ferragosto

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Se marcha agosto y lo despido con tristeza. Han ocurrido demasiadas cosas en una treintena de días, el calor sigue marcando la pauta de las vidas y las televisiones abonan la estupidez de los españoles con los consabidos reportajes sobre el síndrome postvacacional. Incendios forestales, asesinatos, ferias, fingida felicidad playera y termómetros desbordados plagaron durante cuatro semanas los telediarios. Por eso no quisieron nombrarme ministro: sabían que cerraría al menos durante dos meses por razones de salubridad pública esas televisiones que solo expanden basura, discordia y anuncios.

Cuando propusieron mi nombre como ministro de Justicia, alguien en el gabinete dijo “¡Ni locos! Este tío lo primero que hace es resucitar la pena del destierro”. Me conocía bien. Los bárbaros que destrozan el mobiliario urbano (para los niños y ancianos, en estos climas calurosos, los bancos de una plaza o los jardines son vitales) y los borrachos cada vez más jóvenes deberían vestir traje de rayas y llevar grilletes entre los tobillos mientras limpiaban y reparaban calles y aceras. Y la persistencia —la contumacia es la palabra exacta— supondría decirle al bárbaro: “Como no quieres a tu país, vete y no vuelvas. Puerta.”

Belgas, franceses, austriacos, alemanes y suizos te llaman la atención si ensucias sus ciudades. Y terminan escandalizados de sus vacaciones en España al ver el comportamiento incívico de este país.

Siempre ha habido intelectuales regeneracionistas que han denunciado los males de la patria y nadie les ha hecho caso…

Si pudiera, que no puedo, me iba a Gibraltar. Ser súbdito de la reina Isabel II sería un honor para mí. Allí en la colonia todo son ventajas: hablan español como yo mismo, las tiendas son excelentes y un par de horas en Punta Europa viendo cómo se mezclan las aguas del Mediterráneo con las atlánticas es una terapia relajante y muy buena para el hígado.

Yo siempre he defendido que Gibraltar nunca sea ni español ni país independiente. El manto británico está apolillado y rancio, las bóvedas góticas de abanico me producen opresión en el pecho y ganas de echar a correr. Pero Gibraltar es poco monumental y solo tiene dos o tres dioses —el Peñón, el contrabando, los submarinos nucleares—, una King’s Chapel pequeñita, una iglesia católica, alguna sinagoga y una mezquita. Y unas galletas riquísimas en los supermercados (argumento de autoridad para no pensarlo dos veces; las galletas de Aguilar de Campoo son adobes egipcios ¿verdad?)

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Una respuesta to “ferragosto”

  1. José Andrés Says:

    Sí, señor. Estoy totalmente de acuerdo con Vd. En lo de la Reina Isabel ya no tanto. Me resulta un poco rancio toda esa parafernalia de la Monarquía inglesa. ¡Mira quién fue a decirlo! Maiora videbis, o algo así. Orator dixit.

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