De aquí y de allá

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Si de chico me gustaba ver las láminas de unos grandes diccionarios enciclopédicos heredados de mi abuelo Miguel —allí encontré la escena terrible fija para siempre en mi memoria de la despedida en la celda, antes de ser ejecutado, de Maximiliano de México, cuñado de la emperatriz Sissi— ahora entretengo muchas horas de mi tiempo viendo cosas en Internet, encadenando búsquedas que los pijos llaman “navegar”. Y me he topado con un cuadro singular, malísimo pero muy interesante, que relata el episodio mítico entre el chulo Apolo y el sátiro Marsías (Μαρσύας) que tocaba la flauta —invento de Atenea— como dios, aunque no lo fuera.

El desgraciado flautista retó al kaxas Apolo y su lira diciendo que él era mucho mejor músico. El concurso tenía jueces y “premio”: las Musas —qué pendonas, más salidas que el pico de una plancha Rowenta a toda potencia— darían el veredicto, y el ganador podría hacer con el perdedor lo que quisiera…

Ganó Apolo —¿será Garzón una musa?— y se pidió como premio el pellejo del virtuoso sátiro, el muy hijo de puta.

Desollado Marsías, pobrecillo, el mamonazo de Apolo colgó su piel en lo alto de un árbol, a falta de una secadora Bosch. Los chorreones de sangre —espesada con notas, silencios, sostenidos, bemoles, becuadros, calderones, ligaduras y claves— formaron un río, al que con recochineo le dieron el nombre de la propia víctima. Y es que, según cuentan los que saben, Apolo debía castigar al sátiro por su vanidad. Nadie debe ni puede desafiar a un dios.

Tengo, heredado de mi abuelo Miguel, un libro que a mi lector —cuya participación me es tan asidua como irritante— El Temido (por su bravura) le gustaría ver. Es la primera edición del Código de Comercio de 1885, un hito en el Derecho Mercantil español como es sabido. Para la Península e islas adyacentes el marido podía autorizar que su esposa mayor de edad ejerciera el comercio (art. 6 y 7) pero ya en el art. 8 —¿para qué esperar más?— se avisa de que el marido podrá revocar libremente la licencia concedida a su mujer. Firma Francisco Silvela como Ministro de Gracia y Justicia, por debajo de la rúbrica del Rey: Alfonso XII, nacido Alfonso Francisco de Asís Fernando Pío Juan María de la Concepción Gregorio Pelayo de Borbón y Borbón. Era agosto, y estaba Su Majestad en La Granja de San Ildefonso. Por última vez. En contra de los consejos de todos, pocos días antes había visitado a los enfermos de la terrible epidemia de cólera que padeció el vecino Aranjuez en la que, de una población de ocho mil personas, cayeron más de ochocientas. Buenos genes le inocularon al monarca los amantes de su madre. Fuera quién fuese —el capitán Puig o el general Serrano según la Historia— se puede decir que acertó, mientras don Francisco de Asís, marido de la reina, se ponía lazos y encajes en las bragas por decirlo de una manera rápida. Pero ¿Quién puede descartar que Isabel II se echara en brazos de algún fornido mozo de cuadra como hizo Victoria de Inglaterra con su escocés John Brown? Ay. Y ahora se cree moderna la Bibiana, qué fatua y qué estúpida es, merece tener un río —metafórico—mucho más que el pobre Marsías.

 [Acotación: mi abuelo Miguel, del cual solo heredé esos libros y su cariño, era marmolista. Pero a su taller iban catedráticos de universidad a echar raticos de tertulia con él. Era en Granada, claro. Donde reside Isabel, Fernando, el cachas Felipe y su mujer, que está un poco malilla de la cabeza, qué lástima de muchacha].

 Dedicado a José Antonio, con todo mi aprecio, esperando que le guste.

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Una respuesta to “De aquí y de allá”

  1. El temido (por su bravura) Says:

    Claro que me gustaría verlo (pero no dudo de D. Nuevavidavirtual). Me ha llamado mucho la atención sus posts donde aparecen los coches antiguos: esos maravillosos cacharros sin aire acondicionado, ni cierre electrónico, ni elevalunas (una vez intenté comprar un coche sin nada de eso, lo que quería era un buen motor, y le tuve que indicar al vendedor que no quería el coche de los Picapiedra, de la cara que me puso. Al final lo encontré, el coche, no el Troncomóvil). Tenían su puntito: sacarles el aire para arrancarlos, darles golpes de pie en el acelerador, etc.
    En fin, con esto aporto mi grano a los posts anteriores.
    Vamos con el que nos ocupa (aunque se “enrite”).
    No sé dónde leí hace poco la historia de Apolo y Marsías, si bien al ver el cuadro creía que era una versión del Martirio de San Bartolomé. Me impresionó mucho ese cuadro cuando era pequeño, y lo veía en una colección que tenía mi padre de libros de museos (El Prado, Lázaro Galdeano…), en cuya parte final venían diapositivas (¿siguen existiendo éstas?). Otro que me impresíonó, y me sigue llamando la atención es El triunfo de la muerte, de Brueghel el Viejo.
    Termino añadiendo una letrilla sobre D. Francisco de Asís, seguramente conocida:

    “Gran problema es en la Corte
    averiguar si el Consorte
    cuando acude al escusado
    mea de pie o mea sentado”.

    Curioso tema, que oferto a Vd. (aunque se enrite), el de la letrilla popular. Ahí va otra sobre el Duque de Lerma.

    “Para no morir ahorcado,
    el mayor ladrón de España
    vistióse de colorado”.

    Delenda est Britannia. Lector salutatus et puteatus per paritorios tribunalis.

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