Cuento que se sale de la norma

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Cuando en la pantalla del televisor apareció el rótulo The End y comenzaron a desfilar los interminables títulos de crédito Marie Bellemare ahogó educadamente un bostezo con su mano derecha, pulsó la tecla que desconectaba el aparato y pensó que había merecido la pena trasnochar pues la película había sido hermosa y trágica; la había hecho llorar… y, por lo tanto, el rato había sido estupendo.

Mientras andaba por el pasillo iba apagando luces —la lámpara grande del salón, los apliques de los cuadros, el tubo de neón de la puerta del jardín— y por fin, cuando llegó al cuarto de baño, abrió el cajón donde guardaba las pinzas y horquillas que le mantenían una melena llena de rizos y caracoles todo el día siguiente. Se había acostumbrado a dormir con ese suplicio en la cabeza y cuando pernoctaba fuera, en casa de una amiga o en un hotel durante algún viaje se encontraba extraña y no conciliaba bien el sueño.

Era una tarea lenta y minuciosa: con los dedos formaba los bucles de pelo, los sujetaba entre el índice y el pulgar uno a uno, pulverizaba un poco de agua y enseguida lo afianzaba con una horquilla. Luego cubría toda aquella ferretería con una especie de pañuelo de malla que anudaba hacia atrás. Entre que se limpiaba los dientes, se desmaquillaba y orinaba, pasaba un rato suficientemente largo para que el pelo perdiera la humedad. Luego, en la cocina, preparaba la cafetera automática que la despertaría a las seis del día siguiente con una oleada de aromas colombianos que ya la despejaban de por sí solo con olerlos. De pie, con el vientre pegado al filo del tablero de la mesa, echaba dos cacillos y medio de café molido sobre el cono de papel del filtro, y en una jarra de vidrio con una escala de marcas en centímetros cúbicos, vertía de una botella de agua mineral la necesaria para dos tazas de café. Levantó la vista y miró por la ventana. Se admiró de la noche tan clara que hacía quizás porque la Luna estaba en el cénit del Cielo y no la podía ver. En la casa de enfrente tenían el ventanal de la terraza abierto y las cortinas blancas, de excelente calidad, se agitaban hacia fuera formando torbellinos alarmantes. De vez en cuando, Lilianne se asomaba, recogía las cortinas y volvía a entrar. La esposa francesa del arquitecto ruso que había comprado aquel chalet donde habían vivido tantos años sus amigos los señores Ballard era joven y bella y perseguía más que un sueño un anacronismo: ser casi igual que Marilyn Monroe.

Los señores Ballard —él, militar de los tiempos del gobierno de Vichy, y ella una señoritinga lánguida criada entre los algodones que, bolita a bolita, le había ido poniendo su esposo a lo largo de cuarenta y tantos años de matrimonio para que no notara sus infidelidades diarias— hicieron de aquel hotelito una mansión preciosa que ya desde la misma entrada se anunciaba pomposamente como cottage ornée. Y cuando el arquitecto ruso de nombre impronunciable —¿romaniyef, paskarof?— entronizó a su esposa Lilianne por primera vez en la casa, todavía vestida de novia, y en brazos de él… la rubia muchacha se quedó prendada de tanta maravilla. Marie Bellemare, vecina discreta pero no ñoña, se colocó aquel día estratégicamente detrás de los visillos y armada de unos binoculares de teatro —sonreía recordando cuando compró en la óptica del pueblo de al lado un telescopio japonés con trípode incluido dejando bien claro que era para su sobrino— para ver lo que la suerte la dejara ver. Y vio mucho: agobiados por el calor de agosto, el arquitecto y su mujer habían colocado el lecho nupcial junto a la ventana y en ese marco se desarrolló toda una lección de anatomía…

Ensimismada por esos recuerdos, la sacó de ellos el olor del café en polvo. Y rápidamente cerró el bote y ajustó el temporizador de la cafetera. Pero no pudo evitar echar un ojo a la casa de enfrente. Lilianne y el arquitecto se abrazaban sujetando a duras penas la copa de champán que compartían.

Qué buena pareja hacían —dijo para sí misma mientras Marie bajaba los ojos un poco acalorada ante aquellas demostraciones de pasión—: ella, tan sofisticada que parecía un helado de nata con fresas espolvoreado de chocolate y con trozos de melocotón en almíbar y él, con la cabeza rapada, tenía toda la pinta de una estatua romana.

Cuando apoyó con cuidado la cabeza llena de bigudíes en la almohada, antes de rezar sus oraciones, Marie Bellemare —Nora von Nahmen, nacida en Berlín, eficaz espía durante la Gran Guerra— chasqueó la lengua con un gesto de disgusto, suspiró repitiendo de nuevo las palabras dichas. “Qué gran pareja hacen los dos”, y enseguida se quedó dormida.

***

La luz de la mañana era tenue pero visible. Marie Bellemare se despertó antes de que pitara la cafetera. La vecina rubia, asomada a la baranda de su terraza, chillaba descompuesta articulando una sola palabra pero muchas veces seguidas:

    —¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!

¿Se habría vuelto loca, habría pasado alguna desgracia? Rápidamente se puso la bata y con precaución abrió la puerta del jardín para ver lo que ocurría. Y cuando sus ojos se acomodaron a la claridad vio a la puerta del cottage ornée de enfrente un suntuoso Cadillac  Eldorado rojo atado con grandes lazos de seda rosa. Sobre el capó, un enorme corazón rodeado de globos llevaba la leyenda “Feliz Cumpleaños, amor mío”.

Perpleja, y en cierta manera bastante picada por la envidia, se encaminó a la cocina y se sirvió el primer café de la mañana con doble ración de azúcar. Y en contra de su régimen de adelgazamiento estival, cortó un trozo de bizcocho más grande que la palma de su mano. Comiéndolo con despecho, por los visillos vio a Lilianne y al arquitecto ruso de nombre impronunciable subirse al Cadillac —esa joya irrepetible— cuyo claxon sonaba de manera ordinariamente escandalosa. Marie pensó que una copa de Oporto no le sentaría mal en aquellas terribles circunstancias y mandó a un sitio poco edificante —à la merde— su régimen para adelgazar en el verano.

Dedicado con todo cariño a María Jesús P. escritora, pintora, madre, abuela y maestra. Pero sobre todo, amiga.

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2 comentarios to “Cuento que se sale de la norma”

  1. José Andrés Says:

    ¡Qué detallazo lo de la dedicatoria! Lo llamará por teléfono. Thanks. Orator dixit.

  2. José Andrés Says:

    He sacado por la impresora el cuento para poder leerlo tranquilamente. Me ha encantado los detalles descriptivos. He recordado un profesor muy bueno que tuve que nos decía que cuando escribieramos debíamos tranmistir al lector un ambiente como si lo estuviera viendo. No le he hecho mucho caso porque no se me da muy bien el relato. Vd. si que se ha aprendido la lección. Enhorabuena. Es un verdadero artista en los relatos cortos. Es un monstruo en “las distancias cortas”. Orator dixit.

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