edición y que fuera posible estar al alcance de cualquier persona entendedora de las buenas artes de la escritura y rica expresión literaria.

    En cierta ocasión,y de esto hace ya muchos años,me destinaron cuando estaba haciendo “la mili”a un cuartel en Melilla llamado “Cuartel del Generalisimo” al llegar me llevé una alegría muy grande ya que vi a montones de soldados vestidos de paisano,al instante pensé que yo podría ser uno de esos y que igual no se notaría,pero nada más lejos de la realidad,y es que aquellos eran los soldados que le hacían las compras a las señoras de los oficales,bueno mas bien eran “negros” porteadores que iban al mercado con ellas y después le hacían la comida,porque eso si los oficiales tenían un buen ojo para seleccionar a los buenos cocineros cuando llegábamos de novatos al cuartel….yo nunca me pude vestir de paisano,iba para las oficinas y no para la servidumbre de ellos;el motivo de vestir de paisano es que un soldado no puede llevar ningún paquete ni bolsa en la mano,pero si pueden llevarlo de paisano …a estos soldados se les llamaba MACHACA…eran puros criados ordenanzas.

  4. nuevavidavirtual Says:

    Qué alegría verte por estos territorios… Gracias por todas las cosas que dices, sin duda escritas bajo los efectos de alguna alucinación. Y gracias, también, por mediar en la polémica de los soldados/criados. No me extraña nada que te mandaran a ti en la mili a las oficinas, con la letra que tienes, que cada grafía es una obra de arte. Me siento muy honrado y halagado por tu visita a este blog. Como se decía antes, “Está usted en su casa”. Un abrazo.

  5. Landahaluts Says:

    Machaca, se llamaba machaca. Y yo recuero hace muchos años, cuando existía aquello que llamaban “servicio militar”, la imagen de un soldado llevando una Balay de aquellos tiempos (que pesaban más que las de estos) sobre su espalda: le temblaban hasta las piernas. Y la “dueña” de la lavadora (la “militara” como le decían en el bloque despectivamente) detrás de él vigilando que no la arañara con alguna esquina.

    Yo soy más de trenes, quizás porque los tengo más accesibles. De todos modos esa imagen de una cámara en la mano (Pentax de carrete, como mi querida P-30) y un Concorde para usted solo… me ha reventado la úlcera del estómago de pura envidia.

    Un saludo, y por fin visito “su casa”.

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