el embrujo (capítulo 2)

 

 

     Alí ibn Yusuf se extrañó de ver a su hijo despierto cuando todos los días tenía que hacerle hasta cosquillas en la planta de los pies para que se despertara entre bostezos y protestas. Se quedó boquiabierto cuando su hijo le preguntó con un ansia que jamás había visto en él por unas perlas dulces que, naturalmente, no podían existir. Así que, ante tantas tonterías, lo agarró de los hombros y poco a poco lo llevó hasta el brocal del pozo donde le echó un cubo de agua fría por encima de la nuca. Pero Assam insistió con los ojos anegados en lágrimas y agarrando fuertemente la chilaba de su padre: “¡Estoy seguro de que esas perlas dulces existen! ¿Dónde podría encontrarlas? Anda, ayúdame, por Alá el Misericordioso yo te lo suplico”. Y el padre, pensando que era una tontería de adolescente, le respondió burlándose de él:

     —De acuerdo. Mira, yo no sé nada de esas perlas y en todos mis años de vida jamás las he visto, no temas… eso no significa que no existan, pero atiende: a Málaga ha llegado el gran viajero Ibn Batouta. Si hoy trabajas con rapidez y haces bien todos los recados… te daré permiso para ir a verlo, seguro que lo encuentras en la mezquita despidiéndose del imán; he oído decir que va camino de Granada siguiendo la ruta de Alhama donde descansará y repondrá fuerzas con el vino que allí se hace y tomará los baños, pues hay unas fuentes de agua caliente muy famosas. Pues ya sabes —dijo el padre disimulando su risa—, nada más llegar a la mezquita te sientas a la sombra y, cuando sea posible, le preguntas a él lo de las perlas dulces, que para eso es un sabio…

     Assam corrió al corral, cogió delicadamente los huevos recién puestos y los puso en la cesta de palma; bajó la cuesta haciendo equilibrios y fue llamando una tras otra a las puertas de los vecinos que todos los días le compraban sus mercancías.  En un rato había terminado, y apretando el paso se encaminó al lugar sagrado de la mezquita. El gran patio poblado de enormes naranjos traídos desde Valencia transmitía paz solo con oler el aire perfumado por el azahar. Lavó sus pies y sus manos en la fuente de las abluciones y observó todo lo que ocurría a su alrededor, maravillado ante los juegos de luces y sombras  que hacían los rayos de sol colándose dificultosamente por el espeso ramaje de los árboles. Las losetas de barro vidriado húmedas y relucientes del canalito de agua que salía de la fuente eran un hervidero de palomas inquietas bebiendo y mojando sus patitas.

     De pronto, la cortina que ocultaba del sol y del calor la entrada a la mezquita se descorrió, y un grupo enorme de hombres salió en bloque rodeando a alguien que les hablaba y que provocaba el respeto general. Un vecino le tocó en el hombro a Assam y le dijo “¿No te acercas a escuchar los relatos del gran viajero Ibn Battuta?”

     —¡Es él, es él! —exclamó Assam, con los brazos en alto—. Y corrió desbocado hasta el grupo que discutía animadamente sobre los dioses griegos y sobre Mahoma. Unos palmos antes de llegar varios brazos musculosos de piel oscura lo detuvieron poniéndole las manos en el pecho. No podía acercarse, dijeron los guardias que lo protegían. Assam sintió que sus ojos se humedecían al ver que se le escapaba la única posibilidad de encontrar las perlas dulces imprescindibles para salvar a la princesa Fátima.

     ¿Qué podía hacer? ¿Cómo un niño iba a llamar la atención del hombre ilustre que, quizás, podía tener la solución de aquel problema?

     Volvió hacia atrás con la cabeza gacha, abrumado por la tristeza, y dio varias palmadas asustando a las palomas que se arremolinaron y echaron a volar haciendo un gran ruido con las alas. El grupo de hombres lo miró con gesto enfadado reprochándole aquel ruido que había interrumpido las meditaciones del viajero legendario que, ya con los ojos cerrados, recitaba una sura del Corán mientras todos se arrodillaban inclinando la cabeza hacia la quibla. Entonces Assam puso sus manos en el pecho, y lentamente se aproximó lo más que pudo a Ibn Batouta. Cuando paró la salmodia y todos quedaron en silencio reflexionando, el niño alzó la voz y dijo:

     —Sé como salvar a la princesa Fátima.

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3 comentarios to “el embrujo (capítulo 2)”

  1. José Andrés Says:

    Muy bien. Así se termina un capítulo. “No me conteste ahora, sino después de la publicidad”. ¿Ha pensado Vd en promocionar algo? Aquí es donde se podían meter las cuñas publicitarias. Orator dixit.

  2. el temido (por su bravura) Says:

    A ver cómo termina esto. Puede ser que el cielo caiga sobre la cabeza del Cenutrio de Guarromán. ¿Vas a enlazar Ibn Battuta con el Príncipe Negro? Ya hiciste alguna alusión a los Plantagenet en este blog. Esperamos el capítulo tercero.(Britannia, always Britannia).
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.
    ALLEZ, ALLEZ GERGOVIA.

  3. Carlos Says:

    Pues de nuevo por aqui y sorprendidisimo por tan maravilloso relato que me transporta mil años en el tiempo.
    Lastima que no hubiese nada arabe en el pueblo, tenia visos de nuevos laureles para usted.

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