El embrujo (FIN)

Assam oyó con cuidada atención las palabras de Ibn Battuta y discretamente salió del patio de la mezquita aprovechando ese momento de parálisis que sobreviene siempre tras la descarga de una tormenta. Al volver la última esquina, cuando ya nadie podía verlo, echó a correr. La chilaba blanca se le pegaba a las piernas y el viento de levante le golpeaba el pecho. Pasó por zarzas y matorrales, saltó las piedras gastadas que servían para cruzar el río y fue alejándose de la ciudad camino de las grutas del cerro que algunos llamaban coronado por su forma. Destrozado por el calor y la caminata, pero sin hacer ni una pausa, llegó a un terreno ocre, casi rojo, donde toda vegetación era un recuerdo de siglos pasados. Calcinada, reseca, sin vida, la tierra despedía un terrible olor a podrido. En la entrada de la cueva, agitándose como enloquecidos, miles de moscardones y tábanos formaban una cortina negra que parecía impenetrable. Assam entornó los párpados y sus pupilas dejaron la puerta abierta para que el cerebro analizara aquella imagen repugnante: detrás de los insectos, el Cenutrio de Guarromán y su primo (por todos llamado Bicho Garduño) entretenían su aburrimiento descabezando pajarillos vivos y sorbiendo su sangre; luego, arrojaban los cuerpecillos secos fuera provocando una conmoción entre los insectos que esperaban hambrientos dar cuenta de aquel festín. Tenían una red de pescar llena que les había servido de trampa. Por la noche la colocaban en el campo, contra ella chocaban las avecillas y… ese era el fin de sus frágiles vidas.

     El Cenutrio siseó a su pariente un sonido parecido al de un áspid cuando va a clavar sus dientes emponzoñados de veneno. La chilaba blanca de Assam había hecho saltar todas las alarmas y se dispusieron a comerse las vísceras de aquel tierno intruso. Un primer mordisco no sirvió de nada pues el muchacho lo esquivó con un simple movimiento del cuello. La tarascada sí fue más trascendente pues le rasgó la manga dejándole varios surcos rojos en el brazo, uno por cada uña, que pronto comenzaron a sangrar; pero no llegó a tocarle las venas del cuello. Las dos fieras recularon hacia dentro de la cueva y sigilosamente planificaron una nueva estrategia contra Assam, que no parecía ser tan cauto ni tan débil como los gorrioncillos cuya sabrosa sangre se habían bebido. “¿Y si le hablamos?” dijo el Cenutrio. Y enseguida salió de la caverna haciendo una aparatosa reverencia.

     —Forastero —silabeó el monstruo de Guarromán— perdona este recibimiento, te hemos confundido con uno de nuestros enemigos. En prueba de buena fe te invitamos a almorzar con nosotros, tenemos ricas viandas que seguro han de gustarte: de aperitivo, orejitas de infante a las finas hierbas… ¡No te asustes, era una broma! —dijo, echando una sonora carcajada al aire fétido que por allí reinaba— Como no hemos podido conseguirlas pensamos que los gelatinosos pabellones auditivos de murciélago podrían ser un buen sustituto. Luego, un caldo aliñado con una reducción de ácido fórmico. Y como plato fuerte… los muslos y la pechuga de esta palomita que tengo aquí enjaulada. ¿Cómo lo ves, chaval?

     —Lo veo muy bien —respondió Assam disimulando su miedo— pero no me quedo, porque una comida, aunque sea un banquete, si no tiene el final feliz del postre… no me gusta.

     Las dos fieras gruñeron de ira. Aquel muchacho resabiado estaba resultando inaguantable. Eran asquerosos, fieros, ruines, malvados y muchas cosas más pero no tontos: el sol se acercaba ya hacia el ocaso y el hambre corroía sus tripas. Cuando decidieron hacer una operación envolvente —el Cenutrio por delante haría juegos malabares con sus uñas negras que cortaban como navajas y, a traición, el Garduño por detrás le asestaría el golpe de gracia— Assam, mirando hacia el oriente, desde donde llega toda luz y el perfume de las rosas de Alejandría, invocó a Alá El Misericordioso, El Compasivo, y les dijo:

     —El postre que yo quiero no lo tenéis vosotros, pobres bichos charlatanes.

     —¿Y cuál sería?

     —Yo daría mi sangre por volver a probar algo que comí una vez, pero que es impensable encontrar en esta pocilga.

     El Cenutrio tenía en el abdomen unas tetitas pequeñas, pues era hermafrodita, que cambiaban de color como la piel de los camaleones aunque no en razón de la superficie que recorriera sino por la intensidad del mal humor que lo afectara. Marrón claro era el mínimo y púrpura con vetas verdosas el máximo. El muchacho vio cómo aquellas mamas se inflaban y tomaban un color rojizo con pintitas verdes que parecían fresas. Estaba a punto de explotar de irritación.

     —¡Aquí mi primo y yo, que sooomooos maaagooos —y pronunció estas últimas palabras enfatizando tanto que cada vocal salida de sus cavernosas fauces duraba una eternidad— podemos tener de todo lo que queramos, estúpido!

