respuestas

1

Gracias a ti, <Yo misma>. Los que tenéis la amabilidad de leerme conseguís que cuando pregono desde aquí se me abran las ventanas del corazón, aireándolo, pues hay veces que las telas de araña que invaden las habitaciones —aurículas, ventrículos— son tan espesas que parecen jarapas alpujarreñas. A mí me gusta la gente mucho. Yo disfruto observando a los seres humanos. Y así como hay un Síndrome de Stendhal* tendría que haber otro explicando la ansiedad que produce el pensar cuántas personas hay en el mundo a las que no conoceré. El autobús es una fuente inagotable de observaciones y una caja de sorpresas. Flash uno: pareja de adolescentes abrazados en el último asiento; él mete la mano por la manga corta de la blusa de ella intentando llegar a territorios más —¿cómo decirlo para que se entienda pero sin lesionar el buen gusto victoriano de este blog?— montañosos. Ella le da una torta y echa la cabeza sobre el pecho de él, abrazándolo, quedándose casi dormida. Flash dos: abuela joven con nieto de unos dos años. Él lleva en la mano derecha un teléfono móvil de juguete y en la izquierda aprieta fuertemente una especie de lagarto de plástico negro como si se le fuera a escapar y mira atentamente la calle desde su asiento; en un momento dado —quizás por ese sexto sentido de los niños y de los perros— me mira y se da cuenta de que yo lo estoy mirando y pensando en él. Cuando yo vi Málaga por primera vez lo que más me gustó de todo fueron los camiones y la luz brillante que agrandaba los espacios. Yo era un niño parcialmente cateto porque pasaba muchas temporadas en Granada que, por aquel entonces, era como una mezcla de Estambul y de Aquisgrán con detalles pueblerinos que le daban mucho encanto. Málaga en cambio era cuatro calles y, además, peleadas entre sí. Pero tenía camiones. Y un puerto lleno de agua y de olor. Flash tres: matrimonio de ancianos; en la parada ya habían estado hablando conmigo, y entre quejas y quejas por la tardanza del autobús me dijeron que llevaban sesenta años casados. Él tenía ochenta y tres años, y había sido militar. Cuando empezó a contarme que una vez estuvo a veinte grados bajo cero su mujer puso el dedo índice cruzando su boca y como en un susurro le dijo “No marees a este hombre”. Y automáticamente él se calló. Gracias <Yo misma> por leerme.

2

Mire caballero —supongo, pero vete tú a saber— que esconde sus frustraciones imperiales bajo el seudónimo o nick de <El temido (por su bravura)>: ni ambrosía que me dieran haría más digestiva la lectura de esos bodrios de Uderzo y Goscinny que defiende con ahínco. Si usted tiene hijas o hijos y les da a leer esas perniciosas machangadas conseguirá desvirtuar la Historia y perjudicar sus mentes cándidas. Los maravillosos Volkswagen se inventaron en la Alemania de Hitler. El fascinante arquitecto Speer fue nazi hasta la médula… Contra ese monstruo de ridículo bigote no hubo ningún Astérix, ni Obélix ni pócima que parara sus atrocidades. Seguramente a estas horas (de madrugada ya en España pues son casi las diez de la noche) habrá millones de estudiantes en todo el mundo que estudian en su tomo de Derecho Romano la auctoritas o el summa ius summa iniuria. Otros admirarán el puente de Alcántara que tiene casi dos mil años de vida. Sin pócima lo hicieron, eso y mucho más. De los desastrados galos poco o nada nos ha quedado: apenas quelque chose de jolie, quelque chose de beau. Triunfaron los césares, que romanizaron hasta las tierras hiperbóreas. Por eso son —somos— hoy personas.

3

Amable lector <José Andres>: lamento ver la Fe como la pócima de los galos. Durante la guerra civil española fue muy popular el detente bala, si no me equivoco especie de escapulario que casi siempre resultaba perforado por un proyectil y consecuentemente su dueño tirado en el suelo muerto. El islamista que se forra de explosivos y salta por los aires busca el paraíso. Le sobra Fe y le falta raciocinio. Una de las cosas que más me duelen reconocer a estas alturas es la convicción de que Dios no existe. Se lo dice un creyente que se santigua antes de meterse en la cama.

 

 

*Telele que le entra a los turistas en Florencia y que cursa con aceleración de los latidos, vértigos y alucinaciones. La causa es la acumulación de tanta belleza, según describe la siquiatra G. Magherini (1989). No afecta a norteamericanos ni asiáticos, tampoco a los italianos. Lo padecen más las personas que viven solas y las que han recibido una educación en la que se aprecia lo clásico y los valores religiosos. [Wikipedia dixit = Wd]

·Lectori Salutem·

 

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2 comentarios to “respuestas”

  1. Orator Says:

    Esto se anima. Gracias, lo primero, por tener la amabilidad de dirigirse usted a sus más fervientes lectores, por lo menos no silenciosos. Su comentario nos dará pie para sucesivos intercambios. Ahora sólo quiero hacer un breve comentario, por falta de tiempo. Veo que Vd. es como aquel que decía que “gracias a Dios era ateo”. Hay una cosa que me encanta y es hablar con gente culta. Estos son temas que muchas veces no se puede ni intentar hablar porque hay una falta de respeto que, como muy bien ha dicho Vd. varias veces es como “echar margaritas a los cerdos”.No es su caso. Yo sé que Vd. me sabrá, por lo menos, atender mis opiniones al respecto. Sé que después de todo la libertad de cada uno está por encima de todo y eso es inviolable. Hace tiempo tuve un vecino que se confesaba ateo convencido y me tiraba mucho de la lengua porque sabía que yo era creyente y que, por aquel tiempo, estudiaba Teología.Al final yo le decía que yo no le iba a “demostrar” nada, pero que él tampoco me lo podría hacer a mí. Seguiremos. Orator dixit. (Ahora no se me ha escapado la “t”, Lector salutatus -Cave Ciceronem-).

  2. el temido (por su bravura) Says:

    No confundamos comidas (o bebidas) que garanticen la inmortalidad, o sirvieran a dioses, con digestivos (hoy omeprazol, ayer bicarbonato). Hay historiadores que dicen que cada pueblo tiene lo que se merece; peor aún es que tengan lo que han elegido; y aunque nadie discute la romanización y sus aportaciones a la cultura universal, tampoco podrán discutir el derecho de esos pobres e irreductibles galos, a resistirse en clave de humor, al paso y al peso de la historia. No nos confundamos, como ha ocurrido con los digestivos y antioxidantes (la ambrosía podría serlo). ¿Quién sabe si la poción mágica no la contenía?
    Delenda sunt Cartago et Britannia(vaya, se coló Cicerón). Lector salutatus. ¡Por Tutatis!

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