Roll-on/Roll-off

Giovanni Battista Macaluso pulsó la pantalla táctil del expendedor automático de tickets y por una ranura la máquina expulsó hasta una bandeja con tapa transparente el billete y las pocas monedas sobrantes del cambio. Había pagado tres euros por el embarque de la moto más treinta y cinco por una butaca en el barco La Maggiore de la compañía Navi Veloci que a las nueve de la noche partiría del puerto de Génova y llegaría a su hermosa tierra siciliana a eso de las cinco de la tarde… del día siguiente. Cuando el sol estuviera achicharrando la inmensa ciudad de Palermo. Tenía tiempo sobrado para terminar las pocas cosas pendientes que habían quedado sin resolver. La principal de ellas, escribir el final de una carta difícil. Tan complicada como lo que había hecho: dejar a la mujer que todavía amaba. Ella no pudo o no quiso entender que hay cosas inaplazables, lo había llamado su madre desde el lejano pueblo de la más que distante Sicilia pidiéndole ayuda: el ayuntamiento de Piazza Armerina iba a derribar su casa, arrasar su huerto y aniquilar el corral que le daba de comer. Una expropiación forzosa del Ministero per i Beni e le Attività Culturali terminaría con el único patrimonio que le quedaba después de criar a tres hijos. Los arqueólogos habían detectado una masa ingente de restos romanos de valor incalculable a pocos metros de su casa y suponían que la veta debía seguir hasta el final de la calle. De nada habían servido su quejas, ni sus llantos ni sus gritos. Los mosaicos eran más importantes que ella y todas sus calabazas y gallinas. Se vio perdida y recurrió a su hijo mayor, que estaba a miles de kilómetros de distancia. Fue una debilidad, pero sucumbió a ella porque estaba cansada, muy cansada.

El mar es un consuelo a veces. La letra ancha de Giovanni Battista iba cubriendo poco a poco el folio color crema que se había traído medio escrito. El balanceo del barco hacía desplazarse sobre la mesa de la cafetería la botella y el vaso de plástico del que iba bebiendo a sorbos un refresco demasiado ácido para su gusto. Un reborde contenía el viaje de los objetos y al no haber olas, la nave empleaba toda su potencia en avanzar por el mar de Liguria camino del Tirreno. Los mapas que iban saliendo en las pantallas informativas indicaron que estaban cerca de la isla de Elba, aunque era absolutamente imposible distinguirla en la negra noche. Para entonces, la carta había tocado a su fin con una frase que quería ser como una balanza equilibrada: “Te quiero y te querré siempre, pero tienes que comprender mi situación”. Un brindis al sol, como se dice; una pérdida de tiempo decorativa, una filfa, una nada. Annunziata —el Nunzi con que la conocían salvaba lo vetusto del nombre y hasta quedaba gracioso— le despidió en el puerto sin dejar lugar a dudas: o ella o la suegra así que, cuando le llegara la carta y la leyera, rompería en dos trozos papel y sobre y acabaría en el cubo de la basura junto con las facturas. Él lo sabía, pero los sicilianos son demasiado orgullosos como para cederle el triunfo a los demás. En el caso de Giovanni Battista había mucho, además, de hipocresía: siempre había pensado que la monogamia era una aberración y que el hombre —“Como nunca he sido mujer ni tengo previsto serlo a corto plazo, no puedo saber lo que piensan ellas” solía decir entre risas— se cansaba de la misma mujer en poco tiempo. De esta manera, Nunzi le resolvía el problema rompiendo ella la relación y dándole la libertad soñada.

El zumbido de los motores de La Maggiore lo adormeció y el amanecer abofeteó su cara con un baño de luz. En el televisor de la cafetería chillaba una presentadora advirtiendo a su público que acababa de entrar el verano. El sol no volvería a estar más cerca, pues, de nosotros en todo el año. Y eso había que celebrarlo. Los clientes sostenían las tazas de café en el aire a medio camino de la boca, miraban avergonzados, y como si quisieran hundirse en el desayuno bajaban la cabeza y seguían bebiendo y masticando. Ya era verano, estación que disfrutan solo los niños. Se levantó de la butaca y antes de llegar a la barra le hizo un gesto al camarero con los dedos y articuló con los labios, sin sonido, la palabra espresso y casi al instante ya estaba esperándole una humeante taza de café solo que contenía una tonelada de cafeína, por lo menos. Pagó y buscó un lavabo. Cuando terminó de asearse salió a la cubierta, allí había una especie de gueto para fumadores y desde la cristalera antes había visto que había allí dentro más fumadoras que fumadores, algunas bastante guapas. A los pocos minutos ya estaba conversando con dos, gracias al sobado truco de palparse los bolsillos con el cigarrillo en la boca… Eran mujeres alegres, no iban a cumplir los treinta otra vez pero como la raza humana mejora y no solo gracias a los fármacos, estaban de buen ver. Eran alemanas, y viajaban por toda Italia desde hacía más de un mes según dijeron. La sonrisa se le heló a Giovanni Battista cuando una de ellas, al apagar el cigarrillo, rodeó con su brazo a la otra por la cadera a la altura del pubis, posando su mano derecha justamente allí, sobre su sexo, con esa naturalidad que da el haberlo hecho muchas veces. Hay gestos que lo dicen todo, y a él le resultaba insoportable todo aquello que no hubiera sido capaz de adivinar. Se despidió bruscamente de las dos fumadoras enamoradas, que siguieron disfrutando del sol inaugural y de los primeros minutos de un verano que prometía ser caluroso, largo y lleno de acontecimientos.

