Gracias

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Don Francisco M*** era amigo de mi padre. Le tenía aprecio, respeto y un agradecimiento difuso que debía provenir de algún favor dilatado y consistente —de esos que nunca se olvidan— que mi padre le haría de manera desinteresada, como siempre. Don Francisco era un hombre alto, fuerte, delgado y con aspecto juvenil. Siendo casi un niño estuvo en la División Azul y, cuando yo lo conocí, se había casado con una mujer pequeña de cuerpo pero gigantesca en agrado, habilidad y dulzura. Don Francisco estaba muy bien de dinero, tierras y esas cosas. Tenía un hijo, el primogénito, y una hija más chicos que yo. Don Francisco fumaba mucho y con elegancia un tabaco rubio que nadie podía costear entonces. Don Francisco se compró un Citroën 2CV gris casi celeste con los asientos azules y nos llevaba a su hijo y a mí a la playa en unas excursiones que eran como ir a la Costa Azul en Rolls-Royce. Él era consciente de que me comía con los ojos su coche —esa bola de la palanca de cambio en el salpicadero; esas ventanillas partidas cuya mitad había que subir y dar un porrazo para que un pincho se clavara en el botón de goma; ese ruido inconfundible del motor al arrancar; esa suspensión; esos faros que daban luz amarilla— y sabía también lo que me gustaba el mar.

Probablemente también el hombre se haría cargo de lo que bien que viene en una casa retirar de la circulación durante unas horas al más pesado y chinche de la familia, que suspiraría aliviada al verme salir por la puerta tan bien guardado.

El coche iba por caminos que siempre se me hacían cortos a cuyos lados se veían muchas cañas de azúcar. Y árboles. Pero de pronto, siempre de improviso, aparecía el mar. Con todos sus poderes y encantos.

El otro niño y yo jugábamos y disfrutábamos del aire y del agua en una playa sin gente ni duchas ni paseo marítimo ni caravanas publicitarias ni quioscos ni sombrillas ni esterillas… El hombre grande, alto, fuerte, delgado y con aspecto juvenil, yo y su hijo llevábamos cada uno nuestra toalla y no necesitábamos más. De vez en cuando yo movía la cabeza y a pocos metros de distancia, bajo la sombra leve de un arbolillo, el Citroën 2CV maravilloso con su cara sonriente y sus “ojos” amarillos me miraba como diciéndome: “Sigue, sigue, juega y disfruta, y dentro de cincuenta años… recuérdame”.

Don Francisco M*** —entonces los niños éramos muy respetuosos— estará hablando con mi padre en alguna nube del Cielo con su cigarrillo en la mano y el flequillo caído sobre la frente. Seguramente están acordando una merienda, que luego era cena, en su casa o en la de mis padres. Un poco más lejos, su mujer —con qué cariño la recuerdo— hablará con mi madre de las cosas de la vida. Sé que los cuatro me están viendo y saben lo que pienso. Para aquel maravilloso Citroën 2CV gris, majestuoso y moderno… un beso.

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