descubro un parque: el parque del oeste

Terminadas las gestiones que había ido a resolver me encuentro por casualidad ante la verja de un parque desconocido, reciente y con árboles demasiado jóvenes para crear esa zona densa de sombras en la que el descanso es un halago para todos los sentidos: bellas vistas, pájaros gorjeando, plantas fragantes y quizás un bocadillo —o unos dulces o un refresco— consumido casi con el pudor del que habla Giovanni Papini en su libro “Gog”. Así como en el lejano oriente las mujeres ocultan sus dentaduras con la mano cuando ríen, aquí comemos en público con vergüenza y extremamos el cumplimiento de todas las normas de la buena educación que nos dieron cuando masticamos a cielo abierto y delante de los demás. Somos conscientes de que podemos perder mucho de nuestro encanto si nos pillan con la nariz llena de tomate y el palillo de los dientes en ristre. Por eso hay un pacto —por lo visto de los pocos que no se transgreden en este país— entre periodistas y políticos para no retratarlos cuchara en mano y con la boca abierta. Sin embargo, el lector —el elector— pierde mucho en este caso.

La mujer del sombrero blanco saca disimuladamente trocitos de algo comestible del fondo de un bolso que reposa sobre sus piernas. La he estado observando de reojo y no lee, solo mira el agua de los estanques y a los que pasean: padres y abuelos con niños y corredores sudando, sobre todo. El banco donde se sienta está encima de una amplia pradera de abundantes verdes; no es retórica, pero el suelo da la impresión de ser una plataforma y que ella es uno de esos mimos que imitan a las estatuas por las calles.

Juntando agua y patos el éxito está asegurado. Hay algo hipnótico en las evoluciones náuticas de los cisnes y sus parientes. Es casi imposible ser indiferente a estos animales que, vistos desde la lejanía, son silenciosos y perfectos. Cuando he seguido a una familia de patos blanca e inocente que nadaba por el estanque, se han metido bajo un puente y qué sorpresa me he llevado… Por entre los pilares había altavoces que reproducían la música del ballet famoso de Tchaikovsky. Quizás cuando pasa alguien salta algún dispositivo y el mecanismo se pone en marcha.

Nunca me perdonaré el no haber sido mago; pero, por favor, entiéndaseme: no mago al modo Houdini (según acabo de leer, el escapista más famoso del mundo se metía por el… ano infinidad de ganzúas, de ahí su éxito) sino mago de libro lleno de conjuros que me permitieran ser invisible y visitar el Aranjuez de la corte de Fernando VI, con sus paseos por el río, sus músicas de Haendel y sus fuegos artificiales en una noche de verano. La orquesta primero, muy cerca. Y los reyes en falúas barrocas con doseles cubiertos de gasa. Bebidas frescas, carne rebozada de los más tiernos corderitos, pistos y pepitorias, dulces, compotas de fresas y albaricoques, manteles de holanda, trajes de seda y abanicos de encaje de Malinas. Bocherini repasa una partitura con la reina portuguesa en cuya cara comida por la viruela nadie repara cuando coloca sus blancas manos sobre el teclado del clavecín… “Un reinado de paz”, se dice despectivamente. Ay, qué idiotas.

El parque que he descubierto está lleno de esculturas tan espantosamente feas que deben provocar pesadillas nocturnas en los niños. Hay delfines de bronce con aspecto de calamares rellenos cabalgados por ninfas (νύμφη) que parecen las primas hermanas de la niña del exorcista. Y una continua presencia de cerdos: tocando panderetas, asomando las cabezas por agujeros, enristrados en alambradas… El escultor no tiene la culpa de ser tan malo. El delito lo comete quien asigna el honor magnífico de usar un espacio público (a quien no se lo merecía en este caso). Para no irritar al lector anglófobo —ahora silente, mascando su maldad, regurgitando su veneno anclado en el pasado— no evocaré parques ingleses (“Una vieja fue a los baños, y tuvo para contar cien años”) ni tampoco otras joyas jardineras como Sans Souci en Potsdam o Vaux-le-Compte en París o Frognerparken (Vigeland) en Oslo. Para parque, lo que se dice parque —el mejor de todos, con diferencia— no hay más que uno: el de mi pueblo. Con una pérgola donde se aliaban uvas y rosas de pitiminí amarillas. Con setos de tomillo, romero y arrayán. Con un quiosco abandonado donde los niños nos escondíamos. Con cientos de celindos, rosales y alhelíes en flor… ¿Quién necesitaba esculturas de cerdos y delfines acalamarados? [Lleno de sonrojo digo, porque aquí no puedo mentir, que en mi pueblo no había ni estanque ni cisnes ni patos. Quizás ya los haya y por eso sea la hora de volver. Si pudiera hacerlo… sé que mi vida cambiaría. Yo nunca me equivoco]. Gracias por llegar hasta aquí.

Lectori Salutem

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2 comentarios to “descubro un parque: el parque del oeste”

  1. José Andrés Says:

    Por un momento he soñado yo también con poder trasladarme a otros tiempos y otros ambientes.De ahora en adelante pienso hacerlo con frecuencia. Gracias por la idea. Orator dixit.

  2. el temido (por su bravura) Says:

    El anglófobo contesta: amigo Nuevavidavirtual, no doy abasto muchas veces. Cuando he pensado el comentario, ya has puesto otro post, y así no puedo. Sólo decir (nobleza obliga) que tienes razón en lo de los parques britanos, pero estarás de acuerdo en que la meteorología ayuda, y que la gente es más civilizada que por aquí. Seguro que en el Parque del Oeste, la gente tira lo que le sobra al suelo aun cuando tenga una papelera al lado (la gripe porcina no se llama así porque la transmita el cerdo, sino porque la padecemos los humanos).
    Dejando aparte los parques britanos y los parques de atracciones (mis preferidos), tengo que destacar un parque lisboeta: la estufa fría, maravilla de parque donde los haya. También puedes encontrar bonitos parques en Toys’r us, y en algunas tiendas de bricolage, donde ponen el acento en la e.
    Delenda est Britannia (no los parques). Lector salutatus.

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