SAVON PARFUMÉ – SOAP- JABÓN (¿qué más dará de lo que se hable? lo importante es escribir)

     Envidio —sería hipócrita decir que de manera sana— muchas cosas en este mundo. Una de ellas es la saludable costumbre de ducharse por la mañana antes de ir a trabajar. Me repele el agua a esas horas. En cambio, desde que llegan los primeros calores, allá por los finales de mayo, no puedo comer sin haberme echado agua por encima. En tiempos de friolera como ahora, por la tarde cuando cae sol es el momento del s.p.a. con la radio puesta, claro está.

     Descubrí hace poco tiempo el champú sólido. Todavía me acuerdo de que en mi infancia los hombres se lavaban la cabeza con sosa y luego las mujeres les aclaraban el pelo con vinagre. Si después de eso tenían pelos, que los tenían, habrá que reconocerles una supremacía genética extraordinaria. Más recientemente he visto a una rubia espectacular lavarse la cabeza con cerveza y enjuagarse el pelo, luego, con el agua del mar. Será cuestión de probar ese procedimiento para conseguir unas mechas doradas que tanto agradan.

     Yo siento fascinación y afecto por las pastillas de jabón  aunque la saponificación de los esteres grasos fuese un tema del libro de Química que yo odiaba tanto.

     En las matanzas de los cerdos se hervía en calderos la grasa resultante y después se le añadía sosa cáustica —¡niño, apártate, no se te ocurra tocar esto!— en el momento de espesar se volcaba en cajas de madera forradas de papel; aquella pasta fría y cortada a tacos era el jabón para la limpieza de casi toda la casa, personas incluidas. Un jabón de color verde pálido que duraba el año entero. El ilustre barcelonés Dr. Trueta llegó a curar las heridas con ese mismo tipo de jabón cuando se terminaron los antisépticos en la Inglaterra de la Segunda Guerra Mundial. Eso me lo contaron visitando Oxford, donde también hizo carrera tras huir de España al final de la guerra civil.

     Sentí un dolor muy agudo —subiría los labios frunciendo simultáneamente el entrecejo en la mueca que hago si me abofetea la tristeza y el asco— al leer que cuando liberaron los campos de concentración nazis se encontraron pastillas de jabón hechas con la grasa de los judíos. He visto fotos de entierros en los que no hay cadáver sino tremendas, desgarradas migajas de jabón salido del martirio de un ser querido. Yo nunca perdonaré ni olvidaré ni minimizaré el Holocausto. De ahí que aplauda el enfrentamiento que con carácter universal mantienen las autoridades alemanas —tan ejemplares casi siempre— contra todo aquel que defienda el Negacionismo ofendiendo la memoria de los que tanto sufrieron. Hasta el Papa —ay, este Bene ¿qué vamos a hacer con él?— tuvo que coger el móvil y llamar a Angelita Merkel para suavizar la tensa situación creada entre ambos estados por una estupidez de Su Santidad. Una más.

     Cuando me mudé a Málaga en los comienzos de la década de los sesenta —del siglo veinte, sí, ya lo sé, qué pesadez— en un callejón entre la calle Pozos Dulces y la de Especerías había una casa de estraperlistas donde se vendían de contrabando traído de Gibraltar desde medias de nylon, fajas, relojes y hasta brochas de afeitar pasando por paraguas plegables, radiotransistores, tabaco, linternas, impermeables, pilas, plumas estilográficas Parker, encendedores, champú y, por supuesto, jabón LuxNueve de cada diez estrellas usan Lux, así se tradujo al Español el eslogan norteamericano: 9 out of 10 Screen Stars use Lux Toilet Soap— y Camay. Recuerdo haber ido una vez con mis padres acompañando a alguien que quería comprar un encendedor con forma de barco para un regalo —años después conseguí yo uno casi igual— y la teatralidad de la venta se me quedó grabada para siempre.

     Tras llamar al timbre del portal asomaba la cara una mujer que, de entrada, te decía que allí no se vendía nada y que estabas en un error. Cuando, abochornado, te dabas la vuelta para huir de aquella ridícula situación la estraperlista —la contrabandista— hacía que te detuvieras en seco al oír a tu espalda: “¿De qué talla quiere usted la faja?” (por ejemplo) y que en realidad era la frase clave con la cual te invitaba a seguirla hasta el fondo de una tienda con su mostrador y todo, pero sin ventanas ni luz natural.

     Ahora mismo tengo varias clases de jabón bueno (y caro) procedente de regalos de cumpleaños, santos y otras atenciones con mi inmodesta persona; huelen a sándalo, vetiver, té verde o aceite de oliva griego (Futiko sapouni me ladi kai ekculismata eliaz) pero la auténtica joya de la corona es una pastilla de jabón Floris Élite que, como todo el mundo sabe, es uno de los que se usa en la casa real inglesa desde finales del siglo XVIII. Lo más curioso de todo es la historia de este perfumista, que tanta gente desconoce: natural de Menorca, empezó siendo barbero y fabricante de artículos de aseo como cepillos y peines, además de las colonias personalizadas que llegaron a ser más de cien. La fachada de su negocio en el número 89 de Jermyn St. (Londres) se mira aún hoy con la unción propia de un santuario. Otro día hablaré de las brochas de afeitar Kent y lo que anduve para comprarle una a mi padre; de pelo de tejón (pure badger), aquello le duró… siglos. Le compré también una taza blanca que contenía el jabón de afeitar. [Esta maldita conjuntivitis, que me pone los ojos llenos de lágrimas, maldita sea. Dejo ya de escribir por hoy.]

 

 jabonrey1

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3 comentarios to “SAVON PARFUMÉ – SOAP- JABÓN (¿qué más dará de lo que se hable? lo importante es escribir)”

  1. Carlos Says:

    …como siempre, me encanta leerte. Cuanto partido has sacado a una pastilla de jabon que para cualquier mortal no es mas que algo que a penas se usa, desplazado por el gel.

  2. El temido (por su bravura) Says:

    No quiero entrar en temas resbaladizos como éste del jabón y la higiene corporal, pero no voy a dejar de hacer mi pequeña aportación con un poema anónimo con claros precedentes quevedescos o ricardianos; helo aquí:
    “Hermanos fieles
    hermanos mortales.
    No lavaos el cuerpo con geles
    ni en el baño poned sales.
    Limpiáoslo con cristales
    que hasta el pellejillo sale”.

    De todas formas, siempre he asociado al jabón momentos gratos (es una imagen que se refuerza con un aroma, y con los antiguos anuncios en blanco y negro, acompañados de su música correspondiente). Nos entraban por todos los sentidos, ya que a veces, atraído por el olor, llegué a probar algunos.

    Moussel, Moussel, para baño.
    Moussel, Moussel, para ducha.
    Moussel, Moussel, un producto Legrain, París.
    (RECIPIENTE ORIGINAL DONDE LOS HAYA).

    Derlavón, Derlavón… la espuma de nácar.
    Derlavón, Derlavón… ¡qué suavidad!
    La espuma de nácar.
    (RECIPIENTE CLÁSICO, PERO CON DISTINTOS COLORES SEGÚN EL AROMA).

    El peor perfume de todos, pues Lavanda INGLESA de Gal (faltaría plus).

    Un pituitario saludo.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

  3. hide at the shadows Says:

    Los jabones de ahora son una moda. Como lo fueron en su día las tiendas de frutos secos, de esos que comprabas al peso y comías a dos carrillos cuando no te veía el dependiente.

    Me encantan los que intentan cuidar la piel. Los que quieren ayudarte a resistir el paso del tiempo.

    Por siempre Dove. Delicioso.

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