“tutti frutti”: El primer helado

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     Hace tiempo leí una interpretación hipotética y rebuscada de la palabra “chambi” que pretendía explicar porqué en las tierras donde nací se les llamaba así a los helados. El caso puede que sea como el del adjetivo “guay”, que nadie sabe quién fue su padre ni en qué vientre lo engendró. Hay un factor estructural, una razón siempre presente, que es la soberbia española para aprender idiomas bárbaros siendo nosotros los amos de un Imperio donde no se pone el sol: Qué inventen ellos, dijo aquél. Qué aprendan español ellos, seguimos diciendo. Y cuando es necesario, convertimos Knut en Canuto y Marlborough en Mambrú. Dicen que Pepe procede del Giuseppe italiano, cuando Nápoles era nuestro. A los ingleses les pasa igual, aunque han tenido más suerte gracias a los Estados Unidos. Ellos nunca aprenden un idioma distinto al suyo y cambian lo que haga falta para que los súbditos de Albión no se tomen ninguna molestia: Durante muchos años —pobrecitos de nosotros, qué ignorantes— malvivimos creyendo que la capital de China era Pequín. Pues no, era Beiyín. Israelitas, israelíes. Sefarditas, sefardíes. En fin, un chambi era un helado en la zona de Granada-Murcia por donde reina La Sagra. Y punto redondo.

     A los niños de mi pueblo llegado el verano nos calzaban las sandalias blancas con calcetines de hilo blanco (que terminaban en una hebra suelta por la punta), nos ponían la rebequita blanca y el pantalón blanco y unas camisillas preciosas en muchas de las cuales la tela imitaba las viñetas de los tebeos, otras eran polos azul marino o de rayas horizontales; naturalmente, nada de color rosa o colores apastelados para los niños varones. Con esos atuendos, las tatas nos llevaban de paseo al parque para jugar y embriagarnos del perfume de los celindos, los alhelíes, las clavellinas, el arrayán, el tomillo y las rosas que son las plantas de allí. Curiosamente no había jazmines ni damas de noche. De vez en cuando si los astros se ponían de acuerdo (es decir: si algún muchacho pretendiente distraía la atención de nuestras cuidadoras para embobarlas y relajar su vigilancia) los niños entrábamos en la heladería a ver y oler los helados. Había unas vitrinas con los conos y láminas de galleta o barquillo colocados por tamaño (es decir: por precio, vaya) y en cubos metálicos con agua, enjuagándose y liberándose de los restos del último helado servido, sobresalían las cucharas mecánicas fascinantes que depositaban aquellas bolas de helado que nos dejaban con los ojos abiertos y la boca llena de saliva cuando con gran ceremonia y esmero los niños ricos (y las mujeres adoradas) pasaban ante nuestros ojos luciendo aquel símbolo de su poderío. Naturalmente si a un niño por un empujón o un descuido se le caía al suelo, la alegría era general y el desconsuelo de la víctima, abrumador. Los hombres fumaban pero no comían helados… aunque, muertos de envidia, siempre le tiraban un bocadito al de la novia que ronroneaba de orgullo ante aquel detalle tan significativo. Junto a las cucharas de las bolas, flotando en aquel agua blanquecina, había unos aparatos que necesitan un doctorado de Ingeniería Industrial para definirlos y ser descritos. Lo intento: Eran metálicos. Con mango. Imagina un ortoedro —caja de zapatos— del tamaño de un naipe de la baraja, abierto por arriba. Se ponía en el fondo una galleta, con una espátula se rellenaba el hueco de helado, se rasaba el sobrante y se colocaba encima como base superior otra galleta semejante a la primera. Se presionaba un resorte y salía hacia arriba una especie de sándwich que, según la profundidad que se le diera a la cajita metálica con mango, podía ser más o menos gordo, más o menos caro por lo tanto.

