EGLANTINE PELLETIER-DE LA TOUR BRULEE

     La señorita Églantine Pelletier-De la Tour Brûlée había visto transcurrir sus casi cincuenta y nueve años de existencia a una velocidad de vértígo, como cuando se pulsa el mando a distancia para avanzar en la reproducción de una película. Se sentía más que traicionada, escupida por la vida. “¿Esto era llegar a vieja?” se decía  a sí misma mientras digería la última ordinariez recibida de las que se llamaban sus amigas, siempre dispuestas a ingresarla en un hospital, o a decirle lo inteligente y culta que era pensando que con ello abonaban el té y las tortitas con nata que se comían a dos carrillos cuando salían juntas. Nunca pensaron que una vida tiene muchas noches, y que las almohadas ahogan lágrimas que no pueden estallar en público como los fuegos de artificio.

     Églantine había hecho mil favores y mil regalos. La señorita Pelletier-De la Tour Brûlée, además, abría su casa, su frigorífico, su billetero —y sus camas de invitados— para oír un murmullo de afecto a su alrededor. Cuando los cerraba, recibía insultos sordos de quienes solo se habían acercado a ella por el interés. No, no era tonta. Simplemente compraba dosis de cariño y siempre hay quien lo quiere vender. Por eso, cuando el año pasado le hizo una visita inesperada aquel muchacho rubio de nombre extraño —¿Gunther? ¿Axel? ¿Lars? ¿Bjorn? No, sonaba a nórdico también pero era otro nombre— creyó que era capaz de ser querida y se dejó hipnotizar por la dulzura del momento sin darse cuenta de que solo hay egoísmo en el corazón de un hombre joven. Los días que siguieron a su marcha fueron una escalada de desprecios y bostezos hacia ella que se veía incapaz de unir con el pegamento de la lógica esas dos piezas del tangram que no encajaban: el antes y el después. Era inexplicable lo que sucedía salvo que hubiera sido víctima de un timo cruel. Églantine estaba cansada de desear y de ofrecer amor y, al fin, se dio cuenta de que, a su edad, estas situaciones solo tenían dos salidas: olvidar o matar. El olvido no llega al interior de una mujer madura a pesar de haber transcurrido un año desde que lo abrazó, sudando, y oliendo a musgo. Ahora, estaba demasiado lejos como para alargar las manos y estrangularlo, como merecía.

     Tenía fama entre los conocidos de servir abundantes y ricos refrigerios. Así que una noche escribió un correo electrónico a todas las amistades invitando a la tradicional merienda antes de que se marcharan de vacaciones. Había descubierto un libro italiano antiguo de recetas y el menú de aquella cena de verano —platos variados y ligeros, bebidas frescas, mucho hielo y postre— culminaría con su Panettone Glassato alle Mandorle que todos calificarían de espectacular. El secreto de un buen bizcocho está en que el horno mantenga estable y alta la temperatura a todo lo largo del proceso, tamizar muy bien la harina, usar huevos frescos y la mejor mantequilla (de Nueva Zelanda, por supuesto, si no es posible encontrar de la India) y triturar a mano las almendras para que queden irregulares los fragmentos del fruto, nunca pulverizarlas con una batidora o molinillo eléctrico. Para conseguir un glaseado perfecto el azúcar hay que repartirlo uniformemente y sin que forme una costra excesivamente gruesa que ahogue los sabores haciendo empalagoso el postre. Églantine añadía un truco de su propia invención: usaba azúcar blanquilla pura como base del glaseado, naturalmente, pero los dibujos y las grecas que adornaban el bizcocho los estarcía con plantillas de cartulina sobre las que echaba azúcar de caña, oscura y virgen, sin pulverizar mezclada con vainilla y un sutil toque de canela, perfume casi imperceptible que proporcionaba la dimensión exótica del panettone. En una fuente aparte, y este era un detalle que solía gustar mucho, servía una compota de frutas tropicales que siempre flambeaba el hombre más macho de la reunión porque al acercar el encendedor al ron y comenzar las frutas a cubrirse de llamas azuladas un coro de grititos afeminados, más que femeninos, alegraban mucho la reunión.

