Dedicado a Antonio el día en que se hizo cura

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     A la vista de lo visto, no puedo entender cómo un cura se sale de cura, después de montarse la solemne ceremonia que lo consagra como tal…

     Para mí este acto no era nuevo, de chico vi a un muchacho ser ordenado sacerdote —¿o son los comentarios de las personas mayores escuchados por un niño y luego falseados en el laboratorio de la imaginación desbordada hasta convertirlos en recuerdos propios sin serlo?— y el momento que más me impresionó fue cuando se tumbó bocabajo  en el suelo, con los brazos abiertos.

     Ya no se hace eso. Los ritos son muy simples y poco teatrales y se desarrollan en el seno de una misa de pontifical concelebrada por varios obispos y muchos sacerdotes vestidos de blanco que imponen sus manos sobre las cabezas de los nuevos presbíteros.

     Esta mañana he estado en la catedral de Málaga asistiendo a la consagración de Antonio como cura. No sé cuántos años tendrá pero aunque ya no es el niño que yo conocí y traté aún conserva su manera de ser y su sonrisa. He llorado mansamente en la ceremonia. Cuando el aleteo del Espíritu Santo casi era audible en su vuelo hasta esos tres muchachos que lo esperaban de rodillas… he estado de acuerdo —y ya es raro— con la calificación que les daba el obispo de elegidos. Antonio era un niño bueno, muy moreno de pelo y de piel muy blanca por eso se le notaba una sombra de bigotillo en el labio superior. Tenía unos ojos muy grandes o quizás el cráneo estaba sobredimensionado con respecto al resto del cuerpo, cosa bastante frecuente en los niños. Miraba con profundidad y de frente. Algo tenía dentro que lo hacía interesante.

     Me ha invitado a la ceremonia su antigua maestra, vieja conocida mía y amiga. A su lado han transcurrido las dos horas en las que ella no ha parado de cantar las canciones religiosas —de una calidad musical desastrosa, todas impopulares e inexpresivas— que han intercalado en la ceremonia. Una monja de voz gallinácea, reiterativa hasta el dolor de cabeza, se empeñaba en destrozar las sublimes notas de los órganos que luchaban contra su miserable voz. En esta catedral hay dos órganos simultáneos —hace muchos siglos se conocía el estéreo— restaurados por expertos catalanes que suenan de una manera espectacular. Cuando yo era bueno —o más bueno que ahora— oía una misa apoyado en la gigantesca columna de la izquierda, mirando al altar y al patio de los naranjos. En ese ángulo se recogían, formando un torbellino, las mil y una sensaciones físicas y emocionales (del cerebro, vaya) que la Música produce. Cuando el organista tocaba notas graves mi pecho se conmovía. Vibraba todo. Pues bien, la monja rancia e insoportable gracias a los altavoces ha conseguido oscurecer al maravilloso instrumento.

     Al terminar todo he ido a saludar al nuevo cura. Abrazado a mí se le notaba la felicidad que tenía dentro. He sentido muchas cosas: envidia —entiéndelo así: deseo de ser tan limpio como él— y paz y emoción. Y la ternura que da el estrechar entre los brazos a una criatura inocente. Yo aprecio mucho ese gesto y que se acordara de mí.

     De verdad, Antonio, me he alegrado mucho de volverte a ver. Ojalá que no te conviertan en un cura deshumanizado y fanático. Me gustaría hablar contigo tranquilamente. Quizás sea posible.

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