el mono ingrato

I

Siempre me sorprende la muerte y la ingratitud. En ambos casos veo algo común: el alejamiento, que en el caso del ingrato es más o menos voluntario y en el del fallecido, automático. Acabo de acariciar los pies de una niña de tres meses y reaccionaba al tacto grato de mis manos con una cascada de sonrisas que, por ahora, solo eran respuestas de un sistema nervioso normalmente constituido; por eso mantengo la teoría de que las personas ingratas tienen algún fallo cromosómico que las hace impotentes para dar cariño, lo cual es una tremenda desgracia para ellas.

 

II

Estando de vacaciones ando por las calles en horas desacostumbradas y me llama la atención el ajetreo de mujeres siempre cargadas y afanosas —con o sin adosados: niños, marido, vecinas— que se conocen la mecánica de los turnos en las tiendas (mientras esperan para comprar la fruta, encargan jamón cocido, cruzan a la panadería de enfrente y vuelven con los bollos, levantan la voz para saludar a alguien mientras andan y cuando regresan a la cola ya les toca y no han desperdiciado ni un minuto) y que miran con ojos fríos a las amazonas que sobre el asfalto, como espectros ridículos, recorren las calles de una ciudad que dice estar en feria.

Si no la veo yo, me ve ella a mí, pero cuando nos cruzamos, y después de un beso, la mujer alta, seria y firme de más de ochenta años, vestida de negro, madre de siete hijos y viuda desde muy joven, que con altibajos sigue plantándole cara a la vida me pregunta siempre “Y usted cómo está” con una entonación que no es interrogativa ni espera respuesta, más bien —pues me conoce desde chico— es como hacerle la prueba a una cuenta de dividir; me mira de arriba abajo, comprueba que el dividiendo es más o menos equivalente al producto del divisor por el cociente, hace poco caso del resto —“A donde va usted”— y al despedirnos me mira seriamente con los ojos de la inteligencia y del afecto para concluir: “Conforme va usted para más mayor, más se parece a su padre”. Un día la engañé (y esto se lo he contado a alguien). Nos encontramos junto al quiosco de las flores. Le pregunté si me ayudaba a formar un ramo para un regalo… y cuando lo compusieron siguiendo sus indicaciones y le añadieron el pillanovios, el papel de celofán y el lazo… se lo puse en las manos. Esta mujer, cuyo nombre siempre se me olvida —¿Milagros, Esperanza?—  debería ser juez, sí: del Tribunal Supremo.

III

Una bruma sonora llega desde la feria. Se estima que cada día acceden a ella más de un millón de personas. Cruzcampo repartirá gratis cuarenta mil litros de cerveza y sus directivos se sienten orgullosos de ello. No hay radio ni televisión local que no esté conectada a la feria. Los tubos de escape comienzan a ser lamentos en el aire ya más fresco de la noche. Alguien me impidió que le diera una galleta a un perro porque, por lo visto, tienen la glucemia altísima y pueden quedarse ciegos. Quizás los jóvenes valgan menos que los perros ya que los hartan de galletas. Probablemente sea darwinismo social y solo unos pocos nos damos cuenta de ello.

 

·Lectori Salutem·

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