Hambriento estoy…

libro2

Tengo mucha hambre, de verdad… Hace tiempo leí un informe sobre los males que padecen los ricos. Según el autor los vagabundos —los pobres, como se dice por estas tierras— que duermen tirados en las calles no padecen hernias discales, ni depresión y tienen el colesterol de dibujo. Por lo visto es muy bueno pasar hambre, pero yo no puedo más.

Me sorprendo a mí mismo buscando en Google fotos de tartas y de comida. Acabo de toparme con una serie de ilustraciones de las impropiamente llamadas vintage, es decir de los años cincuenta del siglo pasado. Vienen todas las clases de melones que hay. Son parejas de fotos: cada melón con su utilización más típica: sorbete, en mousse, tajadas —por ahí fuera también dicen rajas— con jamón, moldes de gelatina temblorosa en la que se distinguen los trozos macedónicos que se quedaron presos como mosquitos en un cacho de ámbar, en helado… Más adelante doy con fotos de asados. Y pollos fritos. Veo fuentes generosas de pescado rebozado y guarniciones de vistoso color. Mmmmm… qué hambre.

Lo peor, lo más cruel, ha sido llegar a la sección Paellas. Hace más de diez años que no como ese arroz que siempre me ha gustado tanto. La vida es un torbellino maldito que unas veces actúa como un sumidero y otras como un tiovivo: siempre girando, nadie sabe nada de nadie. Yo daba cualquier cosa ahora mismo —¡las siete y media de la tarde, la hora de la merienda, dios mío!— por un plato de paella. Y unas croquetas —mejor dicho: cocletas— que adornarían un buen trozo de tortilla de patatas —en el norte dicen “de patata”— fría, del día anterior… Pero lo que peor llevo es no comer mayonesa —mejor dicho: bayonesa— en ese tipo de ensaladilla que normalmente se le llama rusa, y no sé porqué. Ay, dios mío, me estoy mareando y se me caen por las comisuras de los labios los chorrillos de saliva.

Las mujeres han salvado a la especie humana pariendo y guisando. Y explico lo segundo porque no admito que se me llame machista: no me gustan los tíos metiendo la mano en la comida. Siendo yo muy chico fuimos a un restaurante gallego en Madrid —es sabido que el mejor pescado siempre se come lejos de la costa— y vi la mano peluda, vello negro por precisar más, apoyada sobre la empanada gallega mientras cortaba los trozos… Desde entonces no he podido volver a comer eso. En cambio las manos de una mujer parece que son más asépticas, más adecuadas para tocar la comida. Además, cuando una mujer guisa —¡desterremos el verbo cocinar, por favor!— lo hace con ganas o sin ellas pero siempre actúa con naturalidad. Mientras que el tío que se mete entre fogones usa toda la megafonía a su alcance: si hace un pollo al limón —suprema habilidad de todo machote ibérico— metiéndole el limoncillo y la pastilla de avecrem por el culo al ave y echándole una tarrina de tulipán por encima antes de abrir la puerta del horno… exige que los comensales aplaudan y crean que están en el famoso banquete de Petronio o en la escena maravillosa de Norman Rockwell con el pavo en el día de acción de gracias norteamericano. Mi madre, como todas las mujeres de su generación, guisaba bien. Hacía una ensaladilla de mayonesa —bayonesa, por favor, insisto— que tenía fama. ¿El secreto? Eran varios: uno, cocer las gambas enteras, colar, y en ese caldo hervir las patatas. Otro: hacer la mahonesa a mano, en una fuente… con una aceitera de la que caía un hilito… un tenedor y el huevo, dale que te dale hasta que se producía el milagro de la emulsión. Luego, vino la batidora y sus gazpachos ultra rápidos, más tarde la minipimer y sus salpicaduras cuando se sobrepasaba el nivel del vaso… Pero con unos pocos de gisantes, una lata de atún, unas (pocas) de gambas, patatas, un huevo duro y pimiento morrón adornando sabiamente la fuente de la vajilla con la que se casaron aquello causaba sensación. Eran las manos, obviamente.

Los niños, que son de papel absorbente que todo lo chupa, oíamos decir entre risas femeninas (antes las casas se llenaban de visitas, a todas horas) que Fulanita ni se acercara porque iba a cortar la mayonesa. Si uno, que estaba dando vueltas por allí, preguntaba porqué le decían “Anda niño y vete de aquí, que se te va a caer la colita de estar en la cocina” argumento de autoridad, indiscutible. Sabíamos que era mentira, pero siempre nos quedábamos en duda y —ante la duda, la más peluda— nos pirábamos de allí inmediatamente. Las mujeres con la regla no podían hacer mayonesa: lo supe muchos años después. Una sonrisa, por favor.

En mi casa eran más de natillas que de flanes. Quizás mañana hable de eso y de los brazos de gitano, inmenso paraíso dulce y salado.

Si sobrevivo, claro…

pavo 

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3 comentarios to “Hambriento estoy…”

  1. José Andrés Says:

    Con esa descripción se le abre el apetito al más inapetente. Muy bien y las fotos fantásticas. Muy “ad hoc”. Espero la descripción de los “brazos de gitano”. Orator dixit.

  2. lolabrain Says:

    Pues lo que es mano de santo para los ataques de hambre son las tisanas del Metadona, por 90 céntimos hay para rato :)

  3. El temido (por su bravura) Says:

    Un poco más caro es el balón intragástrico. Hay un anuncio enfrente del Corte Inglés (Ajjjj), que lo anuncia por 4.500 €.
    Aunque meterse un globo por la boca será mejor que ponerse el limón y la pastilla de Avecrem donde el pollo.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

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