“F E R R A G O S T O”

 

     Nunca he tenido habilidad para los números y soy bastante torpe (e impaciente y tramposo) en los tradicionalmente llamados juegos de inteligencia, léase el ajedrez o el reciente sudoku. Me gustan los juegos de palabras y de sonidos —escribir, leer, cantar y oír música— y, por encima de todo, me fascinan los juegos de sentimientos.

Yo, que muchas veces dudo de si me he tomado una pastilla o no, o dónde he puesto las llaves-radio-cartera-gafas me aburre y encuentro deprimente partirme la cabeza pensando qué cartas tendrá el vecino y cuál será su estrategia para ganarme. No sé jugar a las cartas, y para mí es un misterio el póquer, como el tenis, juegos que se resuelven inusitadamente en un segundo tras horas de espera sin que yo sepa porqué. El malo y el bueno van acercando al centro del tapete verde montañas de fichas preciosas de mil formas y colores diferentes; rápidamente las ágiles manos del croupier, como las de un mago, revolotean de manera semejante a las mariposas y reorganizan toda la fortuna, pequeña o grande, que hay sobre la mesa; dice unas palabras extrañas con fingido acento francés y, de pronto, el malo (que sonríe presuntuosamente creyendo segura su victoria) descubre sus cartas. A continuación, el bueno enseña las suyas… y gana. En el cine las cosas son así.

     Ya está cambiando el tiempo. Quizás haya una relación entre el día de hoy, mitad de agosto, y ciertas señales muy sutiles que he empezado a notar esta misma mañana y que van anunciando el fin del verano: la luz es muy distinta pues la inclinación de los rayos solares ha variado mucho y el color del mar y la sombra en las aceras y el olor de las plantas y de la tierra también han cambiado en consecuencia. Agotados los cuerpos por el calor espantoso que estamos soportando, todo el mundo discute y las peleas abundan. Se quejaba esta mañana la mujer del quiosco de los malos modos de un cliente. El conductor del autobús cierra por error antes de tiempo las puertas robotizadas y vigiladas con cámara de televisión y por poco si lo linchan…

     Quizás, para mi gusto al menos, las películas basadas en obras de teatro de Tennessee Williams son las que mejor han reflejado los efectos devastadores del calor veraniego en los seres humanos. En Un tranvía llamado deseo [1951] los sudores de Brando son directos, a flor de piel, visibles; en cambio a su oponente Blanche DuBois los grados Fahrenheit la consumen por dentro: sus venas —que se intuyen finas y azuladas sobre la pálida piel de puta vergonzante— más que sangre transportan una peligrosa mezcla de colonia barata con progesterona nacida de unos ovarios ajados a punto de caducar… Cat on a hot Tin Roof [1958] fue traducida en España como La gata sobre el tejado de zinc eliminando el adjetivo caliente y haciendo determinado lo que por ser indeterminado podría pensarse que era general: no se podía permitir manchar el inmaculado pudor de las mujeres españolas pensando que pudieran tener la misma calentura —en grados centígrados, eso sí— que la protagonista Liz Taylor: mujer libre, extraordinariamente humanitaria, de una belleza excepcional y… mediocre actriz. Le deseo mucha, mucha suerte: ella sabe porqué.

*

     Haganme un favor, amables lectores: entren en la Wikipedia, introduzcan la palabra filantropía y cuando ya estén dentro del artículo, miren la lista de filántropos famosos que ponen. ¿Quién estará en primer lugar? (Espero que nadie haya editado la barbaridad que vi).

*

·Lectori Salutem·

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