CUMPLEAÑOS

—Tengo ya todo a punto, no sé porqué estoy tan nerviosa —dijo con voz trémula Miranda Dos Santos, tomando un sorbito del ron con miel que tan buen cuerpo le hacía— y me ha entrado esta tembladera. Repasaré de nuevo: ¿Guacamole? ¿Omelettes? ¿Coq-au-Vin? ¿Crêpes? Hecho, hecho, hecho y hecho —y la uña del dedo índice, perfectamente esmaltada, señalaba tarrinas y cacerolas saltando de unas a otras con la precisión del contable revisando las partidas de un balance con su lápiz rojo—, ahora esperaré un poco a que se enfríe el pollo para meterlo en el frigorífico, los huevos batidos ya están allí desde hace rato y la mantequilla la tengo sobre el mármol junto a la harina. ¿Bebidas? Todas las veo desde aquí. ¿Hay abundante hielo? Sí. Pues entonces ya está, un sorbito más de este elixir de dioses, tranquilidad, y a esperar que lleguen los dulces: cuento con que se hayan esmerado, porque quiero que mi fiesta de cumpleaños sea un éxito. La pastelería de Urrutikoetxea —San Mamés Bakery Gozotegi— tiene buena fama, tanto es así que los clientes la llaman, parodiando el nombre del estadio bilbaíno, la catedral del dulce. Ay, qué noble es el hombre vasco, fiel amigo de sus amigos, en su corazón nunca anida la negra araña de la hipocresía. Y en el amor —a los ojos de Miranda afloraron dos lágrimas, todavía recordaba la amalgama de olores a musgo y a plantas que desprendía el donostiarra que fue su amor por tan solo tres días— es una mezcla de piel de visón y de leopardo: suave y áspero, pero siempre cálido y maravilloso.

El timbre de la puerta interrumpió bruscamente los recuerdos que animados por el suave calor del ron se enlazaban unos a otros formando largas cadenas enroscadas por el antaño bello cuerpo de la cantante que ponía en pié, preso de la histeria, a medio teatro —los furibundos dos santistas— mientras los enemigos —la llegada de la soprano Elisabeth Schwarzkopf provocó una guerra civil entre los aficionados a la ópera— permanecían mudos en sus butacas y con los brazos cruzados. Miranda Dos Santos tenía una voz excepcional, ojos verdes irisados de gris y una carne hermosa llena de sombras y colores que, por áreas concretas, parecían recorrer todas las gamas del alabastro y los rubíes incluyendo el azabache más negro y el mismo oro. Una mala noche la tiene cualquiera, pero cuando a un cantante se le rompe una cuerda vocal… todo termina. Rehízo su vida en Irlanda, alejada de los teatros y del bel canto. En aquella paz verde, su procedencia brasileira resultaba exótica, méritos aparte, y entre su pequeña fortuna y las que se le fueron añadiendo gracias a inversiones inteligentes que le aconsejaban sus buenos amigos de la alta sociedad dublinesa, su situación económica era inmejorable. Iba a cumplir cincuenta y nueve años, pero nadie lo sabía. De hecho, siguiendo sus indicaciones, el pastelero vasco había colocado con chorritos de gelatina de naranja sobre la fina mousse de menta y nata —la bandera irlandesa— un precioso número 50. El espacio interior del cero fraudulento estaba tapizado imitando a un prado con un sinfín de tréboles hechos de mazapán.

—Muchas gracias, señora, que sea usted muy feliz —dijo el más mayor de los dos muchachos de la pastelería mientras, ruborizado y sonriente, guardaba el billete de la propina y la nota firmada por el cliente para su jefe.

—Perdona, solo será un segundo —dijo Miranda entornando los ojos— ¿Cómo es tu nombre?, me recuerdas a alguien…

—Me llamo Erik, señora.

La furgoneta blanca se alejó y la Dos Santos se puso, con la factura ante los ojos, manos a la obra: revisó hasta el más mínimo detalle admitiendo, satisfecha, que todo estaba en perfecto orden. Destapó los contenedores de aluminio de un solo uso para ver las bandejas de delicados pasteles resguardados hasta el momento de ser admirados como efímeras obras de arte y al concluir su inspección, Miranda se apoyó en la puerta de la cocina, cerró los ojos, suspiró profundamente y comenzó a marcar un número de teléfono. Apretó la tecla que ponía en funcionamiento el altavoz “manos libres” e involuntariamente fue contando los tonos de llamada que reproducía el aparato: uno, dos, tres… Cuando saltó el contestador automático y comenzó la retahíla grabada —Sua Eccellenza il marchese Michele di Branciforte non è in questo momento nel palazzo di essere in viaggio d’affari all’estero, si prega di telefonare in un’altra occasione, le ringrazio molto— colgó. Su marqués querido estaba ya en camino. Llegaría con su regalo de siempre, con su desarreglo acostumbrado y con su buen humor habitual. Era marqués, sí, pero de pacotilla como tantos aristócratas italianos y alemanes de la época del káiser Guillermo… su palacio romano se lo habían comido las deudas familiares desde antes del final de la guerra del catorce y, ahora, su residencia era un triste apartamento alquilado en una de las riveras del río que cruza Dublín de oeste a este. No tenía dinero para joyas, pero Miranda quedaba más que contenta con la botella de vino tinto barato que traía, dentro de la cual siempre sabían ver algo de la magia del sol amable que ilumina Italia. Los negocios del marqués eran trabajar en un matadero cinco días a la semana —de donde salía ebrio de sangre, orina y heces— y luego dormitar en un camastro salvo en el día soleado excepcional, no muchos al año, que congregaba a la triste gente irlandesa en las calles, en los parques y junto a su río Liffey.