     —De todo, sí —replicó Assam envalentonado por el éxito que parecía tener el anzuelo que les estaba tendiendo—: sangre reseca, moscas y avispas, hedor de carne muerta, gusanos, plumas sucias, hormigas estrujadas… ¿Esas son las maravillas que sabéis hacer con vuestra magia?

     El Garduño, no pudiendo soportar más aquel escarnio se abalanzó cegado por el odio y el deseo de matar sobre el muchacho que, dando un salto, consiguió zafarse de aquella torpe embestida. La doble naturaleza sexual del Cenutrio de Guarromán —de macho, la perfidia y de hembra, la fuerza— le hizo adoptar una postura socarrona. El invierno había sido largo y aburrido y se estaba divirtiendo con aquel endeble muchachito que asomaba su melena negra con la primavera. Pensó que le tocaba mover pieza, como en se juego que había llegado desde lejos hasta Al-Andalus y dijo:

     —Hagamos una apuesta. Pide lo que quieras y si no lo tienes al instante… nos ahogas en el río. Pero si conseguimos poner ante tus labios ese postre delicioso que tanto añoras tu cráneo nos servirá de copa para beber la sabrosa sangre que de tus venas corra.

     —Qué va, ni mucho menos. Tu propuesta es tramposa de principio a fin. Si gano yo, me das la paloma que tienes enjaulada. Si pierdo, me desangrarás y hasta la médula de mis huesos triturados degustarás.

     Cuando los dos primos oyeron aquello un mareo de satisfacción les invadió, pues solían masticar los huesecillos de sus víctimas y chupar con delectación aquel jugo. Pensar en el zumito que le sacarían a aquellas tibias, fémures y peronés… los acabó de volver locos.

     —¡¡Sí!! Aceptamos —dijo el oriundo de Guarromán al tiempo que sus tetitas peludas y transformistas comenzaron a emitir destellos de un suave color rosa— y dinos ya que quieres de postre, tenemos gana de terminar este juego.

     —Enseguida, calmaos. Antes cumplid dos condiciones.

     —¡A ver, qué quieres ahora— dijo el Bicho Garduño con los ojos inyectados en sangre— ¡Termina ya!

     —Quiero un plato de oro para mi postre, si es que podéis conseguirlo con vuestra magia de oropel.

     —Alfanjí, jomanjá, tuprí, tuprá: lo que ahora es piedra… de oro será. Y ante el conjuro, un vulgar guijarro del suelo instantáneamente se convirtió en una bellísima bandeja de oro.

     —¡Qué maravilla, Cenutrio, qué grande eres! —dijo Assam poniendo los ojos en blanco— ¿Y si ahora quisieras convertirla en piedra otra vez?

     —¡Qué torpe eres! ¡Ja, ja, ja! Bastaría con recitar el conjuro al revés. Vamos, dime ya qué postre es ese que deseas tanto.

     —Cumple la segunda condición y en un momento todo habrá terminado: saca la paloma de la jaula y dale de beber, está desfallecida. No se escapará, ya he visto como le tenéis atadas las alas.

     —Hecho. El Garduño ya se está encargando de ello. Y ahora…

     —Bueno, es que no me fío de vosotros. Vuestra magia es de pacotilla, apenas son trucos rancios.

     — ¡Desembucha de una vez! ¡Que qué quieres de postre!

     —Quiero que esa fuente de oro esté llena… cuando diga tres…

     —Maldito charlatán, te lo prometo: jurelo, rujelo, cuando digas tres el plato estará repleto.

     —¡Quiero que el plato de oro esté lleno de perlas dulces! ¡Una, dos y tres!  

     Y, automáticamente, la fuente dorada se llenó del tan ansiado postre. La sorpresa los paralizó a los tres, pero Assam se recuperó más pronto pues se veía ganador mientras que el Cenutrio y su primo comenzaban a darse cuenta de la importancia de su fracaso… y dando un ágil salto, el muchacho cogió un puñado de aquellas perlas dulces y se las acercó al pico de la paloma prisionera que las comió con avidez. Al instante se transformó en la bella Fátima que, llorosa, agarró la mano de Assam buscando su protección. No habían cerrado aún sus bocas bobaliconas las dos fieras, hundidas por la sorpresa y la desesperación, cuando el muchacho dijo en voz alta:

     — ¡Alfanjí, jomanjá, tuprí, tuprá: todos los que ahora son alimañas… rosales floridos serán!

     La tierra pareció crujir. Del suelo surgieron gusanos, alacranes, ratas, víboras, lagartos… y todos ellos, al contacto con el aire, iban convirtiéndose en ramitas de un rosal frondoso al que le crecían las flores por minuto. El Cenutrio de Guarromán y su primo Garduño sentían —lentamente y de abajo hacia arriba, como santas juanas de arco invertidas, malignas— que sus garras y ancas iban poblándose de hojas; el fuego que los quemaba era peligrosamente hermoso y cuando el corazón y las tetitas se llenaron de sustancia vegetal, cerraron los ojos y murieron para siempre jamás.

