una historia delirante

          —Señor Presidente, el señor presidente electo ha llegado a la Casa Blanca y en ocho minutos estará a las puertas del despacho oval. Espero sus órdenes.

—Tranquilo, Higgins, tranquilo. Ven, siéntate a mi lado y enciende un cigarrillo. Llevas demasiado tiempo sometido a más presión que las calderas de un portaviones. Necesitaba darte las gracias por tu lealtad; has sido mis ojos y mis oídos durante mucho tiempo. Ahora toca salir con dignidad de este nido de ratas y estoy seguro de que me ayudarás hasta el final.

El Presidente de los Estados Unidos de América se levantó del aparatoso sillón y acercándose a un pequeño aparador de maderas nobles sirvió café en dos tazas de la vajilla Wedgwood. En la fina porcelana blanca resaltaba el emblema de la reina Isabel II de Inglaterra. La parte interior estaba decorada con un saludo con motivo de su última visita de tal manera que cuando se elevaba acercándola a la boca para beber podía leerse una convencional y bonita frase en letras de oro. El ayudante Higgins antes de que el presidente llegara hasta él ya se había levantado y alargaba las manos para coger la servilleta y el café que le ofrecía el hombre más poderoso de la Tierra. Ambos se adivinaban y casi siempre bastaban dos o tres palabras de uno al otro para que la comunicación fuera perfecta. En mangas de camisa, el presidente pulsó la tecla de un intercomunicador y dijo con voz falsamente suplicante:

—Thérèse, entretengan a los generales y al novato, necesito charlar con un amigo. Puede usar la Mentira Número 625 si le parece.

 ¿El Presidente está en videoconferencia con un alto dignatario extranjero resolviendo urgentes asuntos de Estado le parece bien, señor?

—Naturalmente, me bastará con un cuarto de hora. El amigo Higgins se está despidiendo de su presidente, gracias por todo. Ánimo.

Al quedar nuevamente en silencio la habitación, el ayudante se admiró de la total ausencia de ruido que había en aquel despacho, no se oía absolutamente nada salvo los roces de los objetos, las voces y los desplazamientos sobre la enorme alfombra. Los ventanales que se ven desde la Avenida de Pennsylvania son falsos, pues están tapiados con gruesos muros de hormigón y los vanos poseen un ingenioso juego de luces que engañan al turista, inocente crédulo que cree ver perfiles moviéndose, y cuando regresa a su pueblo insiste en contar que pudo distinguir la silueta del Presidente. Un famoso director de cine de Hollywood tuvo la idea y se llevó a cabo en secreto. La realidad es que toda la vida presidencial se desarrolla en bunkers bastante alejados del edificio de la Casa Blanca, todos ellos unidos por túneles subterráneos por los que circulan coches eléctricos y un pequeño tren capaz de evacuar a cincuenta personas en dos minutos, depositándolos en la Base Aérea de Andrews, donde dormita con un ojo cerrado y el otro abierto el Air Force One y sus 370m2 de espacio interior.

La despedida fue breve pero intensa. Higgins se abrazó al presidente que le golpeaba cariñosamente en el cogote; el ayudante cometió el error de llorar y abrir la boca mientras apoyaba la cara en el hombro de su jefe, dejando varias manchas en la impoluta camisa celeste; cuando traspasaba el umbral de la puerta del despacho, desde el radioteléfono ordenó al mayordomo que inmediatamente ayudara al presidente a cambiarse. Unos pocos minutos más tarde los marines que adornaban los pasillos como jarrones de la dinastía Ming se pusieron rígidos y saludaron militarmente al cortejo de militares y asesores que envolvía la figura escuálida del recién elegido presidente. Todos permanecieron juntos en el despacho oval dándose joviales palmadas en las espaldas y dejando deslizar ciertas risas nerviosas que delataban la tensión del momento. Después, una voz grave de mujer dijo en voz alta “Quizás se encuentren más cómodos en la Sala Roosevelt” y de manera inmediata todos captaron la indirecta, desapareciendo por los pasillos del Ala Oeste. El presidente saliente no estrechó la mano del hombre que iba a relevarlo dentro de pocos días, ni siquiera le dirigió una sonrisa o una palabra de aliento. Con frialdad hizo un gesto que podría interpretarse como si te quieres sentar te sientas y si no te quedas de pie e inmediatamente comenzó a enumerarle los secretos de estado de nivel dos; cuando jurara su cargo en la escalinata del Capitolio y el traspaso de poderes fuera efectivo, antes de irse de la Casa Blanca le diría en voz baja pero audible las claves del armamento nuclear y los secretos de nivel uno y cero. Desde ese mismo momento sería, de verdad, el 44º presidente de los Estados Unidos de América.

