Dragones

dracaena-marginata-bicolor-04Dracaena Marginata. Dragón con rayitas. Ese es el nombre de mi maceta gigante y preciosa; tengo otra, amamantada con cariño desde que me llegó de Tenerife con apenas un palmo de estatura, pero no es una desconocida precisamente: es un drago, y la casualidad hace que ambas sean primas hermanas. Lo he sabido hoy.

Hay una desinformación muy grande con respecto a esta familia de plantas, no se ponen de acuerdo los que saben, y los que no saben… se inventan muchas tonterías. He leído que la dracaena recibe ese nombre porque la gente le veía forma de dragón. Hipótesis estúpida ya que la identificación de formas puede verse influida por el terror, la oscuridad o el efecto de sustancias alienantes pero según ese criterio cualquier cosa podría ser un dragón y, como es obvio, muy pocas reciben ese nombre. Cuando le quito algunas hojas bajas para que crezca el drago la unión con el tronco tiene un poco de líquido rojizo: es la hipótesis bella, igual de poco fiable que la anterior pero la más hermosa. Hubo quien dijo que la savia del drago por ser roja era curativa, como la sangre de un dragón. Quizás San Jorge le sacó una botellita de alguna vena gorda para luego chulear de milagros cuyos méritos no le correspondían.

Linneo —que ni siquiera se llamaba así— no supo decirnos dónde estaba la verdad ya que su mente era como una estantería —de Ikea— sin un atisbo de creatividad ni de fantasía. Circula una frase que se le atribuye a este científico simpático, tan inexacta como bonita: “Nomina si nescis, perit et cognitio rerum”. ¿Si ignoras el nombre de las cosas, desaparece también lo que sabes de ellas? (1) Qué va. En infinidad de ocasiones somos capaces de describir algo (o a alguien) con pelos y señales aunque su nombre se nos haya quedado en la punta de la lengua. Aunque tratándose de personas… el gran Dale Carnegie advertía de que un buen comerciante ofendía a su cliente si no recordaba su nombre. Eran otros tiempos. España es un país condenado a la mediocridad porque no aprende de la experiencia ajena. Hace siglos entré a comprar una corbata de seda natural, para un regalo, en una tienda de Regent’s Street (Londres). Dependienta negra, muy joven, que se percata de mi nivel cero en la lengua de Shakespeare. Lo intenté pero fue imposible que usara el Francés —me refiero al idioma, otras opciones entonces eran posibles ya que ella estaba de buen ver y Mónica Lewinsky (3) no se había hecho famosa todavía— y despectivamente me miró cuando insinué el Español como medio de comunicación. Yo no entendía lo que me decía y ella se puso a teclear con sus uñas perfectas sobre el mostrador de cristal impacientemente, expresando una irritación ostentosa y creciente. Zanjé la situación alargándole un billete que ella cogió con malos modos, me dio la bolsa, el ticket y el cambio y con un retintín repulsivo pronunció el tradicional kiuuuuuú —solo los que no hablamos Inglés decimos zénkiu— mientras me señalaba con los ojos, poco menos, la puerta. Eso tenía que llegarnos y ha llegado: suelta el dinero y vete es el lema de nuestro comercio. No hay agrado, ni cordialidad ni atención al cliente que es considerado una molestia, una mosca cojonera, que interrumpe el chateo o la charla telefónica de la joven dependienta. No se pueden plantear dudas ni aclaraciones. O lo tomas o lo dejas, pero en ambos casos, lo que sea… ¡pronto y puerta! Si la semejanza es burda la diferencia es sutil y no apta para mentes de escasa densidad: los celtas nunca fueron negros, pero los negros ingleses son los defensores más agrios e intransigentes de la lengua británica. A un andaluz le dices algo en un idioma extranjero y se le abre la boca de admiración y gusto. Veía con desesperanza ayer cómo los malagueños se dejan maltratar —disfrutan, mejor dicho— por sistemas de ventas despóticos y despersonalizados tan inteligentemente establecidos que el cliente además de ser tratado como un cabrón consentido salga diciendo que volverá (y que recomendará aquello a sus más íntimos amigos).

Mi Dracaena Marginata aguanta el calor del día de hoy resignada y bella. Quizás, en su fuero interno está diciendo que estas cosas no pasan en su país natal, Madagascar.

 (1) No tengo ni puñetera idea de Latín (2). La traducción es correcta y contrastada.

(2) ¿Tengo puñetera idea de algo?

(3) La tipa lista que se fumó la pipa de la paz del tonto Clinton y guardó las cenizas que le cayeron sobre el vestido. Siempre he pensado que era mejor un listo malo que un tonto posiblemente bueno. Los EEUU nos han favorecido con una larga serie de presidentes imbéciles que han rovocado catástrofes. El peor, por el momento, Yínmi Carter… absoluto y total responsable de que Irán sea lo que es ahora (el difunto Mitterrand tuvo también mucha culpa, pero no tanta). Clinton, nefasto. Y Obama lleva el mismo camino que los antes citados. Ojalá que el tiempo me desmienta.

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