sigo jugando con mis recuerdos

    crt2Siempre me gustó mucho acostarme a los pies de la cama de mis padres. Lo hacía sobre todo en vacaciones o los domingos. Me consolaba y divertía aquel espacio entonces tan grande y que ahora veo tan pequeño. Me arrebujaba allí incluso cuando no estaban ellos, cuidando eso sí de no llegar a la zona de la almohada para no dejar rastro pues donde hay mujeres deshacer una cama recién hecha o ensuciar una cocina limpia es un acto de lesa majestad. Esta caricatura de la realidad sería una verdad como un templo tratándose de hombres, pues basta ver por lo que se enojan ellos. Y sobre todo, se deja de ridiculizar a las mujeres cuando no las tenemos al lado y nos vemos obligados a sustituirlas o emularlas.

            La cama de mis padres era y es maravillosa. De bronce. Única… pues se la hizo mi tío Juan a su hermana —mi madre— en el taller de metales donde transcurrió gran parte de su vida laboral y creativa.

            Una de mis mayores distracciones siendo niño era sacarle los remates de las esquinas a las camas antiguas de mi abuela; los cabeceros y pies eran estructuras de hierro fundido pintadas de negro, azul o blanco que se adornaban con diversos complementos dorados. Unido eso a los somieres de malla o láminas metálicas, las camas sonaban considerablemente cuando nos poníamos a dar saltos encima para desesperación de los adultos. Pero en la cama de mis padres esos perinolos eran  de bronce macizo de varios kilos de peso. Con esos pingorotes en la mano verás a un niño descubriendo por sí mismo la generatriz de aquellos cuerpos de revolución maravillosos que yo olía e incluso llegué a lamer. Tenían un gusto y un olor ácidos, propios e inconfundibles. Algún antropólogo norteamericano tipo Marvin Harris habrá investigado porqué los seres humanos olemos y chupamos para clasificar objetos. Qué nadie diga que no ha chupado nunca un lápiz u olido una goma. Qué nadie mienta jurando que no ha chupado nunca —¿para que no lo oigan llorar?— el embozo de la cama. O un pañuelo. Olfato y gusto son dos ejes de nuestra vida que Desmond Morris evidenció de manera magistral en su libro El mono perfumado, lástima no saber yo una poquita de Bioquímica… Quizás yo debería haber sido un obrero dedicado a los metales, a la madera y al mármol, tres materiales que todavía me siguen hipnotizando a pesar de mi nula habilidad para esas tareas. Un torno y una fresa, el cepillo de un carpintero, un cincel… me habrían dado más felicidad que los papeles.

            En Semana Santa y en Navidades se limpiaba la cama de mis padres con Sidol, tarea larga y pesada pero de resultados espectaculares. Este producto era la suspensión amarillenta y pestosa —tendría rayos molíos, como se decía entonces— de unos polvos en un líquido volátil. Se extendía con un trapo sobre el metal. Había que esperar a que se secara y luego, a base de muñeca y brazo, se frotaba con paños limpios y suaves para quitarlo. Hecho eso, el bronce se desvelaba tan hermoso como el oro. Descubro que Sidol nació en Alemania a comienzos del siglo veinte y no en España como yo creía. Con los frascos de lata de este limpiametales —plenamente actual, lo cual da idea de su garantía— la resistencia polaca fabricaba granadas de mano tan eficazmente disfrazadas como mortíferas contra los invasores nazis.

            Limpia y reluciente la cama, las visitas eran acompañadas hasta el dormitorio de mis padres para enseñarla bajo cualquier pretexto: desde hablar de alguna confidencia íntima en un cuarto que siempre tuvo una luz rosada y acogedora hasta para celebrar la laboriosidad de quien la había limpiado. Pero todo el que la veía se alegraba, y salía con algo para contar luego.

            Pasando el tiempo, la cama de bronce de mis padres cambió de lugar y dueño, pero se quedó dentro de la familia más cercana y sobreviven dignamente el cabecero y los pies pasados por buenos baños de restauración. Cuando le hice estas fotos que ves, ya no pude sacarle a ninguna de las cuatro esquinas el perinolo, pero acerqué la nariz a uno de ellos ¡y olía!

            Lástima que me faltara inconsciencia para echarle, también, una lamidita.

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Una respuesta to “sigo jugando con mis recuerdos”

  1. C.B. Says:

    Con tal exquisitez narrativa solo dan ganas de meterse en esa cama y probar sus sensaciones. Eso si, con alguien especial.
    Besos

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