ξημερώνει

La dulce voz, bastante plana y pobre de registros, de la cantante terminó la última estrofa de la canción apagando poco a poco el sonido de su garganta hasta hacer un susurro de las palabras

Δάκρυα η ζωή στεγνώνει

Ξημερώνει ξημερώνει

y, con cara de no haber roto nunca un plato —esa era la apariencia que gustaba transmitir — agachó a medias la cabeza en un soso saludo al público, se ajustó el puente de las gafas de pasta negra y desapareció del escenario. De pié y aplaudiendo, la gente reclamaba su presencia para un bis que nunca llegó a producirse y, en un intento por paliar en algo la decepción general, un grupo de baile ocupó el hueco que había dejado y comenzó a dar los primeros y lentos pasos de un alegre sirtaki que iría acelerándose progresivamente mientras que los camareros inundaban las gargantas de los clientes con  bebidas —el ouzo, por ejemplo, era barato y muy bueno— a las que invitaba la casa, y que pronto hicieron olvidar el feo detalle de la diva.

                —¡Qué canción tan triste y tan hermosa! —dijo ella, enlazando sus manos a la altura de los ojos, con los codos puestos sobre el velador—.

                —¡Pero si no sabes lo que dice! —le respondió el joven de barba recortada que la acompañaba—. La música me parece preciosa, desde luego, pero… ¡es un idioma enrevesado y hermético!

                —La vida seca las lágrimas. Amanece. Un canto de esperanza y de optimismo, eso es lo que dice la última estrofa, señorita —el camarero había escuchado la conversación mientras retiraba las copas usadas y vacías y las sustituía por las nuevas. Colocó la botella y una jarra de agua tan helada que estaba a punto de solidificación, servilletas de papel con la efigie impresa de una cariátide y se alejó entornando los ojos—. Con una sonrisa en los labios la mujer, que ya alzaba la copa para beber, usando el dedo índice de la mano izquierda como un puntero fue recorriendo letra a letra en la etiqueta húmeda de la botella la palabra Ούζο debajo de la cual las destilerías no habían olvidado serigrafiar con una letra de buen tamaño el nombre de la localidad donde radicaba su origen: Plomari, en las islas de Lesbos.

                —¡Sé más Griego que tú! —dijo ella apoyando la copa en la mesa y haciendo un gesto de disgusto al ver la huella que había dejado su boca; definitivamente, su lujosa barra de labios gloss Chanel, contrariamente a lo esperado, habría salido de un sórdido taller taiwanés y no del Faubourg Saint Honoré parisino—. Lo que pasa es que la mayor parte de las letras griegas me suenan de usarlas en Matemáticas y en su hija respondona y antipática que es la Estadística. Recuerdo los operadores sigma mayúscula. La distribución ji dos. Incluso el infantil pi que nunca se acaba…

                —¿Y las máquinas de coser Alfa? ¿Y los relojes Omega dónde te los dejas? Oye: ¿Porqué no pagamos y nos vamos yendo al hotel? Ya es tarde.

                —No seas aburrido, cariño, antes tenemos que bailar. Recuerda lo de la tarántula.

                —A ver —le respondió él con cara divertida— no me puedo suspender a mí mismo, soy profesor de Español pero no lo sé todo. Cuéntame eso de la tarántula aquí a mi lado, mirándome a los ojos. Anda…

                —Luego, luego te lo cuento… ¡y te lo canto! Solo te diré que la tarántula es un bicho muy malo que no se mata con piedra ni palo.

                Y como movida por un resorte, la mujer esbelta apuró su copa de ouzo, se puso en pié, ajustó las dos partes separadas de su vestido hasta las posiciones que ella consideraba apropiadas —la tela de la falda se le había metido un poco entre las nalgas y también tuvo que subirse, tirando un poco hacia arriba desde los dos lados, el trozo que le cubría el pecho— y dejó un beso cálido y cordial sobre la cabeza del hombre que la acompañaba. No lo esperó, ni miró hacia atrás. Se unió a los bailarines introduciéndose entre dos de ellos y poniendo las manos sobre sus hombros. La música de Mikis Theodorakis, la música de Zorba el Griego, no se bailaba con una danza milenaria como todo el mundo creía. La paradoja es que el sirtaki tiene la misma vida que la película protagonizada por Anthony Quinn.

                La fila de gente bailando pronto dejó de ser un corto segmento, pasó a ser una línea poligonal cerrada y se convirtió en una circunferencia cuyo radio iba creciendo poco a poco a medida que el compás 4/4 se acercaba al 2/4. Los camareros retiraron algunas mesas del centro de la sala respetando la del hombre de la barba recortada que no bailaba y que se quedó como el tiburón que nada en el lago interior de una isla coralina. Al final, el público griego aplaudió solidariamente, con un matiz pausado: ellos sabían lo que los extranjeros ignoraban de la Historia reciente. Como el aria Sempre libera de Verdi que llegó a ser un grito revolucionario y perseguido, el sirtaki y las mil composiciones más de Theodorakis fueron el banderín de enganche y la tarjeta de presentación internacional de todos los griegos que padecieron el triste reinado de Constantino II.

                Todos, sin distinción, al terminar de bailar se sintieron mejor. Mucho del alcohol ingerido ya había sido metabolizado y excretado por la transpiración que producía el baile. Ella volvió con él, y su frente estaba perlada de gotitas de sudor. También tenía la cara enrojecida y las pupilas cerradas a pesar de la escasa luz del local.

                —Ha estado muy bien, enhorabuena —le susurró él a ella—, no sabía que bailaras tan bien.