Contrariado por su fracaso, entró de nuevo en la sala de las butacas, se colocó los auriculares que ofrecían gratuitamente en una pequeña bolsa de plástico azul e introdujo en el agujero la clavija. Inmediatamente lo invadió la nostalgia, la música folclórica que reproducían le hizo recordar su pueblo, su madre, su bicicleta y eso que se suele llamar primer amor y que, normalmente, suele ser más que nada un calentamiento global como dice su amigo Pietro el sicólogo clínico. La sirena del ferry rugió saludando a una flotilla de la marina italiana que hacía maniobras con otras naves de la OTAN. A lo lejos, la silueta sombría y espeluznante de varios submarinos se transparentaba en el agua dando la sensación de ser monstruos acechando a la víctima. Poco a poco el aire fue haciéndose más cálido y seco por la proximidad de la tierra firme y el cielo había adquirido un tinte casi añil. El personal de Navi Veloci adquirió un extraño frenesí y comenzó la larga operación de organizar el atraque de la nave —que se produciría en cuarenta y cinco minutos— y el desalojo sistemático del pasaje de cuartos de baño, camarotes y cubiertas. Por los altavoces se anunció que la cafetería iba a dejar de servir alcohol en cinco minutos, recomendando que los pasajeros fuesen progresivamente comprobando sus pertenencias y acomodándose en las áreas señalizadas. Se prohibía fumar. Y se aconsejaba tener preparada la documentación de coches y motocicletas para agilizar los trámites. La voz metálica de la megafonía rogó que no pulsaran más las teclas de los ascensores que llevaban a la bodega porque hasta que el barco no atracara y se culminaran las complejas operaciones de todo buque roro —rollon-rolloff— no estarían operativos.

Los cientos de pasajeros miraron emocionados el borroso contorno de la “y” que forman las islas Eólicas, lugar en el que La Maggiore comenzaba a girar hacia el oeste encaminándose a Palermo, su puerto de destino. De repente, al avistar Stromboli, una espesa raya de humo partió el cielo en dos. Todos aplaudieron, los cráteres saludaban a los turistas y les ofrecían un motivo más para disparar sus cámaras digitales. Luego, en Arkansas o en Osaka o en Berlín la anécdota se engordaría hasta convertir el humo de los cráteres en una auténtica odisea. Pero los ojos fríos y analíticos de un piloto de guerra —esa era la pasión y la profesión de Giovanni Battista Macaluso, capitán de la United States Air Force— no vieron vapores fétidos de azufre en el cielo, sino la estela de varios misiles desbocados, fuera de control, que se aproximaban a una velocidad de vértigo. Solo tuvo tiempo de decir a gritos “¡Al suelo, al suelo!”. Después, el fuego los consumió a todos.

*

Catástrofe en el mar Tirreno.— El transbordador La Maggiore que había partido la noche anterior del puerto de Génova, a escasos kilómetros de su destino, el puerto de Palermo (Sicilia), ha sido reducido a cenizas al ser alcanzado por dos misiles fuera de control disparados por una fragata que se encontraba en las aguas cercanas a Nápoles de maniobras junto a otros buques de la OTAN. No hay supervivientes. La Unión Europea decreta un día de luto. El Santo Padre reza por las almas de las víctimas, según un comunicado de la Santa Sede. El presidente de los Estados Unidos vive la tragedia conmocionado al conocerse que en el buque siniestrado viajaba un reputado piloto de la aviación norteamericana de origen siciliano. (Resumen de agencias)

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3 comentarios to “Roll-on/Roll-off”

  1. Marie Claire Says:

    Por un momento, al ver el título, he pensado que la entrada iba de desodorantes (roll-on).
    Superada esa primera bofetada/caricia a mi ignorancia, descubro una historia maravillosa, bien contada y bien resuelta.
    Nos está usted acostumbrando a ese tipo de finales trágicos, pero siempre es un placer leerle, imaginando de dónde va a saltar la liebre asesina.
    A sus pies, como siempre
    Marie-Claire de la Panty Demodée

  2. José Andrés Says:

    Nunca había terminado Vd. de manera tan fulminante el relato, que, como nos tiene acostumbrado, está muy “bien traído”.Interesante el tratamiento de las distintas formas de llevar una relación de pareja.¡Enhorabuena! Orator dixit.

  3. el temido (por su bravura) Says:

    Ah, el eterno problema: la mamma o la donna. El tiempo, como todo lo pone en su sitio, convertirá a la donna en mamma, y todo lo que pasó volverá a repetirse. Por eso, a veces es mejor que todo reviente de una vez, y que un misil desviado (que no tiene connotaciones sexuales), elimine los problemas de una forma drástica. Pero muy efectiva. O se es frío, o se es caliente; pero nunca tibio.
    Seguramente, el misil era britano, y lo dirigieron por la izquierda.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus et liberatus.

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