Debería estar ya en la cama…

     Me acaba de picar algo, se supone que alguna clase de mosquito. Esperemos que no sea de una variedad extraña y maligna y que todo quede en un bultito tamaño lenteja en el antebrazo izquierdo. Mientras que el veneno actúe, me acordaré de esa infame raza de bichos que solo saben hacer daño y molestar…

     Han desaparecido las moscas, no hay chinches ni pulgas ni ratones en las casas. Las gaviotas rodean el edificio donde vivo y a veces parecen atreverse a tomar las medidas de las ventanas dispuestas a entrar y arrancarnos los ojos y la lengua, las orejas y —poco o mucho— lo que nos cuelgue (y que sea comestible, claro está). Toda la elegancia y la miseria integradas en un pajarraco cada vez más gordo y más grande. Cuando un niño pinta un paisaje, la probabilidad es altísima de que dibuje en alguna esquina del cielo un enorme sol, varias nubes —siempre cúmulos de coliflor y nimbos de algodón— y unas uves negras cuya silueta estilizada representan pájaros, pájaros que son gaviotas: la falta de lógica al colocar estas aves marinas en lugares alejados del mar antes era una barbaridad, ahora no. Lo han invadido todo. Y se dice que las gaviotas más gordas están además de en el número trece de la calle Génova —ese chiste solo lo entenderá un español— en el estanque del Retiro, donde Alfonso XII mira alternativamente la polución de Madrid —que él confunde con la bruma siniestra asesina de su mujer querida, la históricamente alegre, buena y guapa María de las Mercedes— y las entrepiernas de los leones de piedra cuyos testículos mutilados parecen ser el resultado de un aquelarre. Esas gónadas junto con las del caballo de Espartero han sido siempre objeto de miradas soslayadas y risitas. Es un mundo raro. Han cambiado demasiadas cosas.

     Recuerdo que mi padre nos contaba de vez en cuando algunos episodios de su vida. Uno que a mí me gustaba mucho era de cuando estuvo en la guerra —en un frente durísimo, siendo prácticamente un niño— y alimentaba a los ratones con chorritos de leche condensada que sacaba de su macuto donde seguramente habría alguna lata de sardinas, piojos y algún escapulario. Fue un hombre extraordinariamente hermoso. Con unos ojos y un pelo y una boca que en Hollywood habrían causado estragos. Imagínatelo más guapo que los guapos, con su camisa de cuello redondo duro como una piedra gracias al almidón,  atravesado por un pasador y su corbata, o vestido de soldado. O en la foto de su carné de maestro, que no habría en toda Granada uno mejor que él, ni con la letra más preciosa. Todavía debo guardar algún escrito suyo… me gustaba especialmente la letra “d”, que la hacía como la δ griega. Esta noche de miedo arrinconado, de temor en el que no quiero pensar, me estoy acordando mucho de él. Y es que el cerebro es más puto que la reputa —mi padre había leído a Juan Valera— y va encadenando eslabones sin que uno se dé cuenta. Me da igual que me duelan las cosas. Ya va siendo hora de descansar.

     Mañana es la Virgen del Carmen. Las fechas no se eligen al azar y alguna tortura tengo prevista. Ojalá que por la tarde vaya al puerto y resista sin llorar el paseo/procesión. Además, hay un barco miserable —como las gaviotas y los franceses— que he visto entrar hoy mientras comía. Los armadores, la naviera, lo bautizaron como “Bleu de France”. Ay, qué lástima no haber nacido yo inglés. Se llamaría “Britannia’s Blue”, y sonarían sus calderas y motores como la música de jazz. Enhorabuena (“Last but not least”) a los buceadores de secano. De ellos será el Cielo, por su ingenua afición a los deportes de alto riesgo… llegándoles el agua a la altura del ombligo. Estampa preciosa. Digna de los pinceles de un gran maestro: cualquiera menos un tal Pablo Ruiz, aunque haya Pablo en el lienzo.

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2 comentarios to “Debería estar ya en la cama…”

  1. carlos Says:

    Estimado Miguel, como te decia, la causa de dibujar gaviotas lejos del mar, somos nosotros mismos. Nos hemos cargado su habitat natural, ya no encuentran consuelo en el mar oscurecido malagueño, ni en las sucias playas de tierra. Por tanto, solo han tomado un camino que les lleva a emigrar para poder subsistir.

  2. El temido (por su bravura) Says:

    Cuidadín. No pican los mosquitos, sino las mosquitas. Bibiana lo ha obviado siempre. Para chinches (dejando aparte las de dos patas), las que había en las sillas de la Catedral. Gloriosas. De todas formas, es mejor el picotazo de una mosquita, que el de una gaviota.
    Si yo hubiera nacido inglés, seguramente me haría el harakiri sobre la tetera de H.M. Elizabeth.
    ¿Por qué cambia la página? Lamento el retraso, pero es que acabo de llegar de unos días por ahí.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

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