EPÍLOGO

Grandes fiestas se convocaron para celebrar la liberación de Fátima. Los soldados colocaron pasquines por las zonas de mayor tránsito, invitando al pueblo a que subiera hasta la barbacana de la Alcazaba para escuchar las palabras del sultán tras la oración. Hubo música y dulces delicados hechos por las expertas manos de los reposteros de palacio. Se encendieron grandes hogueras y la gente rezó a la caída de la tarde con los ojos llorosos llenos de gratitud al Misericordioso, al Compasivo, al Grande: Alá.

     —Pueblo querido —dijo el sultán articulando con dificultad las palabras pues estaba embriagado de emoción— mi condición de príncipe me obliga a ser el más noble entre los nobles. Hasta ayer yo era un aristócrata tan desgraciado como poderoso y rico pues de nada servían mis soldados, ni sus lanzas ni sus flechas, ni mis diamantes ni mi oro contra dos fieras que con malas artes habían robado antes de su boda la flor más querida de mi jardín: Fátima, la hija predilecta. Hoy, gracias al joven Assam ibn Alí, la recupero… y sentada está a mi lado, sana y salva. Querido pueblo, después de haber orado somos más puros. Mi corazón ya un poco cansado quiere liberarse de protocolos y destilará siempre gratitud hacia el salvador de mi hija. Por eso le nombro desde ahora mismo Primer Consejero con categoría de visir. El tiempo nos dirá que sucederá después… porque hay una linda jovencita —y diciendo esto giró su cabeza hacia el diván donde estaba sentada la princesa paloma— que suspira profundamente cada vez que ve a Assam, el hijo de Alí, y yo sinceramente creo que eso es amor.

     Una ovación cerrada de la gente culminó el acto oficial y hasta altas horas de la madrugada siguió la música y la fiesta. Cuentan los sabios relatores de bellas historias en torno a los mercados y mezquitas que el matrimonio de Assam y Fátima fue feliz, largo y bendecido con varios hijos. Y que sucedió al suegro fundando una nueva dinastía. Ya ancianos, ambos esposos paseaban por los jardines de la Alcazaba mirándose a los ojos sumergidos en un eterno lago de atracción. La servidumbre nunca olvidaba colocar sobre una mesita, trabajada con una maravillosa labor de taracea, una fuente de oro con grandes racimos de dulces uvas malagueñas, tan bellas que diríase que fuesen perlas.

•Lectori Salutem•

Dedicatoria: Lleno de relamidos tópicos y embadurnado de pringosa sintaxis, como es mi estilo, aquí termina el cuento que he escrito como regalo para esas —ya cercanas— casi tres mil visitas a este blog. Mi agradecimiento y mi cariño para todos los que me han ayudado desde el principio hasta hoy. Y ayudarme ha sido meterle caña al Internet Explorer (o al Firefox de los demonios) y escribir esta dirección, y tomarse la molestia de leerme, y derrochar buen humor e inteligencia (savoir faire) a la hora de hacer un comentario. Echo de menos también otras voces, tan queridas para mí: su silencio clamoroso (esta contradicción se llama oxímoron) me duele. Pero así es la vida.

     La pestiñosa (o apestiñada) aventura en Valldemosa de Federico Chopin y George Sand —nom de plume de Amandine Aurore Lucile Dupin, última baronesa Dudevant— se plasmó en el libro “Un invierno en Mallorca”. Qué suerte la de estos dos amantes: tuvieron todo un invierno para quererse. Yo solo tuve tres días para amar (no me quejo, no me quejo).

Muchas, muchas gracias. De todo corazón.

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4 comentarios to “El embrujo (FIN)”

  1. Yo misma Says:

    Mi silencio ha sido expectante, esperaba el final de la historia y me alegro de haberlo hecho, comentar algo inacabado siempre me ha parecido escuchar a medias y la vida me ha enseñado que es una equivocación, perlas dulces que devuelven la libertad y palabras mágicas que convierten lo ruín en hermoso es el más bello final de una historia, a veces pocas sucede a nuestro alrededor y ello nos proporciona momentos de verdadera felicidad, no importa que dure tres días que por su intensidad bien valen por toda una vida.
    ¡Adelante corazón agradecido!

  2. José Andrés Says:

    Tiene Vd. una gran facilidad para escribir y describir situaciones, pero esos magos tan raros parecen sacados de un comic moderno de monstruitos “Manga”. Final feliz, que es lo que importa y mucha imaginación. Enhorabuena. Orator dixit.

  3. El temido (por su bravura) Says:

    Llego un poco tarde, pero tampoco es para tanto. No hay que meter mano en firexplorer ni la madre que lo parió. Simplemente hay que colocar la página en favoritos, y escribir (siempre que “alguien” no se la cargue, toque donde no debe, o intervenga el aspecto mágico que tiene la informática), y te vuelvan a pedir los datos.
    Ya mismo serán más de 4000.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

  4. El temido (por su bravura) Says:

    Ah, se me olvidaba. Yo también leía al Capitán Trueno y al Jabato, aunque en su versión en color. El hombre enmascarado valía 25 ptas.
    1 El coyote = 2 hombres enmascarados (El espíritu que camina).
    No voy a repetir lo de Delenda est Britannia, ni lo de Lector salutatus.

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