una tarde feliz

“Un retrato ha de parecerse al retratado y al mismo tiempo, estar bien pintado. Al no parecerse, será una buena pintura nada más, pero no un buen retrato, que, en mi opinión, ha de ser como una biografía pintada”.— Daniel Vázquez Díaz

   Luchando contra la desgana y el cansancio me puse en marcha para ver una exposición del pintor Vázquez Díaz bajo el patrocinio de los propietarios de las obras expuestas que, vaya casualidad, es una sociedad de seguros en la que trabaja (?) alguien relacionado con los reyes de España (como puedes ver evito escribir “familia real”). Con todo tipo de cautelas, puesto que la sala es un anexo del museíllo detestable que se montó en el edificio donde dicen que nació un tal Pablo Ruíz y todo lo que huele a ese tío me trae mal fario.

   Me fui en un taxi desde mi casa hasta la Plaza de la Merced, porque cuando faltaban cien metros para llegar a la parada del autobús, este pasó raudo y veloz dejándome con dos palmos de narices y la miel en los labios. Tras un paseo espectacular —por poco si visitamos la Pampa y el Chaco— el pobre taxista (ser torpe es una desgracia; querer sacar un euro o algo más haciendo trampa con falsas vacilaciones y acelerones injustificados es ser un miserable) me depositó justamente donde no quería: en las concurridas terrazas de los bares más significados de Málaga. Anduve la escasa acera libre que dejan estos negocios rez-de-chaussée, crucé, di el mismo respingo de siempre al rozar la pierna de un muñeco de madera que simula a un hombre sentado en la barra del tugurio, tan real que temes un encontronazo verbal con el chulo, y llegué a la exposición. Una guardia jurada con los ojos como tajadas de sandía, harta de dormir o de llorar, me responde que es gratis y entro a la sala. Como siempre, me recibe entre tinieblas un rollo escrito en la pared; y por primera vez, no solamente lo leo sino que copio la cita del artista que has leído arriba.

   Mi desconocimiento sobre la vida del pintor Vázquez Díaz era total —no así de su obra— y disfruté con dos cuadros muy pequeños, dos paisajes maravillosos. Viendo después la inmensa colección de sus dibujos expuestos bajo una luz tenebrosa en mi pequeño cerebro se encendió una alarma, e inmediatamente comenzó a reproducirse dentro de mi cabeza el siguiente mensaje (léase con voz de robot): “Hueleaquemado, hueleaquemado, hueleaquemado, hueleaquemado, hueleaquemado”.

   —Señorita —le dije a la muchacha solitaria vestida de azul marino que me seguía a escasos centímetros vigilándome con un ahínco digno de mejor causa— creo que huelo a quemado.

   —¿Sí? Ay, pues no sé.

   Me echó una mirada valorativa como diciendo “Para qué leches voy yo detrás de este tío si con la pinta que tiene no roba nada de nada, me voy a por la compi, que aquí huele a zorruno”. Y al cabo de unos minutos apareció la otra vigilanta. Las dos juntas corrieron una cortina, miraron hacia arriba, comentaron sin excesiva preocupación que olía mucho a quemado y ambas se fueron muy tranquilas a seguir hablando de sus cosas sentadas en unos taburetes tan altos que a una de ellas, la más baja de estatura, se le quedaban las piernecitas colgando sin apoyo. El olor seguía, pero yo estaba interesado en terminar de ver los dibujos. Y admiré varios de ellos —el de Baroja, el de Ramón Gómez de la Serna, el de Romanones— que son geniales. Invirtiendo ya el recorrido por la pared opuesta, al cambiar de sentido le dije a las dos cotorras con traje-pantalón azul marino: “Si queréis, me voy” por si acaso se les había ocurrido llamar a los bomberos o a Supermán y yo estaba estorbando allí.

   —¡Qué va! —dijeron con esa amabilidad condescendiente reservada para mirar a un bobalicón— ¡Siga, siga usted tranquilo!

