¿divino tesoro la juventud?

 Jamás el peso de la nube parda,

cuando amenace la elevada cumbre,

toque tus hombros, ni su mal granizo

hiera tus alas.

 

2

     Cayó la sombra de la adolescencia sobre mí como la nube parda del poeta Esteban de Villegas (1589-1669): el mal granizo de las circunstancias rozó mis alas y yo, que merecía haber subido hasta lo alto, tropecé con un aire tan frío que me congeló la risa de la juventud. Ana Belén canta “… la pena deja plomo en las alas…” y tampoco conocía entonces esa regla de vida, ese teorema tan andaluz que dice: A las penas, puñalás. Yo fui tan torpe que metí mis penas en una jaula y les daba pistos —como decía Quevedo— varias veces al día con regularidad: ¡Qué tonto! Así, engordaron tanto que parecían hidras gigantescas y muchas veces me quisieron matar. Una vez casi lo logran.

     Cuando entré en la universidad mi vida cambió. Una noche de verano me pidió mi madre que la acompañara a dar un paseo por el barrio para tomar el fresco y, agarrada de mi brazo, me preguntó con el tacto y la delicadeza que tenía si quería ir a un médico endocrino para adelgazar un poco y sentirme mejor, me insistía en que ella me haría el régimen, que no me preocupara por nada… Adelgacé veinte kilos, me compraron ropa más moderna, cambié de gafas, estaba guapo y rodeado de comunistas por todas partes menos por una (1) ¿Qué podía pedir más para ser feliz? Fumaba tabaco inglés (un cigarro, que entonces se vendían sueltos, o un paquete: según el dinerillo que hubiera), iba a conferencias en las que futuros líderes políticos ponían a parir a Franco y al futuro Rey; la policía nos daba sustos, se cerraba la facultad pero corrían los programas por orden del Rectorado de Granada (de quien dependió Málaga siempre) con lo cual solo aprobaban los repelentes de siempre y las niñas ricas de Sevilla y Jerez —¡sí, claro, las que fumaban con el Dupont de oro al lado!— que tenían buenas agarraderas en todos los sentidos; yo estudiaba de una manera extraña y poco práctica: mucho lo que me gustaba y poco lo que no me gustaba, saqué notable en Derecho Administrativo, en Derecho Político, sobresaliente en Historia de las Doctrinas Económicas, en OCPH (2), en Derecho Financiero y Sistema Fiscal, en Estructura Económica… coñazos monumentales, pero se me atragantaron otras cosas que fueron saliendo como las sevillanas —Mírala cara a cara que es la tercera—, poquito a poco y con la ayuda de Dios, que todo lo puede. Aquí, hoy, una sonrisa; entonces, una amargura.

     En lo que seguramente Dios no me ayudó —o quizás sí, porque bien pensado Dios es Padre, y los padres son comprensivos con sus hijos; en cambio el Bene-SuSan es solo un inquisidor desinformado (3) y rancio— fue en faltar a clase y meterme en el cine Atlántida con los amiguetes para ver alguna que otra peliculilla clasificadas como de “Arte y Ensayo” (medio porno). Qué cínicos y falsos hemos sido en este país para el consumo de carne. La primera película medio porno que vimos (toda Málaga se espió mutuamente en aquella cola inmensa que se prolongaba calle Frailes (4) abajo: los que salían del cine, intentaban que no los vieran y recíprocamente quienes estaban esperando procuraban volverse de espaldas y fumar, siempre fumar: en esas situaciones siempre se fuma demasiado) fue “Helga, el milagro de la vida” (1967).

     ¿Argumento? Más o menos un parto. Uno de los muchachos de la pandilla se nos mareó y salimos con él casi en brazos. El pobre estaba verde, pero aguantó hasta el final.

     Qué desastre de película y de época.

(Continuará)

 

***

 

Notas

(1) Ultraderecha, sí. La de entonces. Desde carlistas hasta falangistas. Y luego, los maoístas, que daban asco. Se cuenta que Mao nunca —he dicho nunca— se lavó los dientes.

(2) “Organización, Control y Procedimiento de la Hacienda Pública Española”. De alguna manera, los alumnos teníamos que abreviar aquel título espantoso de una asignatura conformada por cientos y cientos de folios y libros de don Enrique Fuentes Quintana, el mejor hacendista que había y luego ministro de Suárez si no me equivoco. Pero qué ladrillazo.

(3) SuSan Bene es, obviamente, Su Santidad Benedicto XVI, que sigue sin enterarse de que debería quitar este año las procesiones de Semana Santa de Sevilla y Málaga, para que todo sea laico. Y quien quiera que saque en un trono a la Tere Fernández.

(4) La calle Frailes —junto con Puerta Nueva, calle Camas y aledaños de Carretería— fue un importante núcleo de prostitución urbana. El monte Gibralfaro y su castillo llegaron a ser la metaprostitución, un submundo paralelo, una realidad trasvasada al ámbito de lo onírico. Los más chicos y/o tontos como yo oíamos contar cosas vertiginosas y espeluznantes; cuando íbamos de paseo familiar con los padres, hermanos y vecinos en las soleadas tardes de domingo se nos salían los ojos de las órbitas mirando a hurtadillas a ver si veíamos —por ejemplo— a “la del pañuelo” y sus clientes. Gibralfaro merece un capítulo aparte.

gelga3

 

·Lectori Salutem·

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