Miranda conoció al marqués de Branciforte cuando solo pronunciar el apellido Dos Santos ya era una llave de oro que abría todas las puertas, especialmente las de las cajas fuertes privadas cuando terminaba su actuación en las residencias señoriales. Posiblemente Verdi o Puccini (a Mozart le habría parecido muy bien) no habrían visto con buenos ojos que una soprano famosa cantara en fiestas de ricos la mayor parte de las veces sin prestarle la más mínima atención, pues solo la consideraban algo así como un jarrón chino de la dinastía Ming, inútil pero que daba una nota de lujo a la casa. A pesar de todo, siempre que surgió la ocasión ella nunca rechazó una oferta de este tipo. Y las cobró todas.

El marqués y la soprano de vez en cuando se amaban durante largas horas, si bien gran parte de ellas las dedicaban a besarse las manos o los párpados cerrados o las frentes; a acariciarse las yemas de los dedos o abrazarse. Michele, riendo, le decía a Miranda: “Contemos nuestras hernias discales” y las manos rozaban uno al otro hasta llegar al trasero.

A media tarde llegaron los invitados que, como todo el mundo sabe, el protocolo más clásico aconseja que deben ser un número mayor que el de las Gracias —Aglaya (‘Belleza’), Eufrósine (‘Júbilo’) y Talía (‘Festividades’)— y menor que el de las Artes. Seis, por tanto. Más la anfitriona.

La Belleza, sin duda alguna, la aportaba Violette-Aurélie Chaudron De la Belle Montagne, canadiense québécois, profesora de Física Cuántica que año a año conseguía, contra todo pronóstico razonable dado lo impenetrable de la materia, que sus clases fuesen las más concurridas de toda la facultad; los hombres se matriculaban por verla evolucionar sobre la tarima, tiza en mano, escribiendo espantosos algoritmos llenos de operadores y signos absolutamente incomprensibles para la mayoría; las mujeres asistían con la esperanza de hallar la clave del secreto del éxito de aquella competidora potencialmente tan peligrosa: al cabo de una semana, aburridas de tanta fórmula y absolutamente tranquilas, las alumnas desaparecían de la gigantesca Aula Magna donde fueron a parar ya que tanta gente no cabía en una clase normal. ¿Era una ingenua Violette-Aurélie o demasiado lista? Porque, poco a poco, fue subiendo en el departamento hasta colocarse a la diestra del Decano. Se decía que era lesbiana, pero el comentario siempre procedía de hombres que nunca habían podido tocarle un pelo, a pesar de sus múltiples y desesperados intentos.  En muchas ocasiones la Física le deparaba alguna alegría, y el mes pasado la AAPT —American Association of Physics Teachers— publicó un artículo suyo. Estando en la cafetería a la espera de comenzar la clase, oyó a sus espaldas un aplauso sonoro que comenzó a dos manos y prosperó de tal manera que hasta los camareros imitaron a los alumnos y profesores en el homenaje. Emocionada, la elegante silueta subió los tres peldaños por los que se llegaba a la tarima, depositó sobre la gigantesca mesa llena de micrófonos su bolso y el ordenador portátil que siempre la acompañaba y comenzó un discurso que mantuvo en silencio a las casi trescientas personas que la escuchaban; cuando fue consciente de que los tenía cautivos de su encanto, precipitó un final tan hipócrita como altisonante, respiró hondamente, dejó transcurrir uno segundos y enfatizando al máximo dijo con voz quebrada:

—Y termino, respetado Decano y queridos alumnos, diciendo algo que nadie debiera olvidar jamás: ¡la Ciencia nunca es culpable!

Mientras secaba una —solo una, y le había costado mucho fabricarla— oportuna lágrima con la esquina de un pañuelo que no era de celulosa sino de tela blanca, más ecológico y elegante, el público congregado ante la profesora parecía querer aplastarla contra la inmensa pizarra, aclamándola febrilmente. Toda la escena fue grabada en video con el teléfono móvil un poco especial que tenía uno de los alumnos. El archivo de extensión mov corrió por el ciberespacio y en milésimas de segundo anidó en la sala de computación que dirigía un admirador y colega de Violette-Aurélie Chaudron De la Bel Montagne doctora en Ciencias Físicas por la Universidad de Quebec, inquietante mujer de una belleza hipnótica que cortaba la respiración de los demás usuarios cuando entraba en un ascensor. Siempre olía al mismo perfume, una fragancia que evocaba las hojas del shiso y los pétalos de rosa.

