amor filial (dedicado a mis lectores mudos)

     El clic del interruptor sonó nítidamente en la soledad de la noche, sólo entraba un poco de luz por la ventana procedente de las farolas de la calle y del letrero luminoso de neón que relampagueaba anunciando inútilmente que allí abajo se servían desayunos y meriendas. Boca arriba y tapado hasta los ojos cuando el reloj de cuco graznó diciendo que eran las doce de la noche el hombre saltó de la cama por el lado derecho. El suelo estaba helado y casi chocó contra un receptor de televisión impropiamente grande para un dormitorio y un biombo de madera compuesto por mil tablillas orientables que tamizaban el fuerte sol al mediodía. Cruzó el pasillo, entró al cuarto de baño y se vio reflejado en el enorme espejo. Cuando pulsó el botón brillante de la cisterna y la catarata de agua paró se quedó pensando y dijo en voz alta: “¿Porqué no esta noche?”. Apagó la luz de tres tubos fluorescentes que desde el techo casi herían la vista al rebotar tanta claridad sobre los azulejos blancos y, moviendo la cabeza de arriba abajo, complementó lo dicho antes con un lacónico “Esta noche será”.

     Anduvo descalzo hasta el otro extremo de la casa y ya en la cocina sacó toda la panoplia de cuchillos que tenía, los extendió sobre el tablero blanco de mármol y con el dedo índice fue comprobando su afilado borde uno por uno. Finalmente escogió  el más pequeño y estrecho, que era prácticamente una daga, volviendo a guardar cuidadosamente todos los demás. Cerró el cajón del mueble y abrió la puerta de un armario donde abundaban los productos de limpieza, trapos del polvo que dejaban aún entrever su pasado glorioso y un largo etcétera en el que cabrían un sinfín de cosas; sacó de su envase unos guantes de látex de color verde y sacudió dentro de ellos un inocente bote de polvos de talco en cuyo cilindro de cartón el fabricante había colocado el dibujo de un bebé sonriente mirando al espectador, tumbado boca arriba sobre la palabra “gentle” (suave) y con las piernas alzadas de tal manera que la más cercana tapara los genitales mientras caía como una lluvia de estrellas sobre tal sitio. Los tétricos guantes se le ajustaron a las manos como una segunda piel. La talla era más que adecuada, perfecta; se notaba que no era la primera vez que usaba ese siniestro complemento.

     Con la misma lentitud ceremonial que un luchador japonés emplea para anudarse el fundoshi, el hombre enguantado se acercó a su víctima, la observó detenidamente y después comenzó a clavarle el cuchillo y desgarrarla ciegamente hasta reducirla a despojos blancos, sin el calor de la vida, que iban cayendo al suelo sobre charcos cada vez más extensos. Después, guardó en el frigorífico varios paquetes envueltos en papel de aluminio.

     Cuando su miserable tarea terminó, aún tuvo la sangre fría de sonreír mientras cubría el suelo con toallas que lo empapaban todo. Luego, tiró los guantes al triturador de la basura y lavó con lejía el cuchillo; lo secó con la camiseta y lo introdujo en un bolsillo del pantalón como si fuera un destornillador. Se dirigió a la escalera que llevaba al piso superior donde descansaba su anciana madre y vio que todavía estaba despierta por la rendija de luz que salía de su dormitorio. Hizo una pausa en el descansillo y le gritó: “¡Madre, te vas a enterar de lo que sé hacer con mis manos!”. Acto seguido, soltó una terrible carcajada mientras apretaba los puños. “Mami, voy a darte una grata sorpresa”. Antes de girar el pomo de la puerta palpó el cuchillo, después abrió y asomó la cabeza dentro de la habitación. La mujer enjuta, con gafas de oro redondas y una manta sobre las piernas miraba a su hijo más querido. Había pasado una semana con ella, como todos los años antes de irse a pescar a Terranova, y mañana se embarcaba.

     —Madre, tenías el congelador con un metro de hielo. Ya te lo he dejado listo para una buena temporada. Dame un beso y hasta mañana.

 

·Lectori Salutem·

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2 comentarios to “amor filial (dedicado a mis lectores mudos)”

  1. El temido (por su bravura) Says:

    Los rayos incidentes esperamos algo que desencadene la tormenta. ¡Chapeau!
    Delenda est Britannia. Allez, allez Gergovia.
    Lector salutatus.

  2. José Andrés Says:

    ¡Muy bueno! Está en la línea de los grandes novelistas del suspense. Aquí se ha quedado Vd. en relato corto, pero mantiene la atención hasta el final, que es lo bueno. Enhorabuena.
    Orator dixit.

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