Arte (1/?) · “Saying grace” por Norman Rockwell

 

Todos hemos querido ser buenos. Esta abuela con su nieto bendiciendo la mesa de una cafetería modesta  y dando gracias por los alimentos que van a tomar son la viva imagen de la honradez y de la dignidad. Esta mujer de sombrero austero con una pincelada de alegría floral, traje negro y perfil tallado por mil preocupaciones —seguramente viuda—, cuerpo enjuto, siempre activa pero poco habladora —en un bolso llevaba las agujas de hacer punto y alguna prenda a medio terminar–, precavida y cuidadosa, buena conocedora de los niños y sus descuidos, es observada por dos muchachos que contienen la respiración —observa el humo del cigarrillo— mitad admirados mitad orgullosos de lo que tienen ante sí. En España no hay costumbre de compartir las mesas y se consideraría una agresión aguantar a nuestro lado otros clientes que no conocemos de nada. ¿Se sentaron los dos muchachos a la mesa ocupada por el nieto y la abuela o fue al revés? Yo intuyo que la mujer, cerrando el paraguas y sacudiéndose las gotas de agua de las mangas, al entrar echó una ojeada y descartó sentarse junto al hombre gordo que se adivina a la izquierda, en primer plano. ¿Motivos? El puro recién empezado y la prensa cuidadosamente doblada para leer con comodidad en sí mismos no significaban nada negativo o amenazador, además el caballero era afable y bien educado. El caso es que los jóvenes, cuando la vieron entrar durante un segundo indecisa, se levantaron ofreciéndoles los asientos libres y retirando ellos mismos platos, cubiertos y tazas usados. Estaban aburridos, sin trabajo, con las novias a punto de dejarlos y aquel local —no se ve ¿pero quién puede dudar de que al otro extremo del salón habría una mesa de billar y una máquina pinball?— era su refugio. Hacía frío, el muchacho de la boina aprieta la taza de café calentándose las manos; quizás, antes de la llegada de la abuela y su nieto, hablaba con el otro del triste papel que la sociedad le tenía reservado a los que volvían de la guerra en algún frente lejano. Miro el eje de simetría del respaldo de la silla del niño y me doy cuenta de que al chiquillo le cohibe la desenvoltura y el aplomo del muchacho licenciado de sus obligaciones militares: está sentado en el mismo filo y juraría que sus rodillas rozan las piernas de su abuela, cuyo contacto le transmite la confianza que le falta para empezar a beberse el vaso de leche. Al niño rubio le han puesto unos pantalones negros de pana con un cinturón que es su mayor orgullo: en la correa, su padre le ha cosido con remaches varias monedas de cobre (eso sin contar la que, como todo niño norteamericano, lleva dentro del zapato). Debajo de la mesa Norman Rockwell derrocha ingenio y maestría colocando replegadas hacia atrás (y los pies apoyados en el travesaño de la silla) las largas piernas del muchacho embobado con el cigarro sin encender en la boca. Como si no quisiera lastimar con un posible rodillazo la serena belleza de esa mujer que reza, seria y confiada en Dios.

·Lectori Salutem·

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