fin de tema

Que yo recuerde, durante toda mi vida me habré montado en una moto en unas diez ocasiones —la gente de San Sebastián quitaría el pronombre me y diría habré subido porque es mucho más fina que yo— lo que en medio siglo son pocas veces y demasiado repartidas. Todas ellas fueron experiencias infantiles maravillosas menos las dos más recientes, que me resultaron un puntito desagradables por el miedo que pasé: eso de ir de paquete implica mucha complicidad con el que conduce; es algo así como bailar un tango, hay que dejarse llevar y ser flexible, balanceándose uno al mismo son que la pareja a la que se entrega todo. Yo, ahora, no sé hacer eso. La rigidez me invade todo el cuerpo y no sé dónde poner las manos ni los pies. Queriendo mantener la verticalidad —qué manía lo de ser siempre homo erectus— en las curvas, echo el cuerpo al revés de cómo debiera, cierro los ojos y voy recitando el mantra que-me-caigo-que-me-caigo-que-me-caigo-que-me-caigo aunque no lo oiga nadie (bueno, mi Ángel de la Guarda sí, aunque el pobre ya no sabe qué hacer conmigo, de lo harto que lo tengo). Yo fui un niño siempre pegado al triciclo/bicicleta pero nunca he conducido una moto, que es una de mis mayores ilusiones en la vida (ya no puedo ser piloto de aviación ni siquiatra ni periodista ni, tampoco, diputado).

Don Manuel *** —que era un alto cargo institucional en el microcosmos de mi pueblo, amigo de mis padres y vecino— en 1958 se compró una Vespa preciosa de un color muy complejo que solo puedo definir como gris verdeazulado; el asiento de detrás era independiente, como una sillita blanda cuyo respaldo se plegaba y, además, giraba sobre su eje para quedar en posición femenina o masculina. Hoy puede parecer alucinante, pero en las motocicletas siempre la mujer española iba sentada “a la amazona” —vamos, como las reinas Isabel de Francia y Margarita de Austria pintadas por Velázquez & Co. esposas respectivas de Felipe III y Felipe IV— con los muslos casi perpendiculares al eje longitudinal de la moto, jamás a horcajadas. Obviamente eso suponía ir detrás y agarrada a la cintura del conductor, intimidad sorprendentemente mejor vista que otras cosas más inocentes. Una mujer con pantalón simplemente no existía ni se la imaginaba en la década de los cincuenta. La Vespa, al no tener cuadro (barra entre el manillar y el asiento) e ir abierta por la zona de las piernas permitió el jubiloso acceso femenino a estos vehículos. En Francia se hicieron muy populares unos cacharros que en la publicidad italiana se anunciaban como la bicicletta chi funciona da sè llamados VeloSolex —que nosotros agrupamos durante muchos años bajo el genérico de mosquitos y luego de velomotores; pasarán años hasta llegar a la palabra ciclomotor y sus grandes marcas: Mobi(y)lette, Torrot, Rieju, Vespino y alguno más— sin duda porque este engendro estrambótico los diferenciaba de los demás cuando en realidad eran eso, simples bicicletas con un motor adosado.

Ya no es solo la belleza que encierra una moto como máquina surgida del ingenio —ingeniero— humano, ni la vibración que transmite al cuerpo entero o la presión del aire que, de pronto, se hace denso y se solidifica cuando aumenta la velocidad. Es el sonido del acelerador o del ralentí. Es, también, el olor. Las motos huelen inconfundiblemente a moto. Y las antiguas, olían todavía más. A pesar de haber sido un fumador excesivo hasta hace poco, nunca se me modificó el olfato y, por ejemplo, presiento un aeropuerto desde mucho antes de llegar a él por el dulce tufo del queroseno. Alguna vez he escrito que yo asocio muy intensamente los olores con los acontecimientos, que suelen ser cadenas de recuerdos. Colonia de hierbas y la medio novia francesa Catherine. Las acacias florecidas y los exámenes terribles de Preuniversitario (he podido sobrevivir perfectamente sin el número e ni el cálculo infinitesimal). El último olor reencontrado por casualidad llegó en una perfumería de la mano de Christian Dior y su Eau Sauvage. Prefiero no recordar otra secuencia: Ropa hospitalaria, sangre, —“tome, para que le ponga una sábana limpia”— friegasuelos oliendo a pino químico y a muerte, claveles…

 

 ·Lectori Salutem·

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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3 comentarios to “fin de tema”

  1. Yepe Says:

    ¿Que pasó con la parte final de “porque es mucho más fina que yo, no solo para hablar sino en todo lo demás, que el vasco siempre ha tenido fama de fiel—”?

    ¿Acaso se perdió la fidelidad desde la primera escritura? Recomiendo pues, a un neófito en bitacoras como usted, el repasar faltas de ortografía o cambiar algún sinónimo para enriquecer el texto, mas nunca modificar o borrar frases a posteriori.

    En cualquier caso, le felicito por el post de hoy y su extensión más limitada que hace más amena su lectura.

  2. nuevavidavirtual Says:

    a) Abra zido cazolidá, o hanimo de hescrivir mehó. Ningun vasco le gana en fidelidaz a un granaino.
    b) Procurare tener mas cudiao con las faltas, yo nunca e tenio munchas, pero hacepto sienpre mis defertos, que son munchos. E rrepazado y no e visto denguna, yo que ze tio… no ze cualas ceran.
    c) Pos munchas gracias, de berda, Yepe. Ensallo el sistema de “comentar un comentario”, a ver como sale.

  3. Yepe Says:

    Yeah! Un blogger comentando en su propio blog. Así me gusta. Bajarse a la arena y juntarse con el pueblo llano que somos tus lectores.

    Un saludete.

    PD: En Irlanda sigue lloviendo y van…
    PD2: Mas de 700 visitas ya! Mes felicitacions. Ya tienes mas de lo que tuve yo en mi primer mes de blogger

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