brazos de gitano (salados)

Cuando yo era chico las mujeres tenían a los hijos en su cama (añadir de matrimonio sería un pleonasmo porque no cabían otras posibilidades). Las asistía una comadrona que siempre estaba peleada con el médico fruto de la lucha sorda entre la Ciencia y la Tradición. Tratándose de partos, y más en aquellos tiempos, el que hubiera un accidente era relativamente normal. Si la mujer había sido asistida por el médico, la comadrona decía con suficiencia “¡Yo ya se lo advertí, pero claro como la señora tiene que ser más que nadie, pues toma, a una la tienen poco menos que como una analfabeta pero a mí no se me habría estropeado el niño!” y si era la comadrona la que metía la pata ya se podía preparar porque casi la quemaban viva como a las brujas.

Mi hermana menor fue un bebé privilegiado, reunió toda la belleza de las dos familias —que era mucha— y salió una niña sonrosada que parecía un muñeco. Recuerdo el día en que nació y cuando mi padre me llevó al dormitorio para ver a mi madre y a mi nueva hermanilla, el médico se estaba poniendo la chaqueta y despidiéndose, y encima de las cómodas y mesillas de noche había infinidad de botes niquelados —de esos que se meten en un autoclave— llenos de algodones y vendas. Mi madre no tenía rostro, toda su figura exhausta se perdía entre los pliegues de la maravillosa manta que yo aún conservo y la colcha rosa que tenía un relieve bordado cuyo dibujo parecía un jardín rococó de tantas volutas y caracolillos de esos: era precioso pasarle el dedo y comprobar que el relieve estaba relleno de una fina lámina de algo —seguramente guata— y si se cerraban los ojos, al tacto se adivinaba el dibujo, de lo consistente que era.

Debo aclarar que en el dormitorio de mis padres podía caber un regimiento, que la cocina con chimenea era pista de triciclos, que había pasillos eternos, cristaleras, un cuarto de baño que se me pierde en la memoria, inmenso, donde lucía el albornoz blanco de mi padre que con el paso del tiempo se convertiría en toallas como era natural. Era un piso, pero era un mundo. Y el edificio, un Universo entero.

Para organizar las cosas, controlar a los niños y ayudar a llevar la casa se vino —había habitaciones de sobra— con nosotros una amiga de mis padres, viuda a los pocos meses de casarse con “el hombre más guapo del mundo” —también era muy rico— que no había podido tener hijos obviamente y su estilo vida había sido más cercano al de una muchacha soltera que a la existencia de una mujer casada: era una buena pianista —nunca olvidaré aquellos dos pianos Pleyel, uno de laca negra y otro de caoba—, una buena cocinera (lo cual incluía siempre el mismo magisterio en la repostería), y cosas de bordados, punto y labores de ganchillo que como a mí no me llamaban la atención por eso no recuerdo. Como ocurre siempre, el que llega nuevo desde fuera cree que en un mes va a “arreglar” todo lo que está mal en una casa que, a sus ojos, sería mucho pero que no pasaría del calibre de chorradas de niños y tatas… Yo, como me iba a morir porque era un esqueleto andante y mi tata me defendía con esa visceralidad que solo una mujer puede poner en el cariño, me salvaba de mi gran suplicio: comerme las exquisiteces que aquella mujer preparaba durante el restablecimiento de mi madre. Recuerdo que un día hizo un brazo de gitano que se hizo famoso. Debía ser una maravilla, pero a mí no me entró por el ojo, y me escondí —bendita inocencia— para huir de aquella incomprensible comida en un sitio en el que nadie podría encontrarme nunca, jamás: ¡debajo de la gran mesa del comedor donde había que sentarse a comer! Naturalmente, se pasaron todo el almuerzo riéndose de mí y cuando salí de allí abajo… me estaba esperando mi hermoso plato con su correspondiente porción de brazo de gitano que ahora devoraría yo con gusto. Patatas cocidas, guisantes, habichuelas verdes, mayonesa —vulgo bayonesa— etcétera. Pero a mí me daba escalofríos la comida, y con cuatro cucharadas sobrevivía. Me gustaban las migas porque eran divertidas y unas veces se acompañaban de sardinas frescas, otras de arenques de Ultramar y casi siempre de trocitos de la matanza. Me gustaban las patas fritas y un huevo espléndido en el que mojaba sopas. Me gustaba el arroz… Pero no aquello tan refinado. En fin, mi padre me iba a retorcer el cuello con razón, pues lo adultos sí que agradecían y apreciaban la ayuda preciosista de aquella mujer casi perfecta. Con el correr de los años luego supe que cuando se marchó a su casa, una vez restablecida mi madre, todos dieron un gran suspiro de alivio. Los niños casi siempre aciertan.

rollete5

Anuncios

2 comentarios to “brazos de gitano (salados)”

  1. José Andrés Says:

    ¡Cómo se nota que Vd. está pasando hambre últimamente y todo se le hace recordar escenas culinarias de la infancia! Muy bien ambientado. Sí señor. Orator dixit.

  2. el temido (por su bravura) Says:

    Sobre el origen del nombre del postre (nunca lo había conocido salado), y dejando aparte “la jambre” que queda sobreentendida, ahí os dejo parte de una receta made in Bibiana, o sea políticamente correcta. (Es real, palabra, y la firma una tal Barbra Straisand en un blog culinario de internet).

    “No tengo muy claro el origen del anteriormente conocido como brazo de gitano pero las teorías que han llegado a mis oídos apuntan al color final que toma este popular postre. Sin embargo yo, como persona cultivada de mi tiempo, abogo por una nueva denominación que no hiera sensibilidades. En época de lucha por la igualdad y la no discriminación me paro a pensar ¿ y por qué no homenajear con este postre a una mujer? ¿qué gitana merecería que le dedicasen un postre?. En consecuencia, os presento a continuación la receta del Brazo de la gitana”.

    En fin, rebauticemos toda la cultura culinaria, y no digamos por ejemplo “gambas a la plancha” (que puede tener connotaciones machistas), sino gambas al grill.

    No more comment.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: