Nepenthes Pharmakon (fuck me, fuck me, ahhhhhhhhhhhh!)

vichy-022

En esa farmacia, una de las muchas que tiene mi barrio, se reúnen un conjunto de circunstancias negativas —detalles insignificantes, la mayoría— que todas reunidas y actuando al mismo tiempo (es lo que llaman sinergia) consiguen poner de mal humor a algunos clientes. A mí, por ejemplo.

Para llegar a ella hay que atravesar una plaza sucia llena de niños asesinos que de milagro no te vuelan la cabeza con una pelota o que parten en dos al peatón por un choque de sus bicicletas. Los huecos de los dos accesos al establecimiento están cubiertos con cristal, siendo las puertas un trozo más del inmenso vidrio, eso da una sensación de fragilidad muy grande pues se teme siempre que le dé un mal aire y aquello se deshaga hecho trizas, también parece como un hangar por el que van a correr los vientos aunque este cerrado.

Al entrar, los pies pisan un pavimento de color crema igual que las paredes y el techo, lo cual resulta agobiante; el suelo está tan pulido que parece mojado, lo cual provoca reflejos extraños de los focos halógenos hirientes incrustados en el techo; todo eso obliga a unos andares cautos y patosos por creer estar ensuciando algo que acabaran de limpiar.

Un jardincito intermedio, con la estatua de un santo varón apóstol de los pobres, actúa como conector de las dos ágoras. En esta botica hay un dependiente (antes llamados “mancebos”) con la pechera de la camisa abierta y exponiendo entre un bosque piloso varios cordones y cadenas de oro; siempre está fumando fuera, con lo cual avanzas y entras por la otra para no estropearle el rato al hombre.

Llegando al mostrador, la mirada escrutadora de la farmacéutica analiza a los clientes de arriba abajo y de izquierda a derecha (también en diagonal) computando mil y una variables sucesivamente: ¿Cliente Mujer? Le habla de tú. ¿Cliente Hombre? Le habla de usted. ¿Cliente habitual? ¿Cliente volantón? ¿Nivel cultural?… Por encima de unas gafas de lectura con los cristales partidos asoman unos ojillos vivos que escuchan durante un segundo la pregunta técnica —“El niño no hace caca ¿qué hago?”— para responder enseguida: “¿Qué edad tiene tu hijo?” y, oída la corta cifra de los años del chiquillo, dictaminar inmediatamente cuál es el remedio más efectivo: “Dale espinacas”, palabras dichas con aplomo y ese especial acento castellano que al colocar todas las eses en su sitio parece como si otorgara más razón y ciencia a su consejo.

La farmacéutica se llama María Isabel y probablemente sus cincuenta años quedaron ya muy atrás. En su bata blanca hay quintales de suavizante, toneladas de detergente, y millones de kilowatios de plancha hasta conseguir una coraza blanca.

Hay un tercer personaje tras el mostrador: la hermana mayor —¿quizás la madre porque María Isabel no es tan vieja como aparenta?— de la boticaria, que revolotea por allí ordenando los cuatro folletos desparamados, las tijeras y el cúter, y cambiando de posición algunas cajas queriendo dar la impresión de ser muy sabia, muy activa y muy ordenada; es el típico caso de persona autolimpiable, como los gatos: lleva ropa cara con collares muy modernos, el pelo arreglado en la peluquería una semana antes y luego reconstruido con artes caseras… debe lavarse en un bidet por trozos o sectores —y un día al año, entera en la bañera, de la que saldrá roja de amor a sí misma—, nunca olerá mal porque carece de vida propia. Sinceramente hablando, creo que es la hermana tonta de la boticaria. Ahondando más en ellas, hasta diría que es viuda. Y me arriesgaría a decir que la farmacéutica hizo su carrera gracias a los esfuerzos económicos de la hermana que hoy aparece como dama boba aparentando que arregla el mostrador y diciendo “¿Le atienden a usted?”. Triste destino el de los tontos: siempre son los que dan de comer a los listos.

Una tarde mientras me cobraba la farmacéutica verdadera vi en la estantería una medicina que se llamaba CUMLAUDE. Una cosa así tan culta no me pegaba como nombre de una medicina, sentí curiosidad y cuando regresó María Isabel con el tique —es la única botica donde lo dan— y el cambio le pregunté qué medicina era aquella. Entonces me miró fijamente y dijo con un bisturí de voz: “Es un lubricante vaginal”.

 

[Naturalmente yo cogí mis moneditas y mi medicina y salí diciendo en voz baja eso de ¿Por qué no me habré metido yo la lengua en el…? ]

 

***

 

 

Nota Bene.- La sección del título “Fuck me, fuck me!” no es una procacidad por mi parte, sino una pequeña broma imitando a la Niña del Exorcista. A mí me hace más gracia en español, quizás porque soy demasiado bien hablado. En todo caso, perdón si he dañado tus oídos.

 

·Lectori Salutem·

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3 comentarios to “Nepenthes Pharmakon (fuck me, fuck me, ahhhhhhhhhhhh!)”

  1. Dani Says:

    Curiosa la union de fuck me con el lubricante vaginal. Viene que ni al pelo. xD

  2. Javi de Valladolid Says:

    Podias haber pedido a la boticaria que te pusiera la crema en la polla :))
    Despues nos cuentas como es la experiencia.
    jejeje

  3. Papantla Wireless Flyer Says:

    Magna Cum Laude, Valedictorian.
    Aaaaaah
    Las compañias farmaceuticas son las que mejor usan el latin.
    Siendo una lengua muerta, creo que con el uso de la palabra para un lubricante vaginal, han reavivado muchas lenguas y muchas vidas sexuales.

    Veenga !

    Jooooder…. (a.k.a. Fuck)

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