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Confieso que ayer, Miércoles de Ceniza, tuve un destello de nostalgia y la fuente de luz no podía ser otra que mi propia debilidad con respecto a los temas eclesiásticos. Anoté en mi pizarrilla de avisos la efeméride y por la tarde, con dos bolsas de plástico de Eroski en las manos —espárragos, cruasanes, atún sin aceite, guisantes—entré a una iglesia donde sabía, por la hora, que estaba la misa mediada. Solo quería el tiznón en mi frente y no haría caso de la obviedad que en forma de salmodia —memento homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris— impersonal y de pésimo gusto diría el sacerdote mirando la cola de personas que tenía ante sí, hastiado, agobiado o ambas cosas a la vez.

Para mi sorpresa, el templo estaba lleno a rebosar. Un aire denso, viciado y casi maloliente reinaba en la estancia. Aunque siempre es posible sentarse en una iglesia, puse la espalda contra la pared y me quedé de pie en el fondo, junto a la puerta. El oficiante, en breves minutos pasó a predicar la palabra de Dios —qué dosis de ingenuidad más grande hay que tener para aceptar eso como cierto— inmediatamente después de la respuesta colectiva “Te alabamos, Señor”.

Respuesta colectiva normalizada o estándar, pero que el beaterío seguro de sí mismo y de sus parcelas en el Cielo transforman añadiéndole una partícula que enrancia y distorsiona la liturgia. Ellos, los santos de misa diaria y diaria mirada despreciativa hacia el saco de mierda que duerme tirado en la calle, les connoisseurs, dicen “Te alabamos, Señor Jesús”. Qué rabia me da. Por cierto, yo admiro y respeto a las personas religiosas e íntegras. Alguna vez pude ser una de ellas, luego… fue imposible.

Hace casi un año, en la Semana Santa pasada, reviví muchas situaciones de mi vida. Y todas ellas estaban relacionadas con una iglesia. Para quien me conozca superficialmente aclararé que nunca quise ser ni fui seminarista, ni monaguillo, ni cura ni fraile. Tampoco he decidido hacerme transexual para ingresar como novicia en un convento. Quien así lo desee, que se dirija a la asociación italiana CasaPound —en la vía romana Napoleone III los encontrará— y quizás consigan la misma protección que le están dando al italiano de cuarenta y cinco años aspirante secreto a monja.

En España no hay tradición filantrópica. Los ricos ibéricos —suena a jamones, pero no lo retiro—nunca han sido ni generosos ni progresistas. ¿Sabes, lector o lectora, cuál es el lema de esta asociación italiana? Pregunta retórica porque de todos modos iba a poner la respuesta: Contro l’usura e il carovita, per la giustizia sociale. Supongo que no tendrá mucho éxito, pero dormirán con la conciencia tranquila. Naturalmente yo siempre he considerado a las tres mafias italianas como instituciones beneméritas. Y más funcionales que una olla exprés.

         Cuando entré en la iglesia de San José Obrero empezaron a moverse los recuerdos. La nave lateral izquierda, con su hilera de tres confesionarios, parece ajena al paso del tiempo y se conserva igual que cuando yo me arrodillaba y decía unos prólogos introductorios previos a la enumeración de mis terribles pecados que, cucamente, citaba de manera perifrástica —περφρασις— dando un rodeo precioso: “Me acuso padre de haber faltado al sexto mandamiento” por ejemplo. Y, claro, así evitaba detallar mis ingenuidades. Hice la foto del confesionario ante el que yo me situaba siempre evitando el del padre M***, cura que me trataba siempre con desprecio; él era un buen confesor de muchachos y de hombres… fogosos, digámoslo así. Muy llano. Demasiado espontáneo, quizás. Yo remoloneaba entre bancos y columnas cuando se quedaba libre él, para eludirlo. Ruego que nadie vea fantasmas almodovarianos. Solo he repetido una vez más que ni la Iglesia ni los de Franco me quisieron nunca. Ni yo a ellos, desde luego.dscn2331

·Lectori Salutem·

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Una respuesta to “”

  1. José Andrés Says:

    Admiro tu sinceridad cuando escribes y tu estilo, pero me ha llamado la atención un par de cosas: 1)Hace tiempo que no se dice lo de “Memento homo…” Se dice -y en castellano- “Convertíos y creed en el Evangelio”. Tenemos que admitir que hay muchas cosas que deberíamos cambiar el rumbo. A veces hasta 180º. No siempre hacemos las cosas bien, no siempre hablamos bien de la gente, no siempre tendemos una mano a quien nos cescesita etc..Y lo de creer en el Evangelio,eso de “creer” es ya más personal. Yo personalmente creo, quizás es en lo que más creo de este mundo. Todo es bondad, misericordia con los pobres, desvalidos… Coge la buena costumbre de leer cada día el Evangelio y verás cómo empiezas a ver las cosas de otra manera y ya no te parece tan raro eso de que la Palabra proclamada en la Liturgia se le llama “Palabra de Dios”. 2) muy alegremente llamas a la gente que estaa en la iglesia “beaterío”. Tú también estabas. ¿Tú no formabas parte del beaterío? Podía haber otro espectador que así lo creyera. Nunca podemos juzgar a las personas en general. Seguro que en esa multitud había personas muy obsesionadas por el rito y el cumplimiento y desprecian al pobre que duerme entre cartones. Esos serán como el fariseo que subió a orar al Templo, pero también habrá muchos pobres publicanos que sienten esa llamada a la conversión el primer día de Cuaresma. ¿No serías tú uno de ellos y por eso te dirigiste a la Iglesía? ¿No recibirías alguna señal de que ya era hora de volver a aquellos tiempos en que tú te considerabas persona honrada y religiosa? No quiero decir que no sea honrado que eres a carta cabal, pero esa pequeña inquina contra los curas… Olvídate de ese cura que le gustaban los fogosos. Siempre hay eclesiásticos que mejor que se hubieran dedicado a otros menesteres. Bueno, P***, perdona la “homilía” que te he endosado. Ya sabes que entre nosotros hay confianza y una sólida amistad desde hace muchos años. Un abrazo.

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