Ucellaci e Ucellini

rc

     Me costó trabajo, pero superé el miedo desconcertante que me producían los pájaros —como todos los animales en general— cuando me regalaron un canario precioso de un plumaje amarillo intenso y con la parte inferior de color blanco. Lo quise mucho. Metía yo la mano dentro de la jaula y extendía al azar los dedos de uno en uno. Enseguida volaba dándose por enterado de que había juego y picoteaba suavemente la yema del dedo erguido. Sentir sus patitas moviéndose por la palma de la mano era una sensación muy interesante pues, aunque le diera la vuelta girando la muñeca, nunca perdía el equilibrio. Se dejaba coger, y entonces parecía como si se le fuera  salir el corazón del pecho. Era un hatillo de huesos y plumas con unos ojos brillantes y negros como la obsidiana. Le gustaban mucho unas barritas de cereales con frutas que se colgaban de los barrotes.

    Fue un canario bello, cantaba muy bien, jugaba con su dueño y se crió fuerte y sano. Un par de aves rapaces lo mataron una tarde de verano, dentro de su misma jaula.

     Lo enterré en una caja de pañuelos de madera. Dejé dentro uno blanco de hilo, sin estrenar, a modo de sudario; bajé al quiosco de las flores y compré tres claveles, los más hermosos que vi —tres, solo tres, no cabían más— y, llorando, envolví en varias capas de plástico del que se usa en la cocina el pequeño catafalco. Lo quise mucho. Y para que su cuerpo no fuera devorado por alimañas escogí el método más triste pero el más racional para mandarlo hacia el cielo de los canarios: la trituradora inclemente del camión de la basura. 

     Conservo una de sus plumas manchada de sangre, pobre animal.

     El recuerdo más lejano que tengo relacionado con los pájaros es la broma que me gastaron hace más de 40 años unos albañiles —debían de ser muy jóvenes y yo muy chico— subidos a un andamio del último piso del llamado Fuerte de la Renfe, edificio macizo, inmenso, tan feo como grande y que vi levantarlo día a día. Cruzaba yo una Avenida del Generalísimo Franco (con perdón) (deliciosamente pavimentada con adoquines) casi sin mirar porque pasaba un coche cada media hora. Naturalmente no había semáforos, y las cebras de los pasos de peatones futuros todavía estaban por ser engendradas en el vientre de sus madres.

     Crucé y me llamaron los albañiles desde arriba: “¡Niño! ¿Quieres un gorrión?” y me enseñaban desde lo alto un puño cerrado. Naturalmente yo dije que sí y me dijeron que abriera las manos para cogerlo. Abrí los brazos —amplector te— al oír “¡Ahí va, cógelo!” mientras lo lanzaban hacia mí. Cuando el pájaro se vio libre, bajó un par de metros quizás fruto del impulso e inmediatamente describió una parábola ascendente, perdiéndose en el aire enseguida.

    Miré con odio y tristeza a los albañiles cuando tomé conciencia de que se habían reído de mí. Y porque me había quedado sin pájaro.

 

·Lectori Salutem·

 

pajaroasado

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Una respuesta to “Ucellaci e Ucellini”

  1. El temido (por su bravura) Says:

    Si hubieras sido un hooligan, aparte de cagarte en la madre que parió a los imitadores de Herrera, hubieras llevado una escopeta de perdigones, y a lo mejor hubieras comido algo nuevo (después de desplumarlo, claro)
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

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