                —Gracias. Ya si es hora de irse, mañana nos volvemos a nuestra tierra y hay que madrugar, el avión sale temprano.

                Un segundo antes de entrar en el hotel, los dos echaron un vistazo rápido a la Acrópolis iluminada por mil focos. Unas gotas de fina lluvia comenzaron a caer, dejando su huella grisácea sobre la carrocería de los coches más oscuros. El portero abrió un paraguas al verlos, pero no fue necesario porque la acera estrecha tenía muy corto recorrido.

                —Qué tal lo han pasado, espero que bien —más que una pregunta esperando respuesta el conserje proclamaba en voz alta un teorema, una certeza sin discusión: daba por hecho que todo el mundo quedaba satisfecho con sus recomendaciones—. Aquí está su identification card. Qué lástima da haber tenido que dejar de usar las románticas llaves con su chapa colgando ¿verdad? Que descansen, buenas noches.

             Acto seguido hizo un gesto con la cara indicándoles el ascensor y, cuando los vio despegarse del mostrador, se dio la vuelta y continuó tecleando en el ordenador donde concienzudamente estaba consolidando, vía Messenger, los cimientos de la amistad con aquella hermosa clienta noruega que en cuarenta y ocho horas estaría en Atenas de nuevo, y residiendo en el hotel, cosa que lo tenía muy ocupado con los preparativos y proyectos…

***

                El zumbido de los motores del avión —esa mezcla polifónica de sonidos que recuerda al silbido del viento, al secador del pelo y al aspirador hogareño recogiendo del techo esa pequeña araña de jardín que no queremos aplastar mitad por superstición mitad por no manchar la pared— aceleraron, y la aeronave comenzó una carrera loca por la pista entre vibraciones y crujidos varios que ponían nervioso al viajero novato. En unos segundos, el ave de metal decidió dejar la tierra de la Tierra y alzar el vuelo, desde entonces las casitas y los tejados de las fábricas y los bañistas de la playa y los autobuses y los trenes y los coches fueron haciéndose de juguete hasta sumergirse en un tapiz donde perdieron sus formas y perfiles. Luego, el aire frio y denso abrazó al avión y lo sostuvo, ayudándole como se ayuda a un niño chico a caminar. Ella y él, cogidos de la mano, miraban por la ventanilla el verde esmeralda del mar.

                —María Luisa, quiero cambiarme de correo electrónico —dijo él de pronto, rompiendo el plácido silencio— y hacerme uno bonito, tan nuevo como la vida nueva que hemos iniciado en Atenas. Aunque es un problema sin solución también así le daré de lado al spam por un tiempo, y perderé de vista a tanta gente de la que estoy tan cansado ya.

                —Qué buena idea, Juan, —respondió ella girando rápidamente la cabeza para mirarlo— y… ¿tienes pensado ya algo?

                María Luisa dedicó mucha atención al comentario que le había hecho él, a pesar de que su cabeza giraba en torno a un frigorífico vacío, una maleta llena de ropa sucia, un taxi caro y varias cosas más sin importancia ante lo que le planteaba él.

                —Seguro que no te acuerdas… Anoche, cuando terminó la canción que tanto nos gustó, el camarero tradujo para ti el último verso mientras despejaba la mesa: “La vida seca las lágrimas. Amanece”. Dijo. Y me quedé pensando…

                —Dakrya i zoí stegnónei, ximeroni. Claro que me acuerdo —en ese instante ella olvidó que no había agua mineral, que le estaba estrecha la falda de tanto comer en aquel viaje maravilloso, que la plancha calentaba poco, que quizás tuvieran que almorzar en el bar de la esquina; lo miró a él y pensó que a su lado todo tendría arreglo: hasta enfrentarse con las series temporales del Instituto Nacional de Estadistica— pero nunca pude suponer que te estuvieras enterando de lo que me decía el camarero. Por cierto durante el sirtaki no me quitó un ojo de encima, el hombre era un don juan, huy que coincidencia —se tapó la cara en un gesto muy característico suyo y dejó escapar una carcajada diáfana y sonora mientras lo miraba de reojo.

                —Cállate María Luisa, que me contuve por no dar un espectáculo —dijo él con una media sonrisa—.

                —Bueno, entonces ¿Cómo será tu nuevo correo electrónico?

                —Naturalmente ximeroniarroba

 Señores pasajeros del vuelo WIZ089 vamos a iniciar la maniobra de aproximación al aeropuerto de Málaga donde aterrizaremos en pocos minutos. La temperatura es de 30º C. Sírvanse comprobar su equipaje de mano y abróchense el cinturón…

                 El avión blanco, con una elegancia majestuosa, sobrevoló la carretera de Churriana, la tienda de Ikea y los pinos, posó las patas llenas de ruedas sobre el ardiente asfalto y descansó apagando sus turbinas. María Luisa y Juan se apretaron la mano y dijeron al mismo tiempo: amanece, ximeroni. La vida seca las lágrimas.

***

http://www.youtube.com/watch?v=cDVyrWadNT8

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Una respuesta to “ξημερώνει”

  1. el temido (por su bravura) Says:

    Vaya contraste entre la luminosa Grecia, con su sirtaki, su alfabeto, sus amores de hotel, y la triste carretera de Churriana y la tienda de Ikea (mi multinacional favorita). Tiene gracia cuando ves el ticket de compra y no sabes qué nombre corresponde a cada artículo.
    ¿Qué le ha pasado en su “viaje”? Primero defiende el francés, y luego el griego. ¿Ha leído a D. Sigmund?
    Delenda est Britannia et Ikea. Lector salutatus.

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