     Con el correr del tiempo se perdieron estos artilugios y se impusieron los “cortes” que era llegar a lo mismo pero de una manera más cutre: a una barra de helado —chocolate y vainilla o nata y fresa eran las combinaciones de sabores disponibles— se le cortaban rebanadas que se emparedaban con las consabidas galletas. Se apoyaba la barra de helado sobre una L de aluminio que tenía muescas como una regla, rayitas que servían de guía para cortar, según precio, el distinto grosor. Pasear con una muchacha al lado bien agarrada a un chambi, sentarse en un banco y contemplar como su dulce lengua se confundía con la dulzura cremosa del helado merecía la pena, y solía ser rentable. Especialmente si se complementaba (antes o luego) con una sesión de cine en programa doble que constaba siempre de una película de acción —convóis (cowboys) con o sin indios; tomabien greco-persa-romano-caballeros medievales-príncipes renacentistas-mosqueteros de florete— y otra romántica. Pero el helado, en ella, y el cigarrillo en él siempre construían un edificio amoroso, efímero casi siempre, pero extremadamente precioso. Luego, cuando el tío comía más helados que ella (que se los pagaba a él) y ella fumaba con cara de asco y la mano extendida lejos del cuerpo… seguramente desaparecieron los chambis y aparecieron los cornetes, los magnos y los jaguendás.

     Aunque la gente de Granada es trabajadora, valencianos y alicantinos ganaron siempre en estas lides heladeras (otro día, si me prestan como hoy un ordenador, hablaré de las horchatas y los granizados, que es un mundo aparte; la revolución del granizado de café llegó allende Despeñaperros como algo muy moderno y que ponía a la gente malísima de la barriga durante tres días, pero muy contenta por lo fina que había quedado en la terraza de verano ante la competencia). Los helados, dice quien entiende, no engordan; sacian mucho y son una fuente valiosa de proteínas. Los helados quitan el sueño amodorrado de la sobremesa y favorecen la digestión. Los helados no son caros. Los helados, en fin, son los primos hermanos de los pasteles y si estos son joyas cuajadas de gemas… los helados son arquitecturas de felicidad.

·Lectori Salutem·

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Una respuesta to ““tutti frutti”: El primer helado”

  1. El temido (por su bravura) Says:

    Vamos con retraso, lo reconozco, pero se me acumula la tarea. ¿Qué decir de los helados? Bueno, de los de antes, porque confieso que no he probado los de boquerones en vinagre ni los de tortilla de patatas. Cualquier día meten un huevo frito en el congelador, y Mercadona o Carrefour, lo patentan como helado. Los helados han de ser de frutas, normales o exóticas, aunque prefiero las normales: chocolate, plátano, fresa, limón. Tengo un hijo al que sólo le gustan los helados de piña (probados por primera vez en su vida en una heladería muy famosa de la tierra de D. Nuevavidavirtual, y que creo que se llama Los pequeños Italianos, en la cogollera de Granada). El problema es encontrar un helado de piña como aquél.
    Heladerías ha habido en Málaga fundadas por gentes levantinas: Casa Mira, Jijona, Sirvent, La Ibense…, unas mejores y otras peores, aunque con el tiempo (y la producción industrial), todas han perdido en calidad. De todas ellas, Jijona, que estaba en C/ Mármoles, la mejor de la mejor. Sus herederos están más arriba, en Camino de Antequera, pero sin punto de comparación.
    Pero me voy a permitir (goloso por naturaleza y ferviente defensor de los aztecas que nos ofrendaron a los mortales el cacao), reconocer que los mejores helados no oriundos, han sido los de La Veneciana (no sé si seguirá existiendo, creo que como Murante). Nunca olvidaré cuando mi padre nos llevaba al centro y nos invitaba a sus formidables Casattas o Abisinios (uno para cada dos porque eran enormes). Con el tiempo volví, y, aparte de goloso soy tragón aunque no lo parezca, ni son lo mismo de buenas, ni lo mismo de grandes. En fin; a veces es verdad que el tiempo pasado (en heladerías), fue mejor.
    ¿Alguien conoce por su fama los helados britanos? ¿De qué se hacen? ¿De baked beans? ¿De kidney pie? ¿De shameful colonial indian tea?
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

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