la realidad supera al arte

2ttttttttttttttttttttttttttttY de pronto, la calle (de) San Juan (Bautista) se quedó muda y paralítica. Los que comían churros, los que miraban las pantallas de plasma en los escaparates, los que elegían el traje del novio, los niños que fumaban porros, la forastera que se extasiaba ante una iglesia neogótica del desafortunado arquitecto Guerrero Strachan… todos, todos, se quedaron pasmados con la boca abierta y los ojos a punto de salírseles de las órbitas: poco a poco, con la lentitud ceremonial de un paso de Semana Santa y esa ondulación del cuerpo que solo pueden conseguir las personas muy altas, una giganta con blusa de un explosivo color fucsia y pantalón en la tonalidad del marrón que se dice café con leche —un mitad, según la taxonomía malagueña— invadía la acera hablando con una anciana encorvada vestida de negro; la correa del perrito blanco que las precedía tan solo unos pasos parecía demasiado corta ante las dimensiones de su dueña. La camisa llevaba la mayor parte de los botones abiertos, casi hasta el ombligo, y dejaba ver un pecho inmenso, alto, artificial, en el que cada teta era bola del mundo más que seno de mujer. La piel expuesta a un sol de terraza y bronceador de perfumería barata era sin embargo dorada y luminosa. La melena color caoba y unas sandalias que publicaban unos pies de soldado de infantería con las uñas pintadas daban las pinceladas de morbosidad al conjunto transexuado.

     La vieja, desmemoriada, le preguntaba a la giganta donde vivía y esta le señaló con un dedo índice enjoyado un portal… el que estaba justamente al lado de la tienda cuyo escaparate yo miraba. “¡Ahí mismo vivo! ¿No se acuerda usted ya? Donde siempre” le dijo sonriendo. En ese preciso instante, mientras se despedían, me di cuenta de que todo el rato que llevaba viendo los productos orientales de aquella tienda dedicada al Fēng Shuǐ  (1) a mi lado había estado un hombre joven que, ruborizado e inquieto, amparaba su cuerpo con el mío sirviéndole de parapeto para mirar alternativamente a la gente y la deriva de la giganta fucsia. Seguramente no llegaba a tener el muchacho treinta años, de casi dos metros de estatura, objetivamente guapo, con un peinado moderno y las gafas de sol incrustadas en el pelo, se revestía con el uniforme de verano: polo blanco, pantalón bermuda y un bolsito de marca lujosa cruzado sobre el pecho, posición que siempre me recuerda —qué sacrilegio— al ceñidor de la Virgen María en La Pietà con la diferencia abismal de que este lleva esculpida la mágica y polémica leyenda … faciebat y el otro los tres caracteres tipográficos D&G—. Si yo miraba una fuente de la que manaba agua gracias a un motorcito eléctrico, el muchacho dirigía su cabeza al mismo sitio, pero torcía los ojos para seguir la evolución de la despedida. Si yo me movía para leer bien el título de un libro, el otro iba dando pasos hasta hacer lo mismo aunque sus retinas solo absorbían el swing del travesti. En mi cerebro sonaron varias alarmas. Había más carga emocional en el aire que en una representación ateniense de Las Bacantes donde Eurípides debía de producir escalofríos.

     Los segundos se hacían eternos, el transexual cimbreaba su cuerpo mientras terminaba de hablar con la anciana y el muchacho se derretía mirándola —¿mirándolo?— con la frente perlada de sudor. En las mangas, bajo los brazos, la mancha de su transpiración era indiscutible seña del estado de nervios que tenía…

     Hubo un instante —quizás lo provocó la luz de neón del escaparate, o el murmullo de las innumerables tabernas, o algún electrón que, lanzado por los ojos del joven, impactó de lleno en la areola de un pezón del travesti— en el que, fuera de la manera que fuese, las miradas de ambos se encontraron sin percatarse de la mía. Él sonrió y guiñó un ojo a la giganta que estaba a dos metros de nosotros y ella le contestó al gesto con un nítido “Pues claro que sí” perfectamente audible.

     A partir de ahí la escena hay que verla a cámara lenta, como cuando queremos correr en el mar llegándonos el agua hasta la cintura: El joven se despega del escaparate de la tienda y se coloca frente a la puerta donde vive el travesti, pero en la acera opuesta. La espalda color fucsia, ocultando las manos que giraban la llave, era un trapecio isósceles con la base menor abajo y la más ancha, entre omóplato y omóplato, arriba. El travesti era, visto así, el dorso de un cargador de muelle o el campeón de un concurso de halterofilia. El travesti le dio un beso a la vieja, ya con la puerta abierta y un pie en el escalón, que se alejó camino de las encrucijadas llenas de desencanto de la calle Especerías, Cisneros y Compañía. El perrito entró primero en el portal, luego la gran mancha fucsia, y —qué casualidad— al minuto entró detrás de ellos mi desconocido vecino de escaparate. Mientras se cerraba la puerta todavía pude ver como él sumergía su cara en aquel océano de silicona al tiempo que ponía sus dos manos en las nalgas del objeto de sus deseos. En el balcón del primer piso, al poco rato, el perrito blanco aparecía atado a la baranda mientras el muchacho y el travestí se desnudaban en la penumbra que proyectaba la fachada opuesta.

      No sonó el tango Corrientes tres cuatro ocho/ Segundo piso, ascensor/ No hay porteros ni vecinos / Adentro, cóctel y amor / Pisito que puso Maple / Piano, estera y velador… / Un telefón que contesta / Una vitrola que llora / Viejos tangos de mi flor / Y un gato de porcelana / Pa que no maúlle al amor. 

     Ni apareció una Salomé danzando… ni lady Godiva de Coventry a caballo ni Josephine Baker haciendo batidos de fruta con su pelvis.

      La calle quería ver. Pero no vio nada.

     Yo sí.

 ——

 (1) Alfabetización pinyin.

Dedicado a Carlos B.
nuevo lector de mi blog,
esperando que le haya interesado la visita..
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2 comentarios to “la realidad supera al arte”

  1. Carlos Says:

    Pero que bien que escribes! Para mi es como si yo tambien hubiese estado en ese escaparate viendo la escena.

    Saludos y sigue asi.

  2. carlos Says:

    Gracias por la dedicatoria. Bonito relato, trtado con la minuciosidad que un instante requiere. Con esa prosa tan esplendida no puedo resistirme a tu blog. Se agradece algo de cultura entre las masas.

    Un abrazo. C.B.

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