La fiesta de Miranda Dos Santos transcurría  plácidamente a medida que caía la tarde; los platos se iban llenando y vaciando según el ritmo de la conversación: quienes discutían sobre algo hablaban con el tenedor o la cucharilla en movimiento como si fuera una batuta, sin comer… para no caer en el error de que le pillara su oponente con la boca llena y no pudiera responderle. Cuando intervenía alguien, aprovechaban la ocasión y probaban de aquí y de allá pequeños bocados pues en una batalla no se puede perder de vista la cara del enemigo —Toujour en garde! Como los mosqueteros— hasta que llegaba otro invitado y ponía por las nubes algo que estaba saboreando, entonces se disolvía el debate y se acercaban los contertulios a la mesa para probarlo ellos también. Sobre las ocho, esa hora que según la estación del año es tarde o noche, pasaron al salón. La reunión entraba ya en su declive natural, y los pasteles serían los cordiales acompañantes del café y los licores. Alguien dijo:

—Miranda, dame uno de tus cigarrillos, huelen tan bien…

—Claro, son Craven A, ya sabes que en esta casa solo entra esa marca o Dunhill.

—¿Manías?

—No, el tabaco al estilo inglés es dulce, sin mezclas extrañas; estos cigarrillos están hechos con hojas de Canadá, Jamaica y Vietnam.

—Se da como verdadera la anécdota de que el general De Gaulle se fumaba dos cajetillas al día…

Una mano oportuna golpeó suavemente el vaso de whisky ya vacío y se inició el ritual de todos los cumpleaños. A la desafinada interpretación del Happy Birthday To You, que siempre emociona, siguió la orden de apagar la luz del techo y dejar solo la de las velas. Miranda Dos Santos notó que en su mano derecha habían colocado un paquetito. La luz volvió —fiat lux— y al verlo recordó que así como los problemas de Matemáticas más difíciles son los de enunciado más corto, el regalo suele ser carísimo cuando su envoltorio es pequeño.

Abierto, despojado de papeles y cintas, a la luz brilló un hermoso anillo de oro con una perla engastada cuyas irisaciones de color rosa, blanco y gris variaban como los colores de una pompa de jabón.

Los besos agradecidos de Miranda a los invitados fueron la señal invisible de que, un año más, su fiesta de cumpleaños había discurrido como una reunión de amigos en torno a alguien muy querido por todos. Poco a poco abandonaron la casa. Unos se despidieron con nostalgia hasta el año próximo, los demás se trataban con más frecuencia dada la cercanía. Miranda Dos Santos, cuando se quedó sola, contempló con una sonrisa el anillo, elevó la mano hasta la altura de los ojos y la movió un poco para disfrutar de los cambios cromáticos de la perla. Luego, la guardó en el cofrecito de cuero verde que tenía grabado en la cara interior de la tapa el nombre de la joyería:

Garrard & Co.

Established London 1735

*****

Muy Sr. nuestro:

¿Pretende usted que le publiquemos este relato tan mal escrito, soso e inconcluso, y que además rompe la línea de sus narraciones anteriores medianamente interesantes algunas veces cuando, al final del todo, nos sorprendía usted un poquito, no mucho? No es usual que un editor de mi importancia mantenga correspondencia con un novel como usted, pero qué quiere que le diga… se acerca la Navidad, el frío ataca, en fin que todo se confabula en una sinergia blandengue para que seamos misericordiosos y amables con los demás. Pero solo eso. No espere usted ni un euro de esta empresa, por supuesto. Porque, además, mire usted y ya hablando a las claras: en su cuentecillo de cumpleaños se deja usted más hilos sueltos que en un taller de pasamanería. ¿No ve usted, caballero, que el personaje de la Dos Santos necesitaba más definición, más nervio? ¿Y qué decir de su empalagosa costumbre de citar siempre el nombre de Erik, que parece vikingo, venga o no venga a cuento? Mire, señor, hasta cierto punto tiene alguna gracia e interés el esbozo de Violette-Aurélie Chaudron De la Belle Montagne —siempre esos nombres y apellidos que se inventa provocan una sonrisa porque los franceses son así: enfáticos, con la nariz hacia arriba, todos republicanos pero soñando con un título nobiliario del Antiguo Régimen— pero se queda alicorto, más o menos alza el mismo vuelo que una gallina clueca o una pava en huevos. Dedíquese a otra cosa, de verdad. ¿Ha probado el petit-point? ¿Y la cocina de diseño? Vístase de cuero y hágase puto en Torremolinos, que le pilla cerca. O ingrese en una secta Zen. Lo que sea, menos mandarnos más originales a la editorial. Es usted un pelmazo y, además, un cargante. Hágaselo mirar que quizás tenga arreglo.

Atentamente

José Manuel Lara Bosch

Editorial Planeta

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: