El embrujo (Casi un Capítulo: el 3) – (¡todos añoramos el final!)

Cien cabezas (o más) giraron al unísono. Cien caras (por lo menos) buscaron al autor de aquellas palabras suicidas. Cien pares de ojos (como poco, y sin contar las abejas y las mariposas) miraron la cara descompuesta del muchacho.

     —Pero ¿Cómo te atreves a bromear con esas cosas tan serias, niño imprudente? —dijo Amín el cirujano, con los ojos despavoridos.

     —¿Sabes que puedes perder la vida por reírte de una tragedia como esta? —pronunció Suleimán el matemático con la fría lentitud del que esconde una amenaza anidando en su corazón.

     Así, uno por uno, todos los hombres que acompañaban al gran viajero fueron vertiendo sobre Assam sus agravios cargados de bilis. Alguno alzó la mano para abofetearlo, y entonces se oyó la voz de Ibn Battuta, clara y bella como el surtidor donde bebían las palomas, diciendo:

     —¡Callad! Los viejos y santos hombres como vosotros no sois los únicos custodios de la verdad. Hasta el más fiero tigre fue manso alguna vez cuando mamaba de las ubres de su madre. Dejadlo que hable. Ven sin miedo, dime tu nombre y explícanos porque crees saber cómo se puede salvar a la princesa Fátima.

     Cuando Assam terminó de relatar su sueño el público quedó preso de una incertidumbre gris y sólida, más pesada que el plomo. No sabían si echar a patadas al impertinente o esperar respetuosamente la reacción del sabio viajero y secundarla. Y, por lo que allí se vio, eligieron no elegir. En cambio, Ibn Battuta abrazó al muchacho por los hombros y al poner la boca junto a su oído le dijo unas palabras misteriosas cuyo final solo fue lo único audible: “Inch’Allah. En ti confíamos”. Y acto seguido se ocultó dentro de la mezquita a través de cuyos laberínticos pasillos iba siendo guiado por su ayudante Ibn Yuzayy. El imán, a dos pasos de ellos, iluminaba con una antorcha los sombríos pasadizos en donde se consumía el incienso ardiendo en pebeteros. Cuando llegaron a las caballerizas, el gran viajero que había recorrido media Tierra, desde Tombuctú hasta Pekín, subió al caballo negro que le sujetaba un palafrenero y tras dirigirle un saludo de despedida al imán, sonriente le dijo:

     —Disfrutad de los acontecimientos, las estrellas han dicho que se aproximan cincuenta años de bonanza. Inch’Allah.

     Los dos jinetes, al poco rato, solo eran unos puntos móviles en el bello horizonte malagueño.

 

 

·Lectori Salutem·

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2 comentarios to “El embrujo (Casi un Capítulo: el 3) – (¡todos añoramos el final!)”

  1. el temido (por su bravura) Says:

    No puede ser que tardes tanto en mandar los capítulos. Me recuerda a cuando era pequeño y tenía que esperar que llegara el sábado para que mi padre me diera 50 ptas. y comprar la novela de El Coyote. (Por favor, no te molestes que no quiero comparar; es sólo la sensación). Bueno, de todas formas, Mallorquí era Mallorquí.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus. (Hoy no voy a tocar narices con el ALLEZ, ALLEZ GERGOVIA).

  2. José Andrés Says:

    Ahí vamos con la historia. Pero cada vez las hace Vd. más cortitas. Qué pasa, que quiere Vd. emular lo de las “Mil y una historias” ¿No? Aquí nos tiene esperando el Fascículo. A Lector salutatus le daban 50 Ptas, debía ser de familia bien.También es verdad que es de otra época más joven. Yo me conformaba con 1,50 para el tebeo del Capitán Trueno.Bueno,no olvidéis que estamos en Semana Santa. Que todo no sea folclore. Por cierto el vídeo de Youtube de la Semana Santa del barrio, se valora la intención, poco más.Orator dixit.

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