margaritas ante porcos

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Margaritas ante Porcos. Es decir: echarle a los cerdos perlas para comer. Esta frase latina suele interpretarse siempre en clave del dolor que produce la ingratitud humana. Yo quisiera dar una versión más objetiva: hay egoístas, hay traidores, hay miserables… porque hay imbéciles que confiaron en ellos.

La primera obligación del que ama es ponerle fecha de caducidad a su amor.

La primera obligación hacia un amigo es prever cuántos días lo será.

La primera obligación ante un amante es pensar que las pasiones más satisfactorias son las que se pagan en un prostíbulo.

Si el amor (o el amigo o el amante) es joven, la confianza es prácticamente cero. Por eso el idiota con cuernos (o el amigo traicionado o el amante abandonado) no merece compasión.”

     Verónica Martín colocó el bolígrafo entre las dos páginas del libro que acaba de dejar sobre el cristal que cubría la mesa de la habitación. En aquel modesto hotel colombiano faltaba el agua y la higiene, pero sorprendentemente reponían a diario los folios timbrados y los sobres. La carta estaba lista. Le había salido, finalmente, demasiado literaria pero valdría. Visiblemente cansada, empujó la silla unos centímetros hacia atrás, se quitó las gafas con la mano izquierda y frotó las yemas de los dedos por los párpados efectuando un suave masaje.

     Oyó sonar el teléfono en el pasillo y fue a descolgarlo dejando la puerta abierta de la habitación en contra de todos los consejos que le habían dado. Aquel teléfono era un modelo norteamericano tan antiguo que el dueño del hotel podía haber sacado una fortuna subastando el aparato. Estaba colgado de la pared y en la parte superior tenía dos timbres. El cable iba sobre la pared, y la mayor parte de las grapas se habían perdido.

     —Sí, soy yo —dijo ella— ¿Les han llegado los cien dólares?  Perfecto. La persona que deben eliminar es una mujer de cincuenta y nueve años, con gafas. Sí, esta misma tarde tiene que quedar resuelto eso. ¿Cómo? ¡Ah, claro…! Llevará un abrigo azul marino y periódicos españoles bajo el brazo. Me tienen que garantizar que será un trabajo rápido y limpio. De acuerdo. Junto a la estatua, sí, por supuesto, allí estará.

     Colgó, entró de nuevo en la habitación y cerró la puerta echando el cerrojo oxidado que sobresalía por el marco. Giró en redondo observando si todo estaba según lo previsto. La maleta vacía (sí), la carta sobre la mesa (sí), el pasaje de Iberia Líneas Aéreas de España roto en dos trozos lo suficientemente grandes para que fueran identificables los números y el nombre (sí)… “Es el momento de irse” pensó, y se dio cuenta de que nunca tuvieron mayor sentido aquellas palabras.

     —Adiós señor, voy a dar un paseo —le dijo al conserje que dormitaba ante un televisor casi sin sonido—, aquí está la llave.

     Tomó el autobús hasta la plaza Simón Bolívar. Al bajar, se abrochó los botones del abrigo azul marino, el viento helado que llegaba de los Andes le abofeteó la cara. Anduvo hasta la estatua del libertador y cuando miraba la paloma que reposaba sobre el pedestal una motocicleta con dos jóvenes embozados en gruesas bufandas giró y, al ponerse a su altura, el de detrás alzó la mano, extendió el brazo y disparó sobre su cabeza. No sintió ningún dolor. En un segundo, mientras moría, desfiló toda su vida ante sus ojos. Después, las manos de su madre le ayudaron, por fin, a salir del mundo.

     Un remolino de aire se llevó los periódicos que había agarrado la mujer muerta con la mano, ahora abierta. La paloma salió volando pero antes de alzar el vuelo vio que el cadáver sonreía.

[Media hora más tarde una voz impersonal dejaba en la conserjería del hotel el recado para la señora española de que su encargo estaba terminado.]

 

Dedicado a dos malas personas

que solo recibieron cosas buenas de mí:

margaritas, perlas…

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