*

     El verano estaba en su apogeo y la tienda, sumida en una densa penumbra gracias a los toldos enormes que solo dejaban ver algunos centímetros de la calle, vacía. El dependiente le aconsejó una vez más que tuviese cuidado con aquel veneno para las ratas que le empaquetaba en dos bolsas de plástico, una dentro de la otra. “¡Mire usted que huele a almendras y parece azúcar! ¡Es cianuro! Que usted está ya mayor y, por lo que veo, es mudo… tenga cuidado” y cuando le cobró, moviendo la mano derecha hacia un punto indeterminado entre la frente y la oreja en un gesto que vagamente recordaba a los saludos militares, continuó la partida on line en el videojuego que absorbía toda su atención. Bajo su disfraz perfecto Églantine parecía el vivo retrato de Pétain le maréchal cobarde, cambiando el uniforme por una chaqueta de lino que le quedaba demasiado ajustada. Los labios finos, bajo el bigote falso, murmuraron en un susurro algo así como “Espero que sea efectivo contra las alimañas” mientras que con una sonrisa enigmática cerraba la puerta y recorría un par de metros de la acera hasta su coche, en cuyo maletero dejó el veneno junto a las otras compras del día: un chal estrecho de brillante color rojo, acrílico pero que parecía de seda natural, guantes de un solo uso y el último número de la revista alemana Freundin en cuya cabecera lucía con letras llamativas el eslogan famoso: Leben Sie Ihr bestes Leben, que en cierta manera también se podía traducir como Pasar a mejor vida.

*

     Églantine Pelletier-De la Tour Brûlée, cansada pero satisfecha, se sentó en el sofá del cuarto de estar ante la televisión, que apenas miraba de reojo. La cocina estaba ya reluciente gracias al buen hacer de la señora jamaicana que realizaba las tareas domésticas y que, desde el fondo del pasillo con su alegre acento caribeño se despedía y le deseaba una fiesta divertida, al tiempo que se deshacía en elogios por las dotes reposteras de la señora.

     —Gracias por todo, Mélisande, qué amable eres. Como no creo que sobre nada del bizcocho, prometo hacerte uno mejor aun para ti y para tu esposo Pélleas. Disfruta del fin de semana y, otra vez, gracias.

     La cerradura de la puerta sonó blandamente al cerrarse y la casa quedó en silencio. La mesa de doce cubiertos estaba con todo preparado en el salón. Por todas las habitaciones se extendía el dulce perfume de la vainilla y la canela. Cubierto con un paño blanco bordado con la inicial “E” y una flor de lis, el Panettone Glassato alle Mandorle —receta antigua italiana— resposaba, enfriándose, sobre una bandeja de plata.

*

     Dieron las siete en el reloj de la pequeña iglesia, la hora fijada para que llegaran los invitados que, como siempre, entrarían en tromba todos juntos pues nadie quería ser el primero y esperar a los demás. Églantine dijo con voz seca y sin emoción: “¿Vais a morir todos, todos menos él? Eso no es justo”.

*

En el día de ayer, avisada la policía por los amigos que acudían a una fiesta que daba la fallecida, se halló el cadáver de la señorita Églantine Pelletier-De la Tour Brûlée. Según las conclusiones que arroja el informe de la autopsia, murió envenenada por la ingestión masiva de un matarratas cuyo principal componente es el cianuro. El juez encontró entre sus manos una nota manuscrita responsabilizándose de su propia muerte y en la que rogaba a sus amigos —ya que no tenía familia— que sus cenizas las depositaran en el contenedor de basura más próximo a su casa, indicando que la hora de recogida era las once de la noche. El breve texto finalizaba con unas palabras cargadas de humor macabro: “Las almendras del bizcocho estaban amargas”. France Press y agencias.

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2 comentarios to “EGLANTINE PELLETIER-DE LA TOUR BRULEE”

  1. MANUEL Says:

    Églantine, te faltó voluntad de sentido. Más allá de todos los intentos para buscar la felicidad, te faltó una razón para la felicidad. ( “La voluntad de sentido” . VIKTOR FRANKL )

  2. Fernando Says:

    Solo se puede ser feliz habriendo el corazon y no la billetera ni nada parecido. habre el corazon se feliz XD

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