Para el ganador de las elecciones por rotunda mayoría era difícil enrojecer o palidecer y sin embargo a medida que el hombre que tenía enfrente iba desgranando asuntos turbios y peligrosos del mundo, asesinatos de estado, personalidades con enfermedades terminales ocultas al gran público, obras de arte falsas colgadas en los grandes museos sin que nadie pudiera sospechar que eran réplicas… su cara adelgazaba y se volvía de un color ceniciento. Durante cuarenta y cinco minutos el Presidente leyó de un monitor gigante, tras lo cual la información se destruyó automáticamente. Entonces el ganador, con las piernas flojas y sudando visiblemente a pesar de la temperatura estable y adecuada del despacho, apretó con fuerza las dos cabezas de águila que remataban los brazos del sillón en el que estaba sentado y gritó su lema de campaña —¡Nosotros Podemos!— tan alto y tan desencajado que al instante se abrieron dos puertas por las que asomaron sendos equipos policiacos especializados en la protección presidencial a la manera clásica: la intervención inmediata pistola en mano aunque el presidente estaba permanentemente monitorizado y bajo control de varias cámaras de televisión. Resuelto el incidente quedaron los dos hombres nuevamente solos y frente a frente.

—Mira, cabrón, la próxima vez que nos veamos será ante una Biblia y millones de espectadores. Es en este preciso momento la última oportunidad que se me concede para decirte algunas cosas que la gente corriente no puede saber: tengo la convicción de que serás mucho peor presidente que yo y que provocarás varias catástrofes diplomáticas de hondas y duraderas consecuencias. Vamos, que eres un Jimmy Carter: un lobo torpe con piel de oveja boba. No te deseo ningún mal, pero mentiría si dijera que te veo cumpliendo tu mandato hasta el final. Quiero equivocarme, lo juro, pero algún viento del sur me sopla al oído algo así como un augurio funesto, letal. Vete. Ya tienes lo que querías. Pobre América.

 ¡Fascista, ejecutor de negros y latinos! ¡No a la guerra!

—Vigila tu lenguaje, no estás dando un mitin en Madrid.

   ¿Madrid? ¿Dónde está eso? ¿En tu racista Alabama, en Iowa o en Nebraska?

—En ninguno de esos pueblecitos. Tú sabes que me refería a la capital de España. Así como a Jimmy Carter su ruina le vino de Teherán a ti te llegará de Madrid. Todo lo que habla un presidente aquí dentro se registra y se trascribe para la Historia. Recuérdalo, es un pronóstico en toda regla: llorarás, y tus lágrimas no provocaran piedad sino asco. Es fácil perdonar los errores, pero imposible indultar las traiciones. Vete. Y, por favor, que sea cuanto antes.

—¡Entraré de nuevo con la llave de la victoria de mis hermanos negros, esclavos de explotadores terratenientes como tú…!

—Márchate ya. O pégate un tiro. Pero levanta tu culo de ahí y déjame trabajar.

La entrevista terminó abruptamente. Nada más cerrarse las puertas del ascensor tras las espaldas de la nutrida comitiva del presidente electo, la secretaria privada Thérèse de Lemontreux, canadiense de nacimiento y norteamericana por su matrimonio con el bioquímico tejano Francis W. Hyatt —hijo, nieto y bisnieto de tejanos también, como tejano era el imperio petrolífero que poseía la familia—  golpeó con los nudillos la puerta de caoba del despacho oval y asomando la cabeza dijo al presidente con sorna:

   ¿Mucha sangre en la alfombra?

