“Prohibido suicidarse en Primavera”

—Los edictos están para revocarlos. Los vicios, para caer en ellos.—

Esta frase me la he inventado yo mismo y como parece muy profunda (podría ser de Borges, de Cela o algo así ¿verdad?) aunque sea una solemne tontería he optado por dejarla ahí, de cabecera, y queda bastante bien. A pesar de que no pegue con lo demás; quizás Freud sí encontraría alguna relación, quién sabe.

Avanza el mes de mayo y el sol comienza un protagonismo que no cesa hasta el otoño. Sol como matarife o sol sanador: afortunadamente ya no tengo que pasar el verano en un apartamento playero y sus rutinas.

Me gustó desde niño bañarme en el mar. Y en el río de mi pueblo donde, nada más meterte en el agua, te entraba tanto frío que se paralizaba la respiración durante un segundo, los labios se ponían morados y el helor llegaba hasta la ingle quedando después todo como dormido, sensorialmente anulado. Hay también en mi pueblo un pequeño lago que siempre me pareció muy siniestro pues el fondo de limo era viscoso, tanto como una persona hipócrita. Nunca me gustaron los cangrejos, verdosos y luego rojos al ser cocidos pero siempre amenazantes y agresivos y tan parecidos a los alacranes. Cuando mi padre me llevó de excursión ciclista con otros niños y niñas sufrí mucho: durante el baño en el puñetero lago estuve esperando que me comiera los pies algún cangrejo de aquellos que luego vendían en cestitas de caña por las calles… Qué mal rato. Pero no se lo pude decir a nadie nunca, ya había fallado bastante como para añadir una nota más de debilidad.

El mar, en cambio, siempre fue una medicina para mí; nunca temí la llegada de nada dañino para comerme algo o picarme. Cuentan mis biógrafos —Plutarco por ejemplo— que los médicos intentaron salvarme la vida aconsejando a mis padres que me llevaran a la playa, y así lo hicieron. Un niño raquítico —yo— apareció en las playas vírgenes de La Rábita (Almería) y allí pasé una temporada que, posiblemente, fue la más hermosa de mi vida: el mar era la libertad azul, los pescadores sacaban mucho pescado exquisito y caracolas cuya carne despreciábamos nosotros que solo admirábamos el envase ya vacío, cosa que les hacía mucha gracia. Ese niño debió volver mejor de salud y de aspecto —más repuesto, según la terminología de la época— la verdad es que no lo recuerdo… pero llevó conchas y caracoles marinos tapizados de nácar para todos los niños del pueblo. Aquel veraneo fue como un baño de ilusión y de vida para mí. Me limpio las lágrimas para poder seguir escribiendo porque se me vienen a la cabeza tantas cosas que me emociono. Contaré alguna y me guardaré algunas: hermana menor, seguramente con pocos meses de vida, en un lebrillo de barro vidriado lleno de agua del mar; cueva con hombre loco y leyenda; luchas encarnizadas entre tribus de niños del campo y los hijos de pescadores en un ambiente que podía haber inspirado a William Golding para escribir su “Señor de las moscas” (Lord of the flies, 1954), novela calificada como distópica. Por el contrario, mi estancia en La Rábita fue absolutamente utópica (y, por lo tanto, perfecta, luminosa, cálida, interesante, sensual y extraordinaria). Ocupábamos la casa del médico, y una criada que yo la veo con delantal blanco recibía directamente de Dios una paciencia infinita para ponerle la cadena a una bicicleta vieja de piñón fijo —insisto: de piñón fijo— en la que nos paseábamos durante esas horas eternas de la siesta bordeados por paredes de cal y dos azules de distinta densidad: el mar y el cielo. Yo no sabía controlar el pedaleado en ese tipo de bicicleta, paraba los pies… y la cadena se le salía cada dos por tres, entonces la muchacha de blanco aparecía con un candil de aceite, derramaba un poco en los piñones, colocaba la rebelde cadena y… ¡a correr por el patio otra vez! Mi gratitud hacia ella será eterna.

*

 Un añadido: “cuelgo” lo último que escribí hace varios días. Me gustó la frase de Cioran que adorna el blog, quizás sea el momento de abrirse la camisa y explicar que escribir, para mí, es vengarme (intentarlo) de la cara mala de la vida.

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Una respuesta to ““Prohibido suicidarse en Primavera””

  1. José Andrés Says:

    Me ha encantado. La sinceridad brota a raudales y la añoranza también, lo cual a veces es peligroso. Dicen que vivir de añoranzas y recuerdos es propio de la vejez. Pienso que todavía no es el momento, pero los sentimientos son los sentimientos y es verdad que puede ser una terapia.Nos encantan sus escritos y si, de rebote, le ayudan a sobrellevar los malos tragos,mucho mejor. Orator dixit.

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