   Ya en la calle observé los tejados y no vi humo. Un cielo azul maravilloso decididamente primaveral le prestaba fondo al obelisco dedicado al general Torrijos y demás valientes. La cerca de piedra de la plaza, mitad baranda mitad banco, aparecía moteada de personas interesantes merecedoras de una larga conversación. El semitravestí que taladraba el horizonte —el horizonte son los significados bares—, las decenas de japoneses que miraban como moáis de la Isla de Pascua hacia la casa del tal Pablo Ruíz, la señora que acariciaba un perro labrador chico produciéndome un arrebato de envidia pues esos animales dan una sensación muy intensa de bondad, inocencia y paz. Los muchachos dándose trompazos con los monopatines estaban la mayoría sin camiseta, un numeroso público los contemplaba. “Andé” y anduve, y me sorprendió la restauración de la fachada de una iglesia fea pero meritoria —su origen se remonta al siglo dieciséis, y los siglos ennoblecen hasta los excrementos— ectoparásita de una maravillosa torre mudéjar triste reflejo de las que lucen en Aragón. Entro a ver qué se cuece dentro de esa iglesia donde entra y sale tanto caballero trajeado de oscuro y gomina en los cabellos y me doy de cara con el obispo anterior. Miro y no veo nada notable, así que le rezo poco y mal a Jesús de Medinaceli —que me salvó una vez, y a saber cuántas más sin yo saberlo— y hago alguna foto. Las mujeres de los bancos al destello del flash se vuelven discretamente para reprobarme con una mirada, pero al verme desisten de ello y se reintegran a su pena.

   Fuera, ya en la calle otra vez, un niño zangolotino se come de un sorbo media tarrina de helado color azul turquesa, helado que obviamente no era un chambi. El Sol (hay que ponerlo con mayúscula) está tan bajo que ciega a los transeúntes de la calle Granada camino de la Plaza del Siglo; las pupilas no son capaces de luchar contra tanta luz y todos nos ponemos la mano como visera. En el callejón tétrico donde tantas clases de Matemáticas y Química recibí aquel año terrible en que The Beatles grabaron All you need is love una pandilla de gente joven hablaba y un nudo se me formó en el estómago: parecía una estampa de hace… muchos años. Algo deja vu. Unas veces por prudencia y otras por misericordia pero nadie puede ni debe explicar al cien por cien su vida, y como me debo a mis lectores debo decirles que cuando paso cerca de ese callejón se me funde el alma, se me derrite el cuerpo pensando en el azul cobalto de una prenda de vestir síntesis de la belleza dulce y adinerada inalcanzable para un adolescente gordo y pobre. Yo sufro mucho por el pasado, por eso pertenezco al pelotón de los torpes… donde ostento un alto cargo. Sería injusto callarse que sufro también por el presente y por el futuro. Pues eso.

   Entré en la librería empujando con cuidado la puerta de cristal considerando que mi historial de cabezazos ya debería estar completo y no quiero añadirle ningún hito más. Apenas hay libros en Francés. Compré uno para complementar un regalo y otro para mí: “Cinq contes des Lettres de mon moulin”, edición bilingüe, por lo tanto: “Cinco cuentos de las Cartas desde mi molino” de Alphonse Daudet. Pretendo —qué imprudente es la ignorancia— reescribiros el peor de ellos, desproveyéndolo del ñoño final tan propio de la literatura decimonónica y convirtiéndolo en algo casi —un casi en azul cobalto o prusia o índigo o añil— pornográfico. Mientras tanto, como siempre, “Lectori Salutem”. Gracias por llegar hasta aquí.

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Una respuesta to “una tarde feliz”

  1. José Andrés Says:

    He tirado de impresora para poder leer a gusto el relato. Hemos disfrutado con su lectura mi mujer y yo.Tiene gracia, resulta muy descriptivo y tiene su pizca de crítica sana que hace que un escrito sea amable e inteligente.Un consejo: no sufra Vd. por el pasado. Es inútil. No sirve para nada. Es mejor quedarse con los buenos recuerdos y el resto borrarlos del disco duro, como se dice ahora, a la papelera de reciclaje y “palante”. Y de pelotón de los torpes nada. Cuántos quisiéramos ser de un pelotón de su compañía. ¡Enhorabuena! Orator dixit.

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