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Cuando decidí ser viejo, miope, gordo, artrítico y sedentario tranquilamente colgué de una percha en el armario los pantalones y la chaqueta de mi bello uniforme azul galoneado con oropeles que parecían de oro; me probé por última vez ante el espejo aquella gorra de plato en cuya banda lucían las alas distintivas de la profesión y con toda naturalidad le dije adiós a todo ese derroche de pasamanería: la posibilidad y la probabilidad de pilotar un avión eran, ya, cero.

Pero hay amores eternos de los que es imposible divorciarse o enviudar y desde que vi el primer avión —que fue una avioneta cuyo piloto me dijo adiós con  la mano, según dije yo emocionado al llegar a mi casa y que fue motivo de rechifla durante años para mi familia a pesar de que fue absolutamente cierto— hasta hoy, quizás cincuenta años más tarde, la fascinación por las máquinas voladoras ha ido creciendo sin parar posiblemente por estas dos razones: creo que todas las máquinas son algo maravilloso y las que nos transportan, todavía más. Técnica y exotismo, ingeniería y aventura, ciencia y fantasía: eso hermana o reune un avión. Porque ya no se trata de quedarse con la boca abierta ante la sustentación en el aire, sin caer a plomo, de un cacharro; la cuestión es que, además, el trasto vuela a mil quilómetros por hora y sube hasta diez mil metros, rodeado de un frío asesino —treinta o cuarenta grados bajo cero— y la ausencia casi total de oxígeno…

Unas cuantas horas en el aeropuerto de Málaga me sirvieron el otro día para enfadarme muchas veces con algunos, para agradecer la eficacia y amabilidad de alguien —una mujer tenía que ser, te la describo rápidamente: alta, rondando los cincuenta años, ojos penetrantes mirando al cliente apoyado en el mostrador por encima de su gafas de présbita, perfectamente empaquetada en su uniforme de Adolfo Domínguez como una segunda piel, con el pelo totalmente solidificado en laca y que daba la impresión de ser un bombón Ferrero-Rocher aún envuelto, totalmente humanitaria a la hora de decir “y venga usted todas las veces que quiera a ver si hay alguna novedad”, comprensiva a la hora de teclear, educada y sobre todo eficaz a la hora de decir “eso se lo miro yo ahora mismo en el ordenador” — y para aislar mentalmente mil detalles de los aviones y sus instalaciones que no conocía. También, y aquí pega eso de last but not least, me sirvió para ver a la sin par, a la extraordinaria, a la fabulosa, a la archifotografiada momia de… ¡Isabel Preisler! Qué desilusión.

 

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Hoy es el día internacional de los blogs, desde este os mando un abrazobeso para todos y todas y todes y todis y todus. Gracias por leerme y gracias por escribir, de todo corazón.

 

·Lectori Salutem·

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2 comentarios to “www.diadelblog.com”

  1. Eurocopado Says:

    Discrepo (con medio mundo), pero para mí es mucho más fascinante y estremecedor el hecho de que un barco flote.
    Vamos por partes. Arquímedes contra Bernouilli. Por la forma del ala, la circulación del aire crea una diferencia de presión entre la parte superior y la inferior que hace que aquello tire para arriba. Intuitivo, tal y como que una cortina se escurra por la rajilla abierta de la ventana cuando hace viento fuera, y aletee pidiendo clemencia, o exhibiendo orgullo y victoria.
    Pero Arquímedes me desconcierta, ahí hay trampa. “Todo sólido sumergido en un líquido experimenta un empuje hacia arriba igual al peso del líquido al que desaloja” (creo que las únicas tres cosas que me se de carrerilla son esto, y los himnos del Málaga y de la Legión, por oscuros motivos ambos)
    Rotundo, claro y conciso. Pero no me resisto a rebelarme, como cuando era pequeño e iba a pasear al puerto, y tiraba al agua pequeños chinillos o bolitas de plomo que dejaban los pescadores, ensartadas en madejas de sedal enredado, a la vez que miraba los cascos herrumbrosos de barcos desvencijados, procedentes de países del este. Aquellas, pequeñitas e insignificantes, se hundían; por contra, las enormes moles metálicas flotaban con un levísimo vaivén, perceptible en el modo en que las maromas que sujetaban el navío a los norays se tensaban y destensaban alternativamente.
    En fin, que es una cosa que aún entendiéndola y comprendiéndola, me resisto a aceptar por completo.
    Saludos.

  2. percho Says:

    ufff Pepe !!
    esto es demasiada cultura para este pobre indigena !!

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