—Pasa, por favor, pasa. Ni una gota. He podido comprobar que este picapleitos no tiene sangre en las venas, la ha sustituido por eslóganes rancios y lemas de la gauche divine que ya estaban antiguos en el Mayo del Sesenta y Ocho.

—Entonces la ruptura es total entre los dos próceres ¿no?

—Fingiré la magnificencia que las televisiones esperan de mí para que ganen algunos millones de dólares con la retransmisión, y cuando termine la ceremonia me iré al rancho Crawford a pescar. Te puedo decir que de ese demagogo no voy a aceptar ni una copa de champán californiano y, por supuesto, no le voy a dar el gusto de asistir a su miserable cena inaugural.

— ¿Le cuento un chisme, señor presidente?

   ¡Sí, sí, sí! Dime: ¿Es sobre mi mujer?

—No.

—Ya, sobre mi afición a las drogas… y a la bebida (es decir a la sangre iraquí).

—Ni mucho menos. En los mentideros de Madrid corre el rumor de que el nuevo presidente ya tiene concedida para los primeros días de febrero de dos mil nueve una entrevista en la Casa Blanca, con todo tipo de trompetería y fuegos de artificio, a… en fin ya sabe usted, a…

   ¿A Raúl Castro? ¿A Evo Morales? ¿A Hugo Chaves?

—No. Al primer ministro español.

 ¡Quién sabe, quizás sea cierto! A mí ya no me cuentan nada– respondió guiñando un ojo y moviendo la mano derecha como el que aparta una mosca, signo inequívoco de que había terminado esa conversación.

Tras unos embarazosos segundos, la secretaria, muy afectada dijo:

—Debería haber sido más prudente, disculpe mi torpeza, se lo ruego, sé que le ha incomodado la broma.

El hombre que iba a dejar de ser la persona más poderosa de la Tierra se levantó y cogió con la suyas las manos de Thérèse, las alzó hasta rozarlas con los labios en ese tipo de beso protocolario que las personas vulgares jamás dan.

—Tú sabes el aprecio que te tengo. Nadie, y menos ese caballero, va a enturbiar este hermoso día. Organízame una salida inesperada, quiero pasear un rato por Arlington.

—Gracias señor presidente, eso está hecho. ¿Gorra, sombrero tejano Stetson, disfraz de hombre lobo? Bueno algo adecuado encontraremos por ahí en el armario.

 

***

          Harry Malone detuvo el funcionamiento del cortacésped cuando vio avanzar entre las hileras de lápidas blancas la conocida figura del Presidente. En los caminos que unían las parcelas, los coches del servicio secreto ocupaban posiciones estratégicas. El Sol dulce de la mañana doraba los lúgubres perfiles haciendo que aquel lugar de muerte y desolación fuera casi acogedor. Respondió al saludo militar que siempre hacía y le estrechó la mano. Apenas un minuto después, los dos charlaban en perfecta sintonía mientras paseaban. Nadie del servicio de protección presidencial pudo siquiera imaginar que la vieja dama de pelo blanco con reflejos rosados arrodillada ante la tumba de su nieto manipulaba habilidosamente en la grabadora digital los sonidos que le llegaban de un micrófono omnidireccional insensible al ruido del viento convenientemente oculto en una cesta repleta de rosas rojas unidas con cintas de la bandera norteamericana. Poco a poco los retazos de la conversación fueron haciéndose indelebles en los discos duros de los ordenadores que los recibían vía satélite mediante un vulgar teléfono móvil de apenas cincuenta dólares cuya funda era, precisamente, el emblema del Partido Republicano.

