‘O sole mio’

   Todo fue tan fácil y rápido como en las películas: la correa anudada al cuello se ajustó tan fuertemente que, además de asfixiarlo, tronchó su columna vertebral y con un temblor el cuerpo del suicida se cubrió de mierda, orina y sangre. Pero eso no le haría sufrir a él y, por fin, a nadie…

   A los pies de aquel péndulo macabro que ya estaba comenzando a detenerse, junto al taburete desde el que había saltado, una carta sin sobre tremolaba en el suelo a cada bocanada de aire que entraba por la ventana medio abierta.

   Después del grito dramático que sobreviene al descubrimiento de una muerte —¡Socorro, ayuda!— alguien leyó la carta del ahorcado mientras llegaba la policía, sujetándola con los pies y agachándose sin temor al lumbago:

 

“Ni es bella ni perfecta la obra de Dios. Maldigo mi vida, odio a mis enemigos y lloro de vergüenza pensando en el tiempo que he perdido hasta llegar aquí.”

 

[Era cierto lo que algunos parasicólogos habían insinuado: durante un periodo de tiempo más o menos largo en función del amor que le tuvieron al muerto, tras el fallecimiento externo se escondía una terrible lucha. Primero, morían definitivamente las piernas y los pies y todos sus pasos recordados uno a uno: desde aquel día en que la sonrisa familiar le envolvió al soltarse de la mano y andar solo por primera vez hasta la caminata de aquella tarde odiosa de domingo en que te subiste a la terraza del puerto para poder llorar con esa congoja que quema los ojos llenándolos de lágrimas espesas. Luego muere el vientre, y todos los banquetes grandes y pequeños aparecen mezclándose como en una batidora. El corazón muere a los pocos minutos; dentro de los ventrículos se van secando los nombres de las personas que amaste y a través de las venas entran unos gusanos de color morado que les arrancan los ojos a cada una de ellas. La cabeza muere, y después los brazos con todos los abrazos. Lo que más tarda en morir son los dedos: una detrás de otra, por las yemas del índice, el corazón y el pulgar pasan todas las sensaciones táctiles que el muerto ha conocido: la piel dulce, los pétalos, la frialdad del mármol y el acero, el agua, la colonia, la tierra y hasta el pelo. Después, el silencio.]

 

   La sirena de la ambulancia apagó el sonido precioso que salía del piso de enfrente, un poco alto de volumen se reproducía un disco de los años sesenta. Cuando se detuvo la música, algo se removió en la camilla cuya sábana ensangrentada cubría algo así como una marioneta rota, el suicida. Entonces el policía le arrancó de un tirón los auriculares al ahorcado, que había muerto cantando en voz baja esto:

 

Che bella cosa na jurnata ‘e sole,

n’aria serena doppo na tempesta!

Pe’ ll’aria fresca pare già na festa…

Che bella cosa na jurnata ‘e sole.

 

   Después, todo siguió su curso. Nunca cuentan para nada los muertos. Qué cosa más hermosa es un día soleado, sobre todo cuando tras una tormenta el aire se queda fresco y sereno dispuesto para festejar la fiesta de la vida.

 

·Lectori Salutem·

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2 comentarios to “‘O sole mio’”

  1. José Andrés Says:

    Demasiado realismo. Menos mal que termina con un canto a la vida.¿Por qué tantas veces el tema del suicidio? No me gusta. Dios está al lado del que sufre, no es la causa de nuestro sufrimiento. No se puede odiar a nuestros enemigos, todo lo más olvidarnos de que existen y ya, el no va más, amarlos. Orator dixit.

  2. El temido (por su bravura) Says:

    Es un poco amargo. Sientes una sensación rara en el cuerpo, como cuando llega el buen tiempo y te pones una manga corta: el sentir el aire en tus brazos desnudos los primeros días. Era más divertido el tema de los culos.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

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