“JE SUIS TA FEMME” 1/?

 

 

No solamente en Berlín hay calle dedicada al tilo (Unter der Linden), aquí también existe el Paseo de los Tilos pero los árboles escasos que luchan por sobrevivir son acacias viejas y descuidadas y algún ficus de rápido crecimiento entre otras especies de mediano pelo que no adornan ni refrescan una calle ahora fea y ceñuda pero que en tiempos pasados, varias décadas atrás, estaba conformada por casas bajas (apenas quedan algunas asfixiadas por los bloques, en la foto aparece una) en cuyo quicio de la puerta podían verse unas guías metálicas en las que se hacía pasar una plancha —imagina una guillotina— para impedir que al agua de la lluvia, que siempre se convertía en riada, no anegara la vivienda. Eran las afueras de Málaga. Y llegado el verano, las sillas bajas con el culo de anea protagonizaban las tertulias de vecinos en camiseta —ellos, algunos de los cuales no se parecían a Marlon Brandon en Un tranvía llamado deseo— y en bata —ellas— de confección casera que casi siempre respondía a un modelo estándar fácilmente identificable: tela de algodón estampada, ausencia de mangas y escasamente complicado a la hora de quitárselo para desvestirse. Los colores y las formas de los dibujos hablaban mucho de la edad y del estado de ánimo de la mujer que llevaba el vestido; hubo tiempos de luto, medio luto, alivio de luto… y la paleta en estos casos se restringía —en las fechas más cercanas al deceso— al negro que, progresivamente (y esta progresión podía durar décadas o una vida entera) iba dulcificándose en gris marengo, gris perla, morado, violeta, flor de romero —el color favorito de las mujeres malagueñas en el siglo dieciocho— hasta convertirse en lunares cuyo diámetro se hacía más pequeño a medida que se aclaraba su color y se oscurecía el fondo. Así, cuando una mujer viuda, tras un canónico (canon significa regla, norma, ley) luto riguroso —y siempre consultada la familia del extinto marido y aconsejada por el coro de vecinas— decidía aliviarse, la pobre salía a misa del brazo de una amiga con las mejillas rojas de vergüenza y sintiéndose analizada, medida y tasada por las miradas ajenas con la misma falta de misericordia del entomólogo que en una mano tiene la lupa y en la otra el alfiler para clavarlo en el sutil cuerpo de una mariposa. Las sillas de anea, cuanto más viejas más se apreciaban, reservándose los taburetes de la cocina para los hombres —se parecieran o no a Marlon Brando— cuando alguien que pasaba por allí, al saludar, se le invitaba a sentarse un ratito… Había aceras con tal éxito que la acumulación de personas levantaba hacia el aire perfumado por jazmines y dama de noche un murmullo semejante al de la Ópera en los entreactos, matizado de vez en cuando por una risa sofocada, unas voces tan llenas de autoridad como bien intencionadas y repletas de lógica —Niño ¿te quieres acostar ya y tirar el cigarro? Que mañana vas a llegar tarde al trabajo—, el llanto de un niño o la tos de los fumadores. En una calle adyacente al Paseo de los Tilos estaba la fábrica de las Pastas “Flora” que por las mañanas perfumaba la zona cuando salían del horno —doradas, blandas, con su media guinda en el centro de la elipse, que era su forma— colocadas en unas estanterías metálicas para enfriarlas antes de que las manos femeninas las envolvieran en su papel satinado.

El Paseo de los Tilos me lleva o me trae casi siempre hasta mi casa si no voy conduciendo. La inmigración unas veces enriquece y otras cubre de mierda lo que toca. Frente a la agresiva antipatía de los rusos, la modestia en la mirada y en los modales de los hombres y mujeres de la Hispanoamérica andina, las cabezas bajas de esos negros liberianos gigantescos, la obtusa tenacidad de los ucranianos… Y en un universo aparte, los musulmanes.

Un poco antes de llegar a la plaza que marca una frontera invisible entre la zona interracial y la de españoles de pura cepa, en exclusividad, —pero todavía en el Paseo de los Tilos— he visto aparcado un todo terreno cuya marca no recuerdo ahora, pero era de los caros, con unos papeles indicando que está a la venta. En el lateral trasero, el dueño había mandado dibujar con pintura dorada el siguiente texto:

JE SUIS TA FEMME

¿Qué querrá decir, alguien se lo imagina?

·Lectori Salutem·

—-

© Todos los derechos reservados que marque la ley para la foto del Paseo de los Tilos inundado, tomada del blog www.bahiademalaga.es /Google.

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Una respuesta to ““JE SUIS TA FEMME” 1/?”

  1. Eurocopado Says:

    Unter den Linden, Paseo de los Tilos. En Unter den Linden como es lógico, no quedó una sola brizna de hierba tras la guerra. Los árboles que daban sombra a la nobleza del siglo XVIII se hicieron astillas; los agentes dobles y espias posteriores paseaban no bajo réplicas, sino entre otros árboles distintos que habrían de ganarse a su vez el respeto de la Historia en otro tiempo, otra época.
    En el Paseo de los Tilos, alguno queda. Si vas andando hacia la plaza, en el sentido de los coches, hay un momento donde la acera derecha se ensancha. Justo al pasar “La Cresta” y cruzar la perpendicular que lleva hasta calle Gerona. En la foto “prestada” se aprecia perfectamente. Ahí creo recordar haber visto tilos, jóvenes, que me reconfortan cada vez que los veo. Me da a imaginar que a alguien se le ocurrió reivindicar con este gesto el pasado de una ciudad desconocida para sus habitantes. El pasado no son solo batallas, asesinatos de prohombres y revueltas, sino también momentos compartidos tiempo ha. Aunque bajo estos tilos no haya ahora sillas de anea, sino butacas de mimbre barato de los bares de copas de al lado.

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