         —Entonces el día cuatro, antes de que se abran los colegios electorales, convocamos la rueda de prensa urgente en la supermax prison de Florence (Illinois). Y comunicamos al mundo que Bin Laden ha sido apresado por las fuerzas del orden en el día de ayer. Si eso no conmueve a los votantes, no sé ya que podría desplazar el sentido del voto. Acto seguido, la prensa acreditada accederá al perímetro de seguridad de la celda del recluso y harán fotos hasta que se les caigan las manos ¿no?

         —Vale. Confío en vosotros. Oye, Malone, fíjate que estampa, esa es la América profunda. Observa a la anciana de allí, orante, llorosa ante el patriota muerto. Me gustaría saludarla. Qué hermosa relación.

         A medida que el Presidente se acercaba a la vieja los coches del servicio secreto avanzaban lentamente formando una célula de seguridad en torno a él; pero hubo una ráfaga de viento traicionera que levantó las hojas secas de los árboles que estaban esparcidas por el césped y también la falda del discreto vestido de la dama, dejando ver apenas un segundo el nacimiento de unos fornidos y peludos muslos incongruentes con la edad y el sexo de la abuela…

         Primero sonó una sirena. Luego un disparo. Después, alguien dijo “Me cago en tu boca” mientras desmontaba el equipo de grabación.

       Muy lejos de allí, las rotativas del madrileño SINGULAR, Diario Dependiente de la Mañana vomitaban una edición especial, gratuita, en cuya portada se podía leer a toda plana: “El Presidente de los Estados Unidos ha tenido años retenido y oculto a Bin Laden en una prisión de máxima seguridad situada en algún lugar del estado de Illinois. Para influir en la opinión pública e inclinarla a favor de su partido tenía previsto desvelar el secreto ante la prensa mundial minutos antes de que se abrieran los colegios electorales. Nuestro reportero Jordi Freix Enet ha sufrido los disparos de la guardia pretoriana del presidente saliente, aunque su estado no reviste gravedad, la dirección del periódico ha obtenido, tras arduas y laboriosísimas gestiones, una entrevista con el presidente Zapatero para que eleve una queja en las más altas instancias norteamericanas sin excluir la posibilidad de presentar una demanda en los altos tribunales internaciones contra  del gobierno USA. El periodista ha permanecido ingresado veinte minutos en el  The George Washington University Hospital, centro interdisciplinario de fama mundial donde son atendidos los congresistas, senadores y dignatarios extranjeros residentes en Washington DC. Diversas asociaciones cívicas y colectivos han convocado una manifestación ante la sede de la embajada a las siete de la tarde […]”.

 

Epílogo

 

Nadie en el mundo le concedió credibilidad a la noticia publicada por el diario español.

Se celebraron las elecciones y las ganó por holgada mayoría el candidato-clon de Jimmy Carter.

En febrero el primer ministro español visitó como invitado especial la Casa Blanca. Inauguraba el cargo de Secretario de Estado para los Medios de Comunicación el periodista catalán Jordi Freix Enet, repuesto plenamente de las secuelas del dardo tranquilizante que le disparó la guardia presidencial.

[Pero al día siguiente del incidente en Arlington, una furgoneta de servicios funerarios salía de la prisión de alta seguridad de Florence (Illinois) llevando dentro el cuerpo de Bin Laden, adormecido por un cóctel de sedantes.

El vehículo entregó la mercancía en el aeropuerto, a pie del avión medicalizado que partió a los pocos segundos rumbo a Madrid.

Solo tendría que esperar unas diez horas para ser libre. Luego, ya vacío, el avión privado aterrizaría en Damasco. ]

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Una respuesta to “una historia delirante”

  1. Papantla Volador Says:

    Desde algún lugar en norte américa, situado a 7 horas al norte de Washington, DC.
    Una historia interesante y efectivamente delirante.
    Yo creo que Bin Laden está oculto en Guantánamo y nadie lo puede rescatar.
    En el mundo no hay terroristas, todo es un montaje escénico de Hollywood para engañarnos.
    Sin embargo los mercados financieros han sido reaccionarios y están reordenando el orden mundial para lograr reacomodarlo todo.
    :-)

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