el embrujo (Capítulo 1)

 Assam dejó sobre el camino empedrado las cestas y puso sus manos en la cintura, estiró la espalda y se le escapó un gemido mezcla de dolor y de cansancio. Siempre hacía que el borriquito al llegar allí se detuviera y mientras lo dejaba comer un poco de hierba él disfrutaba del hermoso paisaje. Sus ojos oscuros miraron al mar y luego a las piedras blancas del teatro romano donde picoteaban los gorriones trocitos de almendras y dátiles que la gente había dejado en las gradas para ellos. Una gaviota en permanente estado de alerta planeaba en el aire con esa elegancia malvada llena de soberbia del que se sabe mucho más poderoso que los demás: aquellos pajarillos le servirían de merienda si le picara el hambre; pero no era el caso, estaba haciendo la digestión de varios kilos de tripas de pescado y los gorriones no le interesaban lo más mínimo. Por el momento.

     A sus doce años, Assam ibn Alí —el hijo de Alí— trabajaba mucho. Alí ibn Yusuf —el hijo de Yusuf—, su padre, lo despertaba antes de que amaneciera para ir a la playa a recoger el pescado recién parido por las redes; cuando regresaba, el sol ya estaba alto, y sonreía alegremente al ver a su madre esperándolo en la puerta de la casa con el tazón dorado que llenaba de leche él mismo ordeñando a la cabrita que balaba felizmente al verle traspasar la valla del corral apartando a las gallinas y al conejo blanco para llegar hasta ella. La leche tibia era un placer tras la caminata y seguramente algo más comería antes de llevar los huevos al mercado. Quizás un puñado de pasas o alguna galleta cubierta de miel cogida de la alacena en un descuido de su madre. Si vendía pronto los huevos, iría corriendo a la huerta que estaba más allá de las Atarazanas; allí, su tío el tejedor le dejaba criar sus propios gusanos de seda. Por el camino cortaría ramas de morera llenas de hojas frescas y brillantes y después limpiaría un poco las cajas; algún pobre gusano habría sido devorado por las hormigas, que adoraban comérselos… los demás —feos, gordos y sonrosados— iban creciendo y preparándose para el emocionante gran cambio de sus vidas: dejar de ser terrestres, pasar a ser aéreos y regalarle a los humanos el tesoro de sus hilos dorados de seda.

     Cuando llegaba el momento mágico de fabricar la tela, se acostaba boca abajo en las baldosas de barro delante del telar que manejaba con maestría su tío, Abdullah ibn Yusuf, recibiendo con grandes aplausos el primer filito de tejido que salía.

     Pero esta vez las cosas fueron diferentes pues no le dejaron ni acercarse siquiera. Solo le permitieron mirar desde fuera por un ventanuco al interior del taller donde se estaba confeccionando la pieza de tela más delicada y hermosa que jamás se había visto no ya en Málaga… sino en todo Al-Andalus. Se casaba Fátima, la hija del sultán, con Muley de Sebta —príncipe de la hermosa ciudad que tras varios siglos se conocería como Ceuta— y los soldados amenazaron al tejedor con no pagarle si el valioso tejido tenía alguna imperfección por pequeña que fuera… Una simple hebra deshilachada podría causarle muchos dolores de cabeza a su tío.

     Cuando el verano convertía en un horno los tejados y las praderas aparecían secas como los ojos del mendigo ciego que recitaba oraciones y aventuras, el río Guad-Al-Medina refrescaba un poco a los obreros que en sus orillas lavaban las telas teñidas por ellos sumergiéndose en enormes depósitos de tinte. Estos hombres de cuerpos multicolores pararon en su tarea, y los que curtían las pieles arrancándoles hasta el trozo más pequeño de carne que tuvieran detuvieron su maloliente trabajo, y las lavanderas dejaron de golpear la ropa, y los niños que jugaban detuvieron su algarabía: el tejedor, rodeado por diez soldados del sultán, caminaba junto al burro que tiraba de un carrito de cuyo interior salía un reflejo dorado que casi hería la vista. Era la tela maravillosa con la que se haría la túnica que luciría la princesa Fátima el día de su boda. A cierta distancia, Assam seguía los pasos de la comitiva que se dirigía a la Alcazaba. Dio una carrera y se subió al arco de un vomitorio del teatro romano para ver mejor las armaduras de los soldados y la cara de preocupación de su tío. De pronto, el ruido de una ventana al cerrarse violentamente le hizo mirar hacia arriba. Tras una celosía, casi oculta por las sombras, pudo ver el perfil de una paloma blanca que, inquieta y nerviosa, aleteaba y recorría de un lado a otro la habitación de la princesa dándose golpes contra la persiana en un vano intento por huir. Una racha de viento frío meció los pinos de Gibralfaro. Gruesas nubes de algodón gris oscuro, a ratos casi negro, cubrieron la colina y una espantosa tormenta descargó sobre Málaga. Se llenó de gente la mezquita, todos lloraban y se dirigían a Alá, el Misericordioso, el Compasivo: pronto se supo —desde Cártama hasta Alhaurín, desde Granada a Almería— que Fátima, la hermosa princesa que iba a casarse dentro de pocos días, había desaparecido de su hogar.

