Una tarde con Augusto (Rodin)

Es casi imposible, estando bien y con tiempo, no atender la llamada del cartel anunciador —me gusta la palabra francesa affiche pero no su torpe traducción académica al Español: afiche— indicando que en un museo cercano hay una exposición del gran Augusto Rodin. Con mucho calor, eso sí, encamino mis pasos por el último tramo del parque buscando los rastros de sombra misericordiosa que dan las palmeras y echando una mirada de reojo al perfil, siempre precioso, de la Alcazaba allí en lo alto contra el cielo para ver el camino del sol, todavía largo en estas fechas, hacia su ocaso. El encuentro casual con una dama retrasa mi entrada al museo, donde a las siete y media hay una visita guiada. La dama me acompaña hasta la meritoria institución municipal e incluso entra conmigo en el ascensor mientras terminamos de concertar algo a lo que asistiremos juntos; y, afortunadamente, cuando nos despedimos la guía está empezando su recorrido: todo va bien.

La muchacha encargada de la explicación es baja, estrábica, fea… y el uniforme color naranja y negro no ayuda a mejorarla. El grupo está formado por una pareja de recién casados —hay cosas evidentes en este mundo— en la que él parece un eslavo con cabeza afeitada, bigote y perilla, y ella es rubia, alta, delgada y demasiado pendiente de sus tacones y de sí misma. Al lado, un matrimonio joven con dos niños adosados, siguen atentamente el discurso recién empezado; todo lo que les sobra de buena educación les falta de cultura general; él, revestido del uniforme de turista de clase media, pregunta “¿Y como se hacen las esculturas de bronce?” sin duda el pequeño cerebro que rige su corpachón se ha planteado la duda pensando en la imagen clásica del escultor con cincel y martillo desbastando un bloque de piedra y, claro, no le encajaba al hombre esa tarea brutal con las superficies metálicas pulidas y sensuales como la seda que estaba viendo. La guía, amablemente, le hace una explicación tan breve como desafortunada e inexacta, cayendo además en lo que compasivamente voy a admitir como un lapsus: al terminar, le dice al pobre hombre que se trata de la técnica de la cera “fría” (sic). Si a partir de Sigmund Freud los lapsus se entienden como manifestaciones del subconsciente, me atrevo a decir que la guía —además de fea, baja y estrábica— tiene serios problemas con el vello corporal. Merece la pena destacar la presencia de dos elementos en el grupo realmente estrambóticos: con taburetes playeros y sombreros tejanos de plástico colgando de la espalda (y con un olor a sudor que trascendía la categoría humana para llegar a la frontera de las cabras o los conejos o los cerdos o todo eso junto) seguían la explicación sentados, y solo andaban hasta la escultura siguiente…

Me aproximo más al grupo, cuyos miembros restantes carecían de aliciente para hacer algún comentario, y comienzo a sospechar que esta visita va a dar mucho que hablar. La bizca cuenta una historieta estúpida sobre el busto del Hombre con la nariz rota y me doy cuenta de que lleva una macrochuleta que consulta con una frecuencia excesiva. Avanza, y ante otra escultura dice, entre medias de un lenguaje trabado de expresiones ridículas y de equivocaciones —“Ay, desde luego, hay que ver cómo estoy yo hoy, jiji”— que Rodin la consideraba “como una mierda” (sic). El grupo no pestañea, quizás piensa que ese exabrupto es símbolo de autoridad y sapiencia. Yo comienzo a sentir unas ganas irrefrenables de reprender a la guía. Sigue el recorrido dejando sin el menor comentario las ilustres cabezas de Mähler o de Puvis de Chavannes. Nombra a Rose (Beuret) la amante —y luego esposa— de Rodin pronunciándolo en Inglés (roussssssss) y convierte el nombre propio Adonis en una palabra aguda… Ante tanta barbaridad, y el frío que hacía, tomo la decisión de adelantarme al grupo e ir por mi cuenta pero con la antena desplegada para ver en qué termina aquello. Entre las tinieblas del museo (desconozco quien lo dirige, pero su nivel profesional es bochornoso) oigo a la bárbara inculta (y presunta velluda) referirse a mi adorado y exquisito mito de Apolo y Marsías ante un torso descabezado de bronce tan contundente en todo —culo contundente, genitales contundentes, músculos contundentes— que la recién casada solo mira de reojo, quizás comparando. Solo el niño fija sus ojos durante un rato en la masa que le triplica el volumen y luego se tira al suelo con su hermana. Si leíste mi post de días atrás, recordarás que el fauno termina despellejado por el dios guapo. Bien. La guía da una versión distinta, como si fuera Bibiana Pajín: Apolo “abre en canal” (según ella) a Marsías. Menos mal que dijo lo del río de sangre, joder… aunque tampoco con eso pestañeó el auditorio.

Así continuó el paseo didáctico hasta subir a la tercera planta donde se disolvió la reunión. La guía fea, bárbara, presuntamente velluda y convicta estrábica se quedó expectante… ¿esperaría un aplauso o, quizás, una moneda? Ya solo, sin presiones, volví a ver la exposición entera. Y me enteré que hay ¡doce copias de Los Burgueses de Calais repartidas por el mundo! Legales y autorizadas por supuesto. Yo solo había visto (y disfrutado desde una hamaca) la del jardín adyacente al Parlamento de Londres. Pero además está, lógicamente, la de Calais, y Copenhage, Mariemont (Bélgica), Filadelfia (¡la ciudad del amor fraterno, toma nombre hermoso!), París, Basilea, Washington, Tokio, Pasadena, Nueva York y Seúl. Echa las cuentas: cuatro copias en los Estados Unidos. Sin comentarios. Así como un día hablamos del mecenas norteamericano Archer Milton Huntington (Hispanic Society) dentro de poco reflexionaremos sobre B. Gerald Cantor y la universidad de Stanford.

Me abruma mi ignorancia, me entristece que el mundo sea tan inabarcable.

Odio no ser Superman.

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