     Como las desgracias casi nunca vienen solas, el novio —muy desconfiado y terriblemente molesto— pensando que había sido engañado subió a su maravillosa nave de doscientos remeros y ordenó al capitán que desatracara y pusiera rumbo a Ceuta. Antes de partir, desde lo más alto del castillo se pudo escuchar su amenazante voz de trueno diciendo:

     —Sultán, sultán, desde este mismo momento ya no eres ni mi amigo ni mi suegro. Pronto tendrás noticias mías. ¡Caiga sobre ti y sobre tu palacio el fuego de mi venganza y quémate en él!

     Aquella noche, cuando Assam regresó a su hogar, no podía olvidar las lágrimas de su tío al ver como se rechazaba su trabajo de tantos días. “¡De luto, de luto va a ser la tela que necesitemos, no esta!” gritaron los soldados del sultán empujándolo a la calle y tirando al suelo la costosa tela de seda laboriosamente tejida. Hasta muy tarde no se quedó dormido y a media noche tuvo un sueño: la paloma inquieta que revoloteaba en la habitación de la princesa entró por su ventana y le habló en estos términos dramáticos:

     —¡Assam, ayúdame, soy Fátima la hija del sultán! Un mago enemigo de mi padre me ha embrujado, sálvame, sálvame.

     —¿Un mago? ¿No será el llamado Cenutrio de Guarromán? —dijo el muchacho visiblemente nervioso.

     —¡Sí, sí! El mismo. Es el primo del Bicho Garduño, que tiene atemorizada a toda la población con su espantoso cuerpo mezcla de rata, avispa, serpiente y babosa —respondió la princesa que enseguida comenzó a llorar desesperadamente.

     —Va a ser muy difícil que yo pueda vencerlos, si solo soy un pobre niño de doce años…

     —Cuando me convirtieron en paloma, los oí leer el conjuro en un libro enorme de brujería, el Cenutrio de Guarromán, entre risas, dijo en voz alta el remedio y después arrancó la hoja del libro para que nadie, nunca jamás, me pudiera ayudar. Siempre lo recordaré, decía así:

 

“Perlas dulces has de traerle en una fuente dorada,

Cuando la paloma coma, de nuevo novia será

Y en el reino de su padre todo volverá a ser paz”.

     Chorreando de sudor, con la frente ardiendo, Assam se sentó en la alfombra que le servía de cama. Había sido una pesadilla pero nada le costaba intentar salvar a la princesa Fátima. ¿Nada? ¡Pero si el antídoto del conjuro no tenía ni pies ni cabeza! ¿Cómo iban a existir perlas dulces? ¿Perlas comestibles? Qué locura. Quizás la paloma princesa oyó mal, o —lo más probable— el malvado Cenutrio de Guarromán la había engañado.

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2 comentarios to “el embrujo (Capítulo 1)”

  1. José Andrés Says:

    No deja de sorprendernos esta vida virtual. Resulta que abandona los misterios de Agata Christie y Simenon y nos transporta al mundo de las Mil y una noche. El cuento nace con vocación de ser una buena novela. A ver si no se cansa y “mata” a la paloma, a la princesa y a toda la corte califal. Eso alegraría al malvado Cenutrio de Guarromán y no estaría bien. Esperamos ansiosos los capítulos siguientes. Tampoco hace falta que sea cada noche. No se agobie Vd.
    Orator dixit.

  2. El Amanuense Says:

    Qué gracia ha tenido usted, desconocido amigo “Orator”. Y qué intuición tan grande la suya, tal parece como si me conociera de casi toda la vida. Ciertamente la paloma está más cerca de que le retuerza el cuello y me la coma estofada que de volver a su ser natural, la princesa… Dios dirá. Muchas gracias, me he reido mucho. Lo de la corte califal es